domingo, 18 de noviembre de 2007

FRENTE AL ESPEJO

Yo, que comí la cáscara
por no merecer la pulpa.
Yo, que le creí a la culpa
y me escondí tras su cáscara.

Yo, que me abofeteé y me dije
los más obsenos insultos,
que me negué a darme indultos
condenándome a estar triste.

Yo, que suicidé mi anhelo
para lograr ser querido.
Yo, que me enemisté conmigo,
truncando todos mis vuelos.

Yo, que me escupí en la cara,
abusador de mi mismo.
Yo, que complací al cinismo,
sobornando a quien me amara.

Yo: exigente y despiadado
con nadie como conmigo.
Yo: mi más cruento enemigo,
mi juez y mi sentenciado...

Me levanté esta mañana
cansado de no quererme,
de apagarme, oscurecerme
(que mi luz no encandilara)

Vi en el espejo mis ojos
mirándome en mi mirada,
tantas veces empañada
por mirarme con enojo.

Y me di ternura. Y vi,
en ese rostro cansado
que me observaba extrañado,
lo bello de lo que fui:

Me vi ante los que han sufrido
amparando el desamparo.
Me vi austero, pero honrado.
Me vi noble. Me vi erguido.

Me vi venciendo al Abismo
sin mancha ni cicatriz.
Y quise hacerme feliz
honrando que soy yo mismo.

Que soy franco, solidario.
Que soy leal y confiable
y que cuando envainé mi sable
aposté a lo humanitario.

Sin autocompasión malsana,
fui piadoso ante mi pena
y levanté mi condena
como el que amando se ama.

Aprecié que, pese a todo,
pese al error y al acierto,
siempre elegí estar despierto
sin sumergirme en el lodo.

Y mirando mi mirada
me pedí perdón, llorando.
Y de mirarme mirando
amé a ese a quien miraba.

Quiero empezar a regarme,
jardinero de mí mismo,
porque no es egocentrismo
abrir mi esencia y mostrarme.

Vine a Ser. Y eso decido.
Dispongo abrirme a la Vida.
Ya basta de tanta herida,
siendo heridor y el herido.

Por todo lo que viví,
a partir de este momento
cuento conmigo, pues siento
que puedo Confiar en Mí.

Virginia Gawel



jueves, 8 de noviembre de 2007

DIANA



Diana era un espíritu puro, inocente; su amor brillaba incólume bañando en su vibración de alegría a todo y a todos sin sombra de egoísmo. Con los demás miembros de ese equipo de exploradores de lo maravilloso, había creado un mundo ideal, basado en la cooperación y en el conocimiento de “todos somos uno”, con lo que ello implica.
Eran tiempos extraordinarios en donde el transcurrir de los días pasaba casi desapercibido, sumergidos como estaban en la construcción de una sociedad perfecta en donde cada uno sostenía al grupo y el grupo los sostenía a todos. Era simple: sólo había que dejarse llevar por las voces internas que los iban guiando, paso a paso, hacia su mejor realización. Las capacidades creativas de cada miembro de ese todo orgánico que era el equipo lo habían hecho posible y ahora era tiempo de experimentar la alegría de compartir con otras comunidades el milagro de la vida.

Y entonces llegaron ellos.
Eran muy distintos a lo que hubieran esperado, de cualidades nuevas y desconocidas. Todo un desafío a la integración. Era divertido, pues la relación con esos seres les obligaba a aprender nuevas habilidades, aunque por más que se esforzaran no alcanzaban a comprender la visión de la vida que éstos tenían y las conductas a las que esa misma visión los conducía.
Eran poseedores de una fuerte presencia física e irradiaban una energía que bien podría definirse como de “altanera humildad”. Ofrecían su servicio como consejeros en las cosas prácticas, en el trabajo manual y en las técnicas más variadas.
Diana y su equipo no necesitaban lidiar con las cosas de la materia, ellos poseían el divino don de la creación. Además, su organismo era muy sutil y se alimentaban con la energía que el universo generosamente ponía en el aire que respiraban. Su mayor satisfacción era experimentar nuevas situaciones que les pusieran en necesidad de poner en juego su potencial –para eso habían pedido participar de esta misión de exploración- y eso fue motivo suficiente para que, cada vez más, se involucraran con esos seres extraños que tan hábiles eran interactuando con el mundo de la materia.

Poco a poco estos seres -“Hartags” se llamaban a sí mismos- fueron cobrando mayor poder y comenzaron a perder la amabilidad con que se presentaron en un principio. Comenzaron a emplear la fuerza para imponerse a sus anfitriones, obligándoles a servirles en variadas tareas. Comenzaron a experimentar con animales, modificando su código genético para realizar mutaciones de acuerdo a sus necesidades y mostrando en sus experimentos su crueldad y su egoísmo.
Diana y su equipo, que habían gozado intensamente con las nuevas experiencias que los Hartags suponían, comenzaron a sentir una nueva calidad de sentimientos: descubrieron el miedo. Sí, esa emoción era absolutamente nueva y perturbadora. Además era la semilla de toda una serie de nuevas emociones que comenzaron a sentir a partir de él. Ahora comenzaban a descubrir la necesidad de defender su forma de vida, su cultura y su dignidad ante el avance arrogante de esas criaturas. Nunca antes habían tenido que defenderse de nada, ya que la fuerte vibración de amor que irradiaban les mantenía alejados de cualquier posible amenaza, pero ellos habían invitado a esos seres y ahora estaban allí.

Diana se reunió con su equipo y comenzaron a buscar una solución al problema de los Hartags. Ya habían agotado todos los recursos que conocían. Habían intentado dialogar con ellos, habían intentado pactar con ellos... pero todo había sido inútil. Los invitados eran conscientes del poder que se les había permitido desarrollar en la comunidad y se sentían muy seguros de sí mismos. No había en ellos más amor que el que sentían por sí mismos. No comprendían lo que era la compasión ni la justicia. Sólo les importaba ganar más y más poder a través de los medios que fueran.
Resolvieron abandonar su comunidad dejando todo en manos de los Hartags e irse a los bosques a comenzar una nueva vida. Después de todo, habían llegado a este planeta en busca de experiencias...
Se instalaron en los bosques y comenzaron nuevamente a vivir de acuerdo a su propia forma de sentir, siguiendo las voces internas que les guiaban en todo momento y