viernes 30 de diciembre de 2011

CUÁNTOS PRESIDENTES CON CÁNCER...


Con mucho dolor me estero que nuestra presidenta, Cristina Fernández, ha "contraído" cáncer, al igual que la mayoría de los actuales y magníficos presidentes latinoamericanos y otros que ya entregaron el poder pero siguen siendo referentes en la política y desarrollo de nuestra región.

A cualquier mente abierta, que no se encuentre esclavizada por las mentiras y ocultamientos de la prensa del sistema, esto tiene que parecerle, al menos muy, pero muy raro.

Pensemos un momento: Hay personas a las que el poder en la oscuridad puede asesinar sin problemas, ya sea porque no son muy conocidas o porque ya han conseguido apoyo de las masas para ello mediante la propaganda de guerra realizada a través de los medios audiovisuales del sistema. Pero hay otras personas que no pueden ser matadas así como así, ya que cuentan el apoyo de sus proprios pueblos, o de toda la América del Sur, como en este caso. entonces se impone emplear técnicas más "sutiles", como es el caso de una enfermedad.

Hay quien cree que se les ha inoculado el cáncer o envenenado,pero pienso que hay otros sistemas tan mortales como el envenenamiento y que la mayoría de las personas no conoce por tratarse de secretos militares o, asuntos ya conocidos en algunos círculos, que se pueden usar tanto para curar como para matar (o tratar de hacerlo)

Es el caso de la radiónica, por ejemplo, que a distancia, en silencio, en secreto... puede curar o matar.

Sólo quería poner a tu consideración este pensamiento, para estimularte a averiguar algo más acerca de cómo nos manipulan.

Gracias, y muy feliz Año Nuevo. Alejandro

viernes 16 de diciembre de 2011

Cámaras ocultas y armas secretas del espacio. Parte I


Hemos sugerido que la agenda espacial del Gobierno Secreto no es lo que parece y os hemos hablado, en transmisiones anteriores, de la colonia que está ya en marcha en la Luna. La División de la NASA informa ya del descubrimiento de agua allí, así como en Marte y otros cuerpos celestes de vuestro sistema solar -estas observaciones os las presentamos en el primer libro de la trilogía y observamos que los elementos requeridos para colonizar la Luna y Marte están siendo elaborados abiertamente por los científicos.

Desde que os trajimos esa información hace años, han aparecido muchas cosas en vuestra comunidad científica que apoyan nuestras afirmaciones y lo que podía haber parecido ficción suena ya terriblemente científico -sólo unos años después.

Ciertamente, las cosas se están acelerando en ese cuadrante de vuestra galaxia.

Se os está proporcionando una gran cantidad de información seleccionada y revisada sobre descubrimientos que están lejos de ser nuevos en el vecindario de vuestra familia celeste, de modo que vuestro complejo global militar puede dar sus enormes saltos al espacio sin ser cuestionado ni examinado. Los amos militares han recibido directrices del Gobierno para controlar la crisis de la tierra desde esa posición ventajosa, mientras preparan el modo de impedir la evacuación.

Algunos de vosotros estáis prestando demasiada atención a sus hallazgos.

Como siempre, vosotros, el pueblo, sois los que financiáis los entretenimientos del Poder en el espacio, pero no hacéis más que comenzar a adquirir conciencia de la verdadera naturaleza del programa espacial y la raza humana, en conjunto, no importa demasiado -todavía.

Hasta que no seáis contactados abiertamente por civilizaciones extraterrestres, el conjunto de la tierra no comenzará a mirar hacia fuera febrilmente, al espacio, dándose cuenta finalmente de que aquello que vuestros líderes están proyectando para llevarlo a cabo más allá de la órbita de la tierra tiene mucho que ver con lo que está regresando a vosotros.

La principal 'plataforma' del programa espacial se halla no en el puerto espacial de Cabo Cañaveral, sino en la zona de guerra armada que se está construyendo allí -en la órbita externa de la Tierra. Mientras vosotros, la raza humana, estáis siendo impregnados con sueños de nuevos mundos y migraciones futuras -de 'pasos de gigante para la humanidad'- ellos, descendientes de los annunaki, están intentando apretar los grilletes de vuestra obediencia y aprovechar las energías reprimidas de la colectividad humana. Estos son los mensajes que están saliendo hacia los mundos que forman vuestra realidad galáctica 3D.

En un momento en el que estáis comenzando a liberaros de su control, ellos todavía creen que se conseguirá mejor reconstruyendo la antigua rejilla electromagnética que os ha atado, como una raza servil, a su opresora intención.

Paradójicamente, cuanto más fuertemente os atan, más libres os volvéis.

Los días de batallas sangrientas en el campo de batalla y de despliegues masivos de tropas van a pasar pronto al olvido de la historia militar, para ser reemplazados, entre miles de 'armas exóticas', por mecanismos disparadores desde el espacio. La órbita externa de la Tierra ha sido ya encerrada en un absurdo número de satélites, la mayoría de los cuales son artilugios de espionaje patrullando todas las fronteras... y observamos que una nueva generación de tecnología militar 'punta' fue inaugurado en el campo áurico debilitado de Gaia en el año 2005 de vuestro calendario.

La ilusión de un futuro de coexistencia pacífica en vuestro planeta se está construyendo, diríase, sobre la arquitectura de una zona militar en el espacio verdaderamente surrealista, desde donde máquinas fotográficas espías de ultra-alta-resolución, con mecanismos de seguimiento y sistemas de armas futuristas se supone que van a controlar a las fuerzas oscuras y a los 'enemigos de la paz'. Es necesario, os dicen, para que la democracia -ese ideal ilusorio- pueda reinar soberanamente y el 'bien' pueda triunfar sobre el 'mal', manteniéndoos a todos fuera del camino peligroso.

Así es, al menos, como se os ha vendido la película recientemente, aunque desde que la ampliación irracional de la zona de temor se ha cobrado tantas vidas, la raza humana parece estar sumergiéndose de cabeza en las aguas heladas del absoluto dominio militar del planeta y del espacio que os rodea -mientras vosotros continuáis financiando y preparando el escenario de la Guerra del Espacio.

Allí donde una vez ficticios artefactos espías de la edad del espacio y superhéroes a lo James Bond salvaban al mundo libre de las fuerzas del mal, ahora parece que la tecnología de campos electromagnéticos, la vigilancia a través de satélites y los láseres situados en el espacio (todo ello vendiéndooslo como modos de disuadir al agresor) están realmente apuntando sobre vuestras cabezas... observándoos, escuchándoos... evaluando vuestras conductas.

Paradójicamente, vosotros, los 'buenos chicos', estáis bajo una absoluta vigilancia.

Una de las redes de satélites espía más complejas es el sistema Echelon, tan confidencial que ha burlado el análisis de muchos líderes mundiales durante décadas, desde su desarrollo durante la guerra fría -ese estado de 'equilibrio' militar impuesto en vuestro escenario político global-. Lo que debería preocuparos es que el sistema elaborado apunta a industrias, negocios, organizaciones e individuos como vosotros, en todos los rincones del mundo -incluso ahí, en esos países que creéis naciones libres, los pilares de la democracia ideal-.

Echelon funciona, básicamente, interceptando cantidades masivas de comunicaciones electromagnéticas (teléfono, internet, mensajes de fax) y luego enviando los datos a redes de ordenadores del gobierno confidencial para procesarlos mediante un diccionario 'electrónico' -cifrado para detectar palabras clave que puedan considerarse amenazadoras para el Poder o perturbadoras de sus planes. En esencia, todos sois vulnerables a este análisis y por ello es sensato tener presente que cualquier comunicación controvertida (aquellas que molestan de manera especial a los que intentan que sigáis siendo ignorantes e impotentes) será tenida en cuenta por los individuos que están 'escuchando'.

Sí, claro que sí, el Hermano Mayor por lo visto siente la necesidad de espiaros.

¿No es hora ya de que os preguntéis por qué?

En cuanto a los arquetipos del bien y el mal, observad con discernimiento esos juicios, pues las representaciones de los iconos oscuros se han pintado con frecuencia con la sangre de los inocentes. A medida que tomáis conciencia de las manifestaciones militares de la estructura del poder, os dais cuenta de que lo que percibíais como llevado a cabo en nombre de elevados ideales como 'libertad' o 'paz' es, al contrario, tiránico y destructivo -la causa-de un indecible sufrimiento en todo el globo-.

Los líderes visibles de vuestro mundo -el llamado mundo 'libre'- están dirigiéndose velozmente hacia una penetración y ocupación militar masiva del espacio orbital de la Tierra y sus inmediatas fronteras. Observamos los emplazamientos de construcción secreta en vuestro planeta y percibimos sus proyecciones etéricas en el no-tiempo. Están haciendo del entorno de la Tierra un campo de batalla galáctico en el que reconocida tecnología armada apunta directamente hacia vosotros, del mismo modo que puede ser instantáneamente dirigida hacia el exterior -a la comunidad galácticaen cuanto se reciba la orden.

Si alguna nave extraterrestre indeseada entrase en la zona de no-vuelo de vuestro militarizado globo, que descaradamente se niega a participar en el gran intercambio de naciones extraterrestres pacíficas, sería simplemente repelida del espacio terrestre y destrozada.

Muchas lo han sido ya.

Otras muchas sencillamente han elegido permanecer alejadas, evitando todo contacto con la Tierra, como hacen en otros entornos hostiles de la galaxia.

Parece que la conciencia de la mayoría de la gente en vuestro planeta todavía cree que el empeño del Poder en lo desconocido tiene que ver realmente con el descubrimiento de nuevos mundos y con la ampliación del alcance de la humanidad. Cada vez tenéis más información a vuestra disposición, proporcionada por la comunidad científica, respecto a la posibilidad de vida más allá de vuestras fronteras -pero la verdad sigue todavía perdida para vosotros-. Se ha clasificado como una especie de irrealidad nebulosa, flotando entre la ciencia ficción y las posibilidades 'remotas' a ser exploradas por futuras generaciones... pero parece que todavía no quieren que creáis que será vuestra generación la que de manera abierta, clara e innegable establecerá contacto.

En lo que respecta a sus verdaderos planes para el control del espacio y de la tierra, queridos, se mantiene un absoluto secreto. No se sabe prácticamente nada de la reconstitución de la antigua rejilla ni del verdadero propósito de los sistemas de vigilancia que se están realizando en el espacio y dentro de vuestras fronteras reconocibles.

No se os invita ni siquiera a contemplar tales asuntos reservados.

Estableciendo una tecnología que sea capaz de controlar y alterar cada uno de vuestros pensamientos, vuestros movimientos y vuestras palabras, creen que pueden llevar a toda la raza a resonar con sus vibraciones inferiores. Creen que la propia Gaia puede ser arrastrada a la frecuencia nebiruana, atando ese planeta a la órbita del vuestro y atravesando con vosotros a través del vórtice, y están convencidos de que pueden mantener ese secreto ante vosotros hasta que hayan logrado sus objetivos... del mismo modo que suponen que, como sus antepasados annunakis, pueden evitar que la luz de la conciencia superior penetre sus redes.

Se equivocan.

Las energías evolutivas de Gaia y vuestro increíble resplandor son tan elevados en este punto de vuestro proceso de ascensión que ni siquiera la red más oscura puede eliminaros o quebrar vuestra voluntad y el resultado final.

Quienes dictan generalmente los asuntos de la tierra han cometido el error estratégico de subestimaros, a vosotros, Homo sapiens.

Han engañado a un sector de la población haciéndole creer que sois un pueblo roto... una civilización moribunda al borde de la aniquilación. El Apocalipsis es su pan diario -por todas partes, la violencia parece haber reemplazado a la razón, la compasión y los ideales de vuestra humanidad.

Sin embargo, han olvidado que sois capaces de avanzar rápidamente, en tanto que raza, más allá de la paralización de la adversidad, del mismo modo que se niegan a sí mismos la gloria del amor universal -amor que impregna todas las dimensiones: más allá del tiempo; más allá del espacio; más allá de la oscuridad misma.

Nos preguntamos si reconocéis que el plan para encerrar el sagrado ser exterior de la Tierra en intrincados sistemas de control electromagnéticos tiene implicaciones mucho más retorcidas que las obvias ventajas militares que ofrecerán a los observadores que sirven a la élite del poder. Lo poco que os dicen respecto a la mejora de las defensas estratégicas, en realidad es una cortina de humo y os sugerimos que analicéis cómo y por qué el Gran Hermano está tan interesado en observaros y escucharos a medida que reaccionáis y mutáis, en tanto que población, a las frecuencias que están haciendo llover sobre vosotros, a través de vuestros cuerpos, y en la conciencia celular de cada unidad de vuestro ser.

Esto porque todavía no habéis aprendido a decir 'no'.

Globalmente, los gobiernos de manera regular interceptan vuestras conversaciones personales, copian vuestros documentos y leen vuestro correo electrónico -espiando a quien quieran... cuando quieran. Esto, en nombre de la 'seguridad nacional', se os justifica como un medio de mantener la estabilidad en un mundo de terroristas, enemigos y 'estados bribones'.

En cuanto a la nueva generación de satélites de vigilancia actualmente diseñados para ser lanzados, prestad atención. Cuando esos sistemas estén en funcionamiento, la comunidad de la inteligencia militar global es capaz de ofrecer información precisa no sólo de los movimientos del 'enemigo' alrededor de todo el globo, sino también de cualquier 'individuo' del planeta Tierra -en cualquier momento, de cualquier lugar.

¿No es esto un acto flagrante de terrorismo... o es que la invasión de vuestros derechos soberanos no indica la más oscura de las intenciones?

Los Estados Unidos, cuartel general del Gobierno Secreto, operan con relativa libertad en el espacio, enmascarando sus merodeos en los programas de su operación NASA, que financiáis con vuestros impuestos.

Los líderes visibles están preparándoos ya agresivamente para que aceptéis y financiéis la construcción de este polémico sistema antibalístico que se supone sirve solamente para disuadir contra la violación de la paz en vuestro planeta -pero que, en lugar de eso, será capaz de golpear abiertamente y de manera agresiva cualquiera de los objetivos seleccionados. Indudablemente, reconocéis que tal poder no es menos funesto que vuestros anteriores descubrimientos de los ataques de energía nuclear, cuando la nación 'guardiana de la paz', América, lanzó sus armas atómicas en Japón.

A pesar de nuestra observación de cómo vuestros medios de comunicación controlan y manipulan vuestra comprensión de los acontecimientos mundiales, nos resulta difícil imaginar que vosotros, habitantes de la Tierra, habéis guardado un recuerdo tan limitado del incidente protagonizado en Pearl Harbor y la represalia nuclear que siguió como respuesta 'justificada'.

Os pedimos que consideréis el potencial de armas mucho más mortíferas -el mortal rayo de partículas de Tesla desde el espacio y la electrónica escalaren esas mismas manos.

Podéis estar seguros de que lo que se os pide que aceptéis como un sistema de defensa galáctico es absolutamente ofensivo en todos los sentidos.

Vayamos ahora a aguas no cartografiadas. Os invitamos a considerar el potencial que una red de comunicaciones armada, establecida en el espacio -capaz de enviar radiaciones electromagnéticas con tecnología pulsar a la Tierra- supone para el control de la mente de las masas. Recordad el incidente Woodpecker, al que nos hemos referido en nuestras anteriores transmisiones.1 La pregunta que os queremos hacer (y que creemos debéis examinar muy cuidadosamente) es esta: ¿qué os parecería si estos artefactos altamente sensibles pudieran hacer algo más que 'escucharos' y observaros'? ¿Qué pensaríais si, en lugar de eso, pudieran emitir frecuencias hacia vosotros y recibirlas de vosotros?

No olvidéis que los dueños de tal tecnología están mucho más interesados en manipularos para que llevéis a cabo ciertas conductas que en observar simplemente vuestro comportamiento.

1. Véase, Vuelve la Atlántida, pp. 81-82 del original inglés.

Si pueden localizaros, sin duda podrán llegar hasta vosotros a menos que por la naturaleza de vuestra intención y vuestra voluntad focalizada podáis rechazar sus Mensajes' electromagnéticos. Este viene determinado por el estado de vuestros cuerpos mental/físico/emocional, pues si sois íntegros y funcionáis desde un estado mental correcto -con una intención clara- tales mecanismos sólo pueden afectaros marginalmente... si es que pueden hacerlo de algún modo.

Os aseguramos que eso se hace casi tan fácilmente como se dice -si estáis dispuestos a sacrificar algunas de las 'comodidades' ofrecidas por la tecnología moderna y si sois capaces de centrar vuestras exquisitas mentes en la tarea que tenéis ante vosotros. Es nuestra intención ofreceros la información que pueda ayudar a desarmar a los que generan oscuridad.

Este es nuestro propósito, al mismo tiempo que los Seres de Luz de ámbitos elevados operan a través de nosotros, ajustando vuestras frecuencias y elevándoos hacia la luz.

Ahora bien, sólo vosotros podéis crear realmente la zona 'segura'.

Sólo vosotros podéis alcanzar ese lugar interior.

En cuanto a artilugios de control, sabed que no sólo desde más allá de la Tierra se os está vigilando. Observad cómo el uso que hacéis de vuestras tarjetas de crédito bancarias define vuestra localización a medida que viajáis, aumentando vuestra deuda con el Poder -manejando vuestro bienestar económico, al mismo tiempo que gozan de un registro de vuestros movimientos, intereses y poder adquisitivo. Los teléfonos móviles, que proliferan por todos los rincones de la Tierra, constituyen en sí mismos dispositivos que sirven de pistas para los satélites.

Al instalaros dispositivos electromagnéticos para pagar automáticamente en los peajes de autopistas y puentes permite que se registren vuestros movimientos. Cámaras de vigilancia en lugares que no podríais ni imaginar registran vuestro paradero y vuestras actividades, mientras vais arriba y abajo en vuestras ocupaciones, sin saber que estáis siendo observados, analizados e investigados.

Los localizadores electromagnéticos en vuestros animales, códigos de barras capaces de transmitir información, sensores, satélites, cámaras... ¿a santo de qué viene todo ese enorme interés de los gobiernos locales o federales por lo que vosotros hacéis?

Ciertamente, el Gran Hermano os observa.




miércoles 30 de noviembre de 2011

La homosexualidad


Hoy en el programa 6-7-8, que veo cada vez que puedo, en uno de los tramos se trató un tema del que hace rato que quería expresarme: la discriminación hacia las distintas formas de la sexualidad.

En este programa se mostró cómo Susana Giménez, en un tramo cómico de su espectáculo, se expresó diciendo que ella prefería la muerte antes que mantener una relación homosexual, lo que fue criticado de una u otra forma por el panel de 6-7-8. Con distintos argumentos, la mayoría desde el punto de vista de que su actitud no se correspondía a la cultura que se busca instalar en el país. Otros integrantes del panel opinaron que, dado que sus expresiones fueron dadas en el contexto de la comicidad... Otros, que en toda expresión de humor debe haber una víctima de la cual reírse...

Lo cierto es que Susana Giménez no expresó una crítica hacia la homosexualidad ni hacia los derechos de los homosexuales, sino sólo que ella rechazaba, en forma personal, el tener una relación con otra mujer (¡Qué asco!... -dijo)

¿Qué es lo que se le puede criticar a una persona que dice públicamente que es heterosexual y no tiene ningún interés en cambiar? ¿Es obligación ser homosexual o, al menos, abrirse a la posibilidad futura de serlo?

Una cosa es aceptar sin prejuicios que dos personas de mismo sexo puedan amarse y armar su vida juntas (o no) y otra muy distinta es censurar a quien se manifiesta abiertamente heterosexual. No debemos confundir el respeto a las decisiones de otras personas sobre su vida particular, e incluso la legalización de los matrimonios homosexuales, con la promoción de la homosexualidad como meta a alcanzar por el resto de la sociedad.

Yo sé que a quienes desean una drástica reducción de la natalidad para disminuir la población mundial esa situación les vendría de perlas... Pero, hasta ahora, su método más eficiente seguirán siendo las guerras.



miércoles 2 de noviembre de 2011

UN ANÁLISIS QUE VALE LA PENA LEER

Hoy encuentro en la página en castellano de la tan denostada Sorcha faal, una nota al pie de un artículo sobre los Estados Unidos de Norte América que me tomé la libertad de copiar para todos, ya que me parece esclarecedora, más aún luego de enterarme hoy (leyendo a Rafapal) que Goldman Sachs tiene un socio en el nuevo Banco Central Europeo.
Vamos, pues:


Sin comprenderse por ninguno de los pueblos Estadounidenses o Europeos Occidentales es que las siempre crecientes catástrofes económicas y guerras que se les han hecho sufrir, están todas diseñadas para mantenerlos “en choque” mientras les roban sus futuros.

En Argentina, sin embargo, sucedió justo lo inverso, cuando, al igual que las protestas que vemos surgiendo por todo Estados Unidos y Europa, en lugar de escuchar a sus líderes políticos principales y a sus “expertos” periodistas, esta gente tomó los asuntos en sus propias manos y rehizo la nación convirtiéndola en una que sirve a su propio pueblo en lugar de solamente a los ricos y poderosos.

Para el 2001, el ánimo popular en Argentina avanzaba hacia un levantamiento revolucionario. El Presidente titular Fernando De la Rúa fue derrocado, resultaron muertos y heridos cantidades de manifestantes y la rebelión amenazaba con apoderarse del palacio presidencial. Para fines de 2002, cientos de fábricas en bancarrota fueron “ocupadas”, tomadas y operadas por los trabajadores. Argentina entonces optó por no pagar su deuda externa, diciéndoles, en esencia, a los carteles bancarios del Occidente“¡Váyanse por un Tubo!”.

A principios de 2003, Néstor Kirchner fue electo Presidente, en medio de esta crisis sistemática y procedió a rechazar los esfuerzos para hacer cumplir el pago de la deuda o reprimir los movimientos populares. En cambio, inauguró una serie de programas de trabajo público de emergencia. Autorizó pagos a los trabajadores desempleados (150 pesos al mes) para que casi la mitad de la fuerza laboral pudiera hacer frente a sus necesidades básicas. El slogan más popular, de los multitudinarios movimientos que ocupaban los distritos financieros, las fábricas, los edificios públicos y las calles era “¡Que Se Vayan Todos!”.

La semana pasada, la viuda de Kirchner, la Presidente Cristina Fernández, ganó una elección arrolladoramente y hoy la economía de Argentina es una de las más robustas en el mundo que disfruta más de un 8% de crecimiento por año, y donde la tasa de pobreza se ha casi eliminado desde que rompieron el poder de los “Chicago Boys”.

Una vez habiendo roto el poder de los “Chicago Boys” y de sus patrones de los carteles bancarios Estadounidenses-Europeos, de hecho, Argentina, si sacó a todos sus políticos, dejó de creer las mentiras que esparcían los corruptos medios importantes, desmanteló a su complejo industrial-militar, mandó a la cárcel a la mayoría de sus más altos líderes políticos, corporativos y militares y le ha brindado al mundo un “brillante ejemplo” de lo que es posible, aún cuando las probabilidades parecían demasiado desfavorables contra la gente ordinaria.

El reportero James Petras de El Eje de la Lógica en su artículo que compara los eventos que salvaron a la Argentina, contra los que están sucediendo ya en los Estados Unidos escribió:

“Los Estados Unidos bajo Bush-Obaman han seguido un totalmente perverso sendero y totalmente divergente al de Kirchner-Fernández. Han dado prioridad al gasto militar y han aumentado el aparato de seguridad por encima de la economía productiva. Obama y el Congreso han aumentado enormemente el aparato de estado policía, han reforzado su influencia política sobre las regresivas políticas presupuestales mientras que cada vez, violan más los derechos humanos y civiles. En contraste Kirchner/Fernández han procesado a docenas de violadores de los derechos humanos en el ejército y la policía y han debilitado el poder político del ejército.

En otras palabras, los Presidentes Argentinos, han debilitado al bloque de presión militarista que exige armas más grandes y más gastos de seguridad. Crearon un estado más acomodativo a su proyecto político de competitividad económica financiera, nuevos mercados y programas sociales. Bush-Obama revivieron al sector financiero parásito desequilibrando más la economía. Kirchner-Fernández aseguraron que el sector bancario financiara el crecimiento del sector exportador, las manufacturas y el consumo doméstico. Obama recorta el consumo social para pagarles a los acreedores, Kirchner-Fernández impusieron un “recorte de cabello” del 75% sobre los tenedores de bonos con el fin de financiar el gasto social.

Kirchner-Fernández han ganado tres elecciones presidenciales, cada uno por un enorme margen. Obama pudiera ser presidente de un solo período, con todo y la billonaria campaña de Wall Street, el complejo militar industrial y la configuración del poder pro-Israel”.

A la oposición popular a Obama, especialmente el “Movimiento Ocupemos Wall Street”, le falta mucho para emular el éxito de los movimientos Argentinos que destituyeron a presidentes titulares, bloquearon carreteras paralizando la producción nacional y la circulación e impusieron una agenda social que dio prioridad a la producción sobre la finanza, al consumo social sobre los gastos militares. El “Movimiento Ocupemos Wall Street” ha dado un primer paso en la movilización de millones de participantes activos necesarios para crear la fuerza social que convirtió a Argentina de un estado estilo clientelar de los Estados Unidos en un estado de bienestar social dinámico independiente.

No está en nuestro conocimiento si el pueblo de los Estados Unidos o aquellos de Europa Occidental podrán sacudirse el yugo de sus oligarcas, pero podemos señalar que por ahora la enorme mayoría de esa gente sigue viviendo sus vidas en negación creyendo únicamente lo que sus “amos” les dicen qué creer e ignorando a aquellos que, como nosotros, les gritan la verdad en sus caras.

Sin embargo, la historia nos demuestra que los esfuerzos en Argentina, al igual que los de muchos otros que mantuvieron fluyendo la verdad, el poder de estos monstruos se puede romper… uno sólo debe de seguir intentándolo.

jueves 25 de marzo de 2010

EL OSO (de "Cuentos para Pensar". Jorge Bucay)

El oso

Hay cuentos que son particularmente significativos para mí uno de ellos es ésta antiquísima historia que me contó alguna vez mi abuelo y que quiero contarte, tal como hoy la recuerdo.

Esta historia habla de un sastre, un Zar y su oso.

Un día el Zar descubrió que uno de los botones de su chaqueta preferida se había caído.

El Zar era caprichoso, autoritario y cruel (cruel como todos los que enmarañan por demasiado tiempo en el poder), así que, furioso por la ausencia del botón, mandó a buscar a su sastre y ordenó que a la mañana siguiente fuera decapitado por el hacha del verdugo.

Nadie contradecía al emperador de todas las Rusias, así que la guardia fue hasta la casa del sastre y arrancándolo de entre los brazos de su familia, lo llevó a la mazmorra del palacio para esperar allí su muerte.

Cuando, cayó el sol. un guardiacárcel le llevó al sastre la última cena; el sastre revolvió el plato de comida con la cuchara­ y mirando al guardiacárcel dijo – Pobre del Zar.

- El guardiacárcel no puedo evitar reírse -¿Pobre del Zar?, dijo, pobre de ti; tu cabeza quedará separada de tu cuerpo unos cuantos metros mañana a la mañana.

- Si, lo sé, pero mañana en la mañana el Zar perderá mucho más que un sastre, el Zar perderá la posibilidad de que su oso, la cosa que más quiere en el mundo, su propio oso, aprenda a hablar.

-¿Tú sabes enseñarle a hablar a los osos?, preguntó el guardiacárcel sorprendido.

-Un viejo secreto familiar...– dijo el sastre.

Deseoso de ganarse los favores del Zar, el pobre guardia corrió a contarle al soberano su descubrimiento:

¡¡El sastre sabía enseñarle a hablar a los osos!!

El Zar se sintió encantado. Mandó rápidamente a buscar al sastre y le ordenó:

-¡¡Enséñale a mi oso a hablar!! Alteza, me gustaría complaceros, pero la verdad es que enseñar a hablar a un oso es una ardua tarea y lleva tiempo... y lamentablemente, tiempo es lo que menos tengo...

-El Zar hizo un silencio, y preguntó ¿cuánto tiempo llevaría el aprendizaje?

- Bueno, depende de la inteligencia del oso... Dijo el sastre.

- ¡¡El oso es muy inteligente!! – interrumpió el Zar

– De hecho es el oso más inteligente de todos los osos de Rusia.

-Bueno, musitó el sastre... si el oso es inteligente... y siente deseos de aprender... yo creo... que el aprendizaje duraría... duraría... no menos de...... DOS AÑOS.

El Zar pensó un momento y luego ordenó:

-Bien, tu pena será suspendida por dos años, mientras tanto tú entrenarás al oso. ¡Mañana empezarás!

Alteza -dijo el sastre– Si tu mandas al verdugo a ocuparse de mi cabeza, mañana estaré muerto, y mi familia, se las ingeniará para poder sobrevivir. Pero si me conmutas la pena yo tendré que dedicarle el tiempo a trabajar, no podré dedicarme a tu oso... debo mantener a mi familia.

Eso no es problema –dijo el zar– A partir de hoy y durante dos años tú y tu familia estarán bajo la protección real. Serán vestidos, alimentados y educados con el dinero de la corte y nada que necesiten o deseen, les será negado... Pero, eso sí... Si dentro de dos años el oso no habla... te arrepentirás de haber pensado en esta propuesta... Rogarás haber sido muerto por el verdugo... ¿Entiendes, verdad?.

-Sí, alteza.

-Bien... ¡¡Guardias!!- gritó el zar- Que lleven al sastre a su casa en el carruaje de la corte, denle dos bolsas de oro, comida y regalos para sus niños. Ya... ¡¡Fuera!!.

El sastre en reverencia y caminando hacia atrás, comenzó a retirarse mientras musitaba agradecimientos.

No olvides -le dijo el zar apuntándolo con el dedo a la frente– Si en dos años el oso no habla...

...Cuando todos en la casa del sastre lloraban por la pérdida del padre de familia, el hombre pequeño apareció en la casa en el carruaje del Zar, sonriente, eufórico y con regalos para todos.

La esposa del sastre no cabía en su asombro. Su marido que pocas horas antes había sido llevado al cadalso volvía ahora, exitoso, acaudalado y exultante...

Cuando estuvo a solas el hombre le contó los hechos.

Estás LOCO –chilló la mujer– enseñar a hablar al oso del Zar Tú, que ni siquiera has visto un oso de cerca, ¡Estás, loco!

Enseñar a hablar al oso... Loco, estás loco...

-Calma mujer, calma. Mira, me iban a cortar la cabeza mañana al amanecer, ahora... ahora tengo dos años... En dos años pueden pasar tantas cosas.

En dos años... –siguió el sastre- se puede morir el Zar... me puedo morir yo... y lo más importante... por ahí el ¡¡oso habla!!


domingo 14 de marzo de 2010

UN MUNDO FELIZ (Aldous Huxley) - 19 - FINAL

CAPITULO XVIII
La puerta estaba entreabierta. Entraron. -¡John!

Del cuarto de baño llegó un ruido desagradable y característico.

-¿Ocurre algo? -preguntó Helmholtz.

No hubo respuesta. El desagradable sonido se repitió, dos veces; siguió un silencio. Después, con un chasquido, la puerta del cuarto de baño se abrió y apareció, muy pálido, el Salvaje.

-¡Oye! -exclamó Helmholtz, solícito-. Tú no te encuentras bien, John.

-¿Te sentó mal algo que comiste? -preguntó Bernard.

El Salvaje asintió.

-Sí. Comí civilización.

-¿Cómo?

-Y me sentó mal; me enfermó. Y después -agregó en un tono de voz más bajo-, comí mi propia maldad.

-Pero, ¿qué te pasa exactamente...? Ahora mismo estabas...

-Ya estoy purificado -dijo el Salvaje-. Tomé un poco de mostaza con agua caliente.

Los otros dos le miraron asombrados.

-¿Quieres sugerir que... que lo has hecho a propósito? -preguntó Bernard

-Así es como se purifican los indios.

-John se sentó, y, suspirando, se pasó una mano por la frente-. Descansaré unos minutos -dijo-. Estoy muy cansado.

-Claro, no me extraña -dijo Helmholtz. Y, tras una pausa, agregó en otro tono-: Hemos venido a despedirnos. Nos marchamos mañana por la mañana.

-Sí, salimos mañana -dijo Bemard, en cuyo rostro el Salvaje observó una nueva expresión de resignación decidida-. Y, a propósito, John -prosiguió, inclinándose hacia delante y apoyando una mano en la rodilla del Salvaje-, quería decirte cuánto siento lo que ocurrió ayer. -Se sonrojó-. Estoy avergonzado -siguió a pesar de la inseguridad de su voz-, realmente avergonzado... –

El Salvaje le obligó a callar y, cogiéndole la mano, se la estrechó con afecto.

-Helmholtz se ha portado maravillosamente conmigo -siguió Bernard, después de un silencio-. De no haber sido por él, yo no hubiese podido...

-Vamos, vamos -protestó Helmholtz. -Esta mañana fui a ver al Interventor -dijo el Salvaje al fin.

-¿Para qué?

-Para pedirle que me enviara a las islas con vosotros.

-¿Y qué dijo? -preguntó Hehnholtz.

El Salvaje movió la cabeza.

-No quiso.

-¿Por qué no?

-Dijo que quería proseguir el experimento. Pero que me aspen -agregó el Salvaje con súbito furor-, que me aspen si sigo siendo objeto de experimentación. No quiero, ni por todos los Interventores del mundo entero. Me marcharé mañana, también.

-Pero ¿a dónde? -preguntaron a coro sus dos amigos.

El Salvaje se encogió de hombros.

-A cualquier sitio. No me importa. Con tal de poder estar solo.

Desde Guildford, la línea descendente seguía el valle de Wey hasta Godalming y después, pasando por encima de Mildford y Witley, seguía hacia Haslemere y Portsmouth a través de Petersfield. Casi paralela a la misma, la línea ascendente pasaba por encima de Worplesdon, Tongham, Puttenham, Elstead y Grayshott. Entre Hog's Back y Hindhead había puntos en que la distancia entre ambas líneas no era superior a los cinco o seis kilómetros. La distancia no era suficiente para los pilotos poco cuidadosos, sobre todo de noche y cuando habían tomado medio gramo de más. Se habían producido accidentes. Y graves. En consecuencia, habían decidido desplazar la línea ascendente unos pocos kilómetros hacia el Oeste. Entre Grayshott y Tongham, cuatro faros de aviación abandonados señalaban el curso de la antigua ruta Portsmouth- Londres.

El Salvaje había elegido como ermita el viejo faro situado en la cima de la colina entre Puttenham y Elstead. El edificio era de cemento armado y se hallaba en excelentes condiciones; casi demasiado cómodo, había pensado el Salvaje cuando había explorado el lugar por primera vez, casi demasiado lujoso y civilizado. Tranquilizó su conciencia prometiéndose compensar tales inconvenientes con una autodisciplina más dura, con purificaciones más completas y totales. Pasó su primera noche en el eremitorio sin conciliar el sueño, a propósito. Permaneció horas enteras rezando, ora al Cielo al que el culpable Claudio había pedido perdón, ora a Awonawilona, en zuñí, ora a Jesús y Poukong, ora a su propio animal guardián, el águila. De vez en cuando abría los brazos en cruz, y los mantenía así largo rato, soportando un dolor que gradualmente aumentaba hasta convertirse en una agonía trémula y atormentadora; los mantenía así, en crucifixión voluntaria, mientras con los dientes apretados, y el rostro empapado en sudor, repetía: ¡Oh, perdóname! ¡Hazme puro! ¡Ayúdame a ser bueno!, una y otra vez, hasta que estaba a punto de desmayarse de dolor.

Cuando llegó la mañana, el Salvaje sintió que se había ganado el derecho a habitar el faro; sí, a pesar de que todavía había cristales en la mayoría de las ventanas, y a pesar de que la vista, desde la plataforma, era preciosa. Porque la misma razón por la cual había elegido el faro se había trocado casi inmediatamente en una razón para marcharse a otra parte. John había decidido vivir allá porque la vista era tan hermosa, porque, desde su punto de observación tan ventajoso, le parecía contemplar la encarnación de un ser divino. Pero ¿quién era él para gozarse con la visión cotidiana constante, de la belleza? ¿Quién era él para vivir en la visible presencia de Dios? Él merecía vivir en una sucia pocilga, en un sombrío agujero bajo tierra. Con los miembros rígidos y doloridos todavía por la pasada noche de sufrimiento, y fortalecido interiormente por esta misma razón, el Salvaje subió a la plataforma de su torre y contempló el brillante mundo del amanecer en el que volvía a habitar por derecho propio, recién reconquistado. En el valle que separaba Hog's Back de la colina arenosa en la cima de la cual se levantaba el faro, se hallaba Puttenham, un modesto edificio de nueve pisos, con silos, una granja avícola, y una pequeña fábrica de Vitamina D. Al otro lado del faro, al Sur, el terreno descendía en largas pendientes cubiertas de brazales en dirección a un rosario de lagunas.

Más allá de estas lagunas, por encima de los bosques, se levantaba la torre de catorce pisos de Elstead. Borrosas, en el brumoso aire inglés, Hindhead y Selborne atraían las miradas hacia la azulada y romántica distancia. Pero no sólo lo que se veía a distancia había atraído al Salvaje a su faro; lo que lo rodeaba de cerca resultaba igualmente seductor. Los bosques, las extensiones abiertas de brezos y amarilla aliaga, los grupos de pinos silvestres, las lagunas y albercas relucientes, con sus abedules y sauces llorones, sus lirios de agua y sus alfombras de juntos, poseían una intensa belleza y, para unos ojos acostumbrados a la aridez del desierto americano, resultaban asombrosos. Y, además, ¡la soledad! El Salvaje pasaba días enteros sin ver a un solo hombre. El faro se hallaba sólo a un cuarto de hora de vuelo de la Torre de Charing-T; pero las colinas de Malpaís apenas eran más deshabitadas que aquel brezal de Surrey. Las multitudes que diariamente salían de Londres, lo hacían sólo para jugar al Golf Electromagnético o al tenis.

La mayor parte del dinero que, a su llegada, John había recibido para sus gastos personales, había sido empleado en la adquisición del equipo necesario. Antes de salir de Londres el Salvaje se había comprado cuatro mantas de lana de viscosa, cuerdas, alambre, clavos, cola, unas pocas herramientas, cerillas (aunque pensaba construirse en su día un parahuso para hacer fuego), algo de batería de cocina, dos docenas de paquetes de semilla y diez kilos de harina de trigo.

-No, no quiero almidón sintético ni sucedáneo de harina de desperdicios de algodón - había insistido-. Aunque sean muy nutritivos.

En cuanto a las galletas panglandulares y el sucedáneo vitaminizado de buey, no había podido resistir a las dotes persuasivas del tendero. Ahora, mirando las latas que tenía en su poder, se reprochaba amargamente su debilidad. ¡Odiosos productos de la civilización! Decidió que jamás los comería, aunque se muriera de hambre. Les daré una lección, pensó vengativamente. Y de paso se la daría a sí mismo.

John contó su dinero. Esperaba que lo poco que le quedaba le bastaría para pasar el invierno. Cuando llegara la primavera, su huerto produciría lo suficiente para permitirle vivir con independencia del mundo exterior. Entretanto, siempre quedaba el recurso de la caza. Había visto muchos conejos, y en las lagunas había aves acuáticas. Inmediatamente se puso a construir un arco y las correspondientes flechas.

Cerca del faro crecían fresnos, y para las varas de las flechas no faltaban avellanos llenos de serpollos rectos y hermosos. Empezó por batir un fresno joven, cortó un trozo de tronco liso, sin ramas, de casi dos metros de longitud, lo despojó de la corteza, y, capa por capa, fue quitándole la madera blanca, tal como le había enseñado a hacer el viejo Mitsima, hasta que obtuvo una vara de su misma altura, rígida y gruesa en el centro, ágil y flexible en los ahusados extremos. Aquel trabajo le produjo un placer muy intenso. Tras aquellas semanas de ocio en Londres, durante las cuales, cuando deseaba algo, le bastaba pulsar un botón o girar una manija, fue para él una delicia hacer algo que exigía habilidad y paciencia.

Casi había terminado de dar forma al arco cuando se dio cuenta, con un sobresalto, de que estaba cantando. ¡Cantando! Fue como si, tropezando consigo mismo desde fuera, se hubiese descubierto de pronto en flagrante delito. Se sonrojó, abochornado. Al fin y al cabo, no había ido allá para cantar y divertirse, sino para escapar al contagio de la vida civilizada, para purificarse y mejorarse, para enmendarse de una manera activa. Comprendió, decepcionado, que, absorto en la confección de su arco, había olvidado lo que se había jurado a sí mismo recordar siempre: la pobre Linda, su propia asesina violencia para con ella, los odiosos mellizos que pululaban como gusanos alrededor de su lecho de muerte, profanando con su sola presencia, no sólo el dolor y el remordimiento del propio John, sino a los mismos dioses. Había jurado recordar, había jurado reparar incesantemente. Y allá estaba, trabajando en su arco, y cantando, así, tal como suena, cantando... Entró en el faro, abrió el bote de mostaza y puso a hervir agua en el fuego.

Media hora después, tres campesinos Delta-Menos de uno de los Grupos de Bakonovsky de Puttenham se dirigían en camión hacia Elstead, y, desde lo alto de la colina, quedaron asombrados al ver a un joven de pie en el exterior del faro abandonado, desnudo hasta la cintura y azotándose a sí mismo con un látigo de cuerdas de nudos. La espalda del joven aparecía cruzada horizontalmente por rayas escarlata, y entre surco y surco discurrían hilillos de sangre. El conductor del camión detuvo el vehículo a un lado de la carretera, y, junto con sus dos compañeros, se quedó mirando boquiabierto aquel espectáculo extraordinario. Uno, dos, tres... Contaron los azotes. Después del octavo latigazo, el joven interrumpió su castigo, corrió hasta el borde del bosque y allá vomitó violentamente. Luego volvió a coger el látigo y siguió azotándose: nueve, diez, once, doce...

-¡Ford! -murmuró el conductor.

Y los mellizos fueron de la misma opinión. -¡Reford! -dijeron.

Tres días más tarde, como los búhos a la vista de una carroña, llegaron los periodistas.

Secado y endurecido al fuego lento de leña verde, el arco ya estaba listo. El Salvaje trabajaba afanosamente en sus flechas. Había cortado y secado treinta varas de avellano, y las había guarnecido en la punta con aguzados clavos firmemente sujetos. Una noche había efectuado una incursión a la granja avícola de Puttenham y ahora tenía plumas suficientes para equipar a todo un ejército. Estaba empeñado en la tarea de acoplar las plumas a las flechas cuando el primer periodista lo encontró. Silenciosamente, calzado con sus zapatos neumáticos, el hombre se le acercó por detrás.

-Buenos días, Mr. Salvaje -dijo-. Soy el enviado de El Radio Horario.

Como mordido por una serpiente, el Salvaje saltó sobre sus pies, desparramando en todas direcciones las plumas, el bote de cola y el pincel. -Perdón -dijo el periodista, sinceramente compungido-. No tenía intención... -se tocó el sombrero, el sombrero de copa de aluminio en el que llevaba el receptor y el transmisor telegráfico-. Perdone que no me descubra -dijo-Este sombrero es un poco pesado. Bien, como le decía, me envía El Radio...

-¿Qué quiere? -preguntó el Salvaje, ceñudo.

-Bueno, como es natural, a nuestros lectores les interesaría muchísimo... -Ladeó la cabeza y su sonrisa adquirió un matiz, casi, de coquetería-. Sólo unas pocas palabras de usted, Mr. Salvaje.

Y rápidamente, con una serie de ademanes rituales, desenrolló dos cables conectados a la batería que llevaba en torno de la cintura; los enchufó simultáneamente a ambos lados de su sombrero de aluminio; tocó un resorte de la cúspide del mismo y una antena se disparó en el aire; tocó otro resorte del borde del ala, y, como un muñeco de muelles, saltó un pequeño micrófono que se quedó colgando estremeciéndose, a unos quince centímetros de su nariz; bajóse hasta las orejas un par de auriculares, pulsó un botón situado en el lado izquierdo del sombrero, que produjo un débil zumbido, hizo girar otro botón de la derecha, y el zumbido fue interrumpido por una serie de silbidos y chasquidos estetoscópicos.

-Al habla -dijo, por el micrófono-, al habla, al habla...

Súbitamente sonó un timbre en el interior de su sombrero.

-¿Eres tú, Edzel? Primo Mellon al habla. Sí, lo he pescado. Ahora Mr. Salvaje cogerá el micrófono y pronunciará unas palabras. Por favor, Mr. Salvaje. -Miró a John y le dirigió otra de sus melifluas sonrisas-. Diga solamente a nuestros lectores por qué ha venido aquí. Qué le indujo a marcharse de Londres (¡al habla, Edzel!) tan precipitadamente. Y dígales también algo, naturalmente, del látigo. -El Salvaje tuvo un sobresalto. ¿Cómo se habían enterado de lo del látigo? -Todos estamos deseosos de saber algo de ese látigo.

Díganos también algo acerca de la Civilización. Ya sabe. Lo que yo opino de la muchacha civilizada. Sólo unas palabras...

El Salvaje obedeció con desconcertante exactitud. Sólo pronunció cinco palabras, ni una sola más; cinco palabras, las mismas que habían dicho a Bernard a propósito del Archichantre Comunal de Canterbury.

-Hánil, sons éso tse-ná!

Y agarrando al periodista por los hombros, le hizo dar media vuelta (el joven se reveló apetitosamente provisto de materia carnosa en el trasero), tomó puntería y, con toda la fuerza y la precisión de un campeón de fútbol, soltó un puntapié prodigioso.

Ocho minutos más tarde, una nueva edición de El Radio Horario aparecía en las calles de Londres. Un periodista de El Radio Horario recibe de Mr. Salvaje un puntapié en el cóccix, decía el titular de la primera página. Sensación en Surrey.

Y sensación en Londres, también, pensó el periodista a su vuelta, cuando leyó estas palabras. Y, lo que era peor, una sensación muy dolorosa. Tuvo que tomar asiento con mucha cautela, a la hora de almorzar.

Sin dejarse amedrentar por la contusión preventiva en el cóccix de su colega, otros cuatro periodistas, enviados por el Times de Nueva York, El Continuo de Cuatro dimensiones de Francfort, El Monitor Científico Fordiano y El Espejo Delta visitaron aquella tarde el faro y fueron recibidos con progresiva violencia.

Desde una distancia prudencial, y frotándose todavía las doloridas nalgas, el periodista de El Monitor Científico Fordiano gritó:

-¡Pedazo de tonto! ¿Por qué no toma un poco de soma?

-¡Fuera de aquí! -contestó el Salvaje.

El otro se alejó unos pasos, y se volvió.

-El mal se convierte en algo irreal con un par de gramos.

-Kohakwa iyathtokyai!

-El dolor es una ilusión.

-¿Ah, sí? -dijo el Salvaje.

Y agarrando una gruesa vara avanzó un paso.

El enviado de El Monitor Científico Fordiano echó a correr hacia su helicóptero.

A partir de aquel momento el Salvaje gozó de paz por un tiempo. Llegaron unos cuantos helicópteros que volaron por encima de la torre, inquisitivamente. John disparó una flecha contra el que más se había acercado. La flecha traspasó el suelo de aluminio de la cabina; se oyó un agudo gemido, y el aparato ascendió como un cohete con toda la rapidez que el motor logró imprimirle. Los demás, desde aquel momento, mantuvieron respetuosamente las distancias. Sin hacer caso de su molesto zumbido (el Salvaje se veía a sí mismo como uno de los pretendientes de la Doncella de Mátsaki, tenaz y resistente entre los alados insectos), el Salvaje trabajaba en su futuro huerto. Al cabo de un tiempo los insectos, por lo visto, se cansaron, y se alejaron volando; durante unas horas, el cielo, sobre su cabeza, permaneció desierto, y, excepto por las alondras, silencioso.

Hacía un calor asfixiante, y había aires de tormenta. John se había pasado la mañana cavando y ahora descansaba tendido en el suelo. De pronto, el recuerdo de Lenina se transformó en una presencia real, desnuda y tangible, que le decía: ¡Cariño! Y ¡Abrázame!, con sólo las medias y los zapatos puestos, perfumada... ¡Impúdica zorra! Pero... ioh, oh ... ! Sus brazos en torno de su cuello, los senos erguidos, sus labios... La eternidad estaba en nuestros labios y en nuestros ojos. Lenina... ¡No, no, no, no! El Salvaje saltó sobre sus pies, y, desnudo como iba, salió corriendo de la casa. Junto al límite donde empezaban los brezales crecían unas matas de enebro espinoso. John se arrojó a las matas, y estrechó, en lugar del sedoso cuerpo de sus deseos, una brazada de espinas verdes. Agudas, con un millar de puntas, lo pincharon cruelmente. John se esforzó por pensar en la pobre Linda, sin palabra ni aliento, estrujándose las manos, y en el terror indecible que aparecía en sus ojos. La pobre Linda, que había jurado no olvidar. Pero la presencia de Lenina seguía acosándole. Lenina, a quien había jurado olvidar. Aun en medio de las heridas y los pinchazos de las agujas de los enebros, su carne recalcitrante seguía consciente de ella, inevitablemente real. Cariño, cariño... si también tú me deseabas, ¿por qué no lo decías?

El látigo estaba colgado de un clavo, detrás de la puerta, siempre a mano ante la posible llegada de periodistas. En un acceso de furor, el Salvaje volvió corriendo a la casa, lo cogió y lo levantó en el aire. Las cuerdas de nudos mordieron su carne.

-¡Zorra! ¡Zorra! -gritaba, a cada latigazo, como si fuese a Lenina (¡y con qué frecuencia, aun sin saberlo, deseaba que lo fuera!), blanca, cálida, perfumada, infame, a quien así azotaba-. ¡Zorra! -Y después, con voz de desesperación-: ¡Oh, Linda, perdóname! ¡Perdóname, Dios mío! Soy malo. Soy pérfido. Soy... ¡No, no, zorra, zorra!

Desde su escondrijo cuidadosamente construido en el bosque, a trescientos metros de distancia, Darwin Bonaparte, el fotógrafo de caza mayor más experto de la Sociedad Productora de Films para los sensoramas, había observado todos los movimientos del Salvaje. La paciencia y la habilidad habían obtenido su recompensa. Darwin Bonaparte se había pasado tres días sentado en el interior del tronco de un roble artificial, tres noches reptando sobre el vientre a través de los brezos, ocultando micrófonos en las matas de aliaga, enterrando cables en la blanda arena gris. Setenta y dos horas de suprema incomodidad. Pero ahora había llegado el gran momento, el más grande desde que había tomado las espeluznantes vistas estereoscópicas de la boda de unos gorilas. Espléndido -se dijo, cuando el Salvaje empezó su número-. ¡Espléndido!

Mantuvo sus cámaras telescópicas cuidadosamente enfocadas, como pegadas con cola a su móvil objetivo; les aplicó un telescopio más potente para captar un primer plano del rostro frenético y contorsionado (¡admirable!); filmó unos instantes a cámara lenta (un efecto cómico exquisito, se prometió a sí mismo)-, y, entretanto, escuchó con deleite los golpes, los gruñidos y las palabras furiosas que iban grabándose en la pista sonora del film; probó el efecto de una ligera amplificación (así, decididamente, resultaba mejor); le encantó oír, en un breve momento de pausa, el agudo canto de una alondra; deseó que el Salvaje se volviera para poder tomar un buen primer plano de la sangre en su espalda... y casi inmediatamente (¡vaya suerte!) el complaciente muchacho se volvió, y el fotógrafo pudo tomar a la perfección la vista que deseaba.

¡Bueno, ha sido estupendo! -se dijo, cuando todo hubo acabado-. ¡De primera calidad! Se secó el rostro empapado en sudor. Cuando en los estudios le hubiesen añadido los efectos táctiles, resultaría una película perfecta. Casi tan buena, pensó Darwin Bonaparte, como La vida amorosa del cachalote. ¡Lo cual, por Ford, no era poco decir!

Doce días más tarde, El Salvaje de Surrey se había estrenado ya y podía verse, oírse y palparse en todos los palacios de sensorama de primera categoría de la Europa occidental.

El efecto del film de Darwin Bonaparte fue inmediato y enorme. La tarde que siguió a la noche del estreno, la rústica soledad de John fue interrumpida bruscamente por la llegada de un vasto enjambre de helicópteros.

John estaba cavando en su huerto; y cavando también en su propia mente, revolviendo la sustancia de sus pensamientos. La muerte... E hincaba su azada una y otra vez... Y todos nuestros ayeres han iluminado para los necios el camino hacia la polvorienta muerte. Un trueno convincente rugía a través de estas palabras. John levantó una palada de tierra. ¿Por qué había muerto Linda? ¿Por qué la había dejado perder progresivamente su condición humana, y al fin...? El Salvaje sintió un escalofrío... Y al fin se había convertido en... una buena carroña para besar... Apoyó el pie en el borde de la pala y la hincó profundamente en el suelo. Somos para los dioses como moscas en manos de chiquillos caprichosos; nos matan como en un juego. Otro trueno; palabras que por sí mismas se proclamaban verdaderas; más verdaderas, en cierto modo, que la misma verdad. Y, sin embargo, el mismo Gloucester los había llamado dioses eternamente amables. Además, el mejor de los descansos es el sueño; y tú a menudo lo buscas; sin embargo, temes torpemente la muerte, que es la misma cosa.

Lo que había sido un zumbido por encima de su cabeza convirtióse en un rugido; y, de pronto, John se encontró a la sombra. Algo se había interpuesto entre el sol y él. Sobresaltado, levantó los ojos de su tarea y de sus pensamientos; levantó los ojos como deslumbrado, con la mente vagando todavía por aquel otro mundo de palabras más verdaderas que la misma verdad, concentrada todavía en las inmensidades de la muerte y la divinidad; levantó los ojos y vio, encima de él, muy cerca, el enjambre de aparatos voladores. Llegaron como una plaga de langostas, permanecieron suspendidos en el aire y, al fin, se posaron sobre los brezales, a su alrededor. De los vientres de aquellas langostas gigantescas surgían hombres con pantalones blancos de franela de viscosa, y mujeres (porque hacía calor) en pijama de shantung de acetato, o pantalones cortos de velvetón y blusas sin mangas, muy escotadas... Una pareja de cada aparato. En pocos minutos había docenas de ellos, de pie, formando un espacioso círculo alrededor del faro mirando, riendo, disparando sus cámaras fotográficas, arrojándole (como a un mono) cacahuetes, paquetes de goma de mascar de hormona sexual, galletitas panglandulares. Y constantemente -porque ahora la corriente de tráfico fluía incesante por encima de Hog's Back- su número iba en aumento. Como en una pesadilla, las docenas se convirtieron en veintenas, y las veintenas en centenares.

El Salvaje se había retirado buscando cobijo, y ahora, en la actitud de un animal acorralado, permanecía de pie, de espaldas al muro del faro, mirando aquellas caras con expresión de mudo horror como un hombre que hubiese perdido el juicio.

El impacto en su mejilla de un paquete de chicle bien dirigido lo sacó de su estupor para devolverle a la realidad. Un dolor agudo, y despertó del todo, en una explosión de ira.

-¡Fuera! -gritó.

El mono había hablado; estallaron risas. -¡Viva el buen Salvaje! ¡Viva! ¡Viva!

Y entre aquella babel de gritos, John oyó: -¡El látigo, el látigo, el látigo!

Obedeciendo a la sugestión de la palabra, John descolgó el atajo de cuerdas de nudos de su clavo, detrás de la puerta, y lo agitó, como amenazando a sus verdugos.

Brotó un clamor de irónico entusiasmo.

John avanzó amenazadoramente hacia ellos. Una mujer chilló asustada. La línea de mirones osciló en el punto amenazado más inmediatamente, pero recobró la rigidez y aguantó firme. La conciencia de contar con la superioridad numérica prestaba a aquellos mirones un valor que el Salvaje no se había supuesto.

-¿Por qué no me dejáis en paz?

En su ira había un leve matiz quejumbroso.

-¿Quieres unas almendras saladas al magnesio? -dijo el hombre que, caso de que el Salvaje siguiera avanzando, había de ser el primero en ser atacado. Y agitó una bolsita-. Son estupendas, ¿sabes? -agregó, con una sonrisa propiciatoria y algo nerviosa-. Y las sales de magnesio te mantendrán joven.

-¿Qué queréis de mí? -preguntó, volviéndose de un rostro sonriente a otro-. ¿Qué queréis de mí?

-¡El látigo! -contestó un centenar de voces, confusamente-. Haz el número del látigo. Queremos ver el número del látigo.

Entonces un grupo situado a un extremo de la línea empezó a gritar al unísono y rítmicamente:

-¡El lá-ti-go! ¡El lá-ti-go! ¡El lá-ti-go!

-¡El lá-ti-go! ¡El lá-ti-go!

Gritaban todos a la vez; y, embriagados por el ruido, por la unanimidad, por la sensación de comunión rítmica, daban la impresión de que hubiesen podido seguir gritando así durante horas enteras, casi indefinidamente. Pero a la vigésimo quinta repetición se produjo una súbita interrupción. Otro helicóptero procedente de la dirección de Hog's Back, permaneció unos segundos inmóvil sobre la multitud y luego aterrizó a pocos metros de donde se encontraba de pie el Salvaje, en el espacio abierto entre la hilera de mirones y el faro. El rugido de las hélices ahogó momentáneamente el griterío; después, cuando el aparato tocó tierra y los motores enmudecieron, los gritos de: ¡El látigo! ¡El látigo! se reanudaron, fuertes, insistentes, monótonos.

La puerta del helicóptero se abrió, y de él se apearon un joven rubio, de rostro atezado, y después una muchacha que llevaba pantalones cortos de pana verde, blusa blanca y gorrito de jockey.

Al ver a la muchacha, el Salvaje se sobresaltó, retrocedió, y su rostro se cubrió de súbita palidez.

La muchacha se quedó mirándole, sonriéndole con una sonrisa incierta, implorante, casi abyecta. Pasaron unos segundos. Los labios de la muchacha se movieron; debía de decir algo; pero el sonido de su voz era ahogado por los gritos rítmicos de los curiosos, que seguían vociferando su estribillo.

-¡El lá-ti-go! ¡El lá-ti-go!

La muchacha se llevó ambas manos al costado izquierdo, y en su rostro de muñeca, aterciopelado como un melocotón, apareció una extraña expresión de dolor y ansiedad. Sus ojos azules parecieron aumentar de tamaño y brillar más intensamente; y, de pronto, dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Volvió a hablar, inaudiblemente; después, con un gesto rápido y apasionado, tendió los brazos hacia el Salvaje y avanzó un paso.

-¡El lá-ti-go! ¡El Látigo!

Y, de pronto, los curiosos consiguieron lo que tanto deseaban.

-¡Ramera!

El Salvaje había corrido al encuentro de la muchacha como un loco. ¡Zorra!, había gritado, como un loco, y empezó a azotarla con su látigo de cuerdas de nudos.

Aterrorizada, la joven se había vuelto, disponiéndose a huir, pero había tropezado y caído al suelo.

-¡Henry, Henry! -gritó.

Pero su atezado compañero se había ocultado detrás del helicóptero, poniéndose a salvo.

Con un rugido de excitación y delicia, la línea se quebró y se produjo una carrera convergente hacia el centro magnético de atracción. El dolor es un horror que fascina.

-¡Quema, lujuria, quema!

-¡Oh, la carne!

El Salvaje rechinó los dientes. Esta vez el látigo cayó sobre sus propios hombros.

-¡Mátala! ¡Mátala!

Arrastrados por la fascinación del horror que produce el espectáculo del dolor, e impelidos íntimamente por el hábito de cooperación, por el deseo de unanimidad y comunión que su condicionamiento había hecho arraigar en ellos, los curiosos empezaron a imitar el frenesí de los gestos del Salvaje, golpeándose unos a otros cada vez que éste azotaba su propia carne rebelde o aquella regordeta encarnación de la torpeza carnal que se retorcía sobre la maleza, a sus pies.

-¡Mátala, mátala, mátala! -seguía gritando el Salvaje.

Después, de pronto, alguien empezó a cantar: Orgía-Porfía, y al cabo de un instante todos repetían el estribillo y, cantando, habían empezado a bailar. Orgía-Porfía, vueltas y más vueltas, pegándose unos a otros al compás de seis por ocho. Orgía-Porfía...

Era más de medianoche cuando el último helicóptero despegó. Obnubilado por el soma, y agotado por el prolongado frenesí de sensualidad, el Salvaje yacía durmiendo sobre los brezos. El sol estaba muy alto cuando - despertó. Permaneció echado un momento, parpadeando a la luz, como un mochuelo, sin comprender; después, de pronto, lo recordó todo.

Se cubrió los ojos con una mano.

Aquella tarde el enjambre de helicópteros que llegó zumbando a través de Hog's Back

formaba una densa nube de diez kilómetros de longitud.

-¡Salvaje! -llamaron los primeros en llegar-. ¡Mr. Salvaje!

No hubo respuesta.

La puerta del faro estaba abierta. La empujaron y penetraron en la penumbra del interior. A través de un arco que se abría en el otro extremo de la estancia podían

ver el arranque de la escalera que conducía a las plantas superiores. Exactamente bajo la clave del arco se balanceaban unos pies.

-¡Mr. Salvaje!

Lentamente, muy lentamente, como dos agujas de brújula, los pies giraban hacia la derecha: Norte, Nordeste, Este, Sudeste, Sur, Sudsudoeste; después se detuvieron, y, al cabo de pocos segundos, giraron, con idéntica calma, hacia la izquierda: Sudsudoeste, Sur, Sudeste, Este...

Fin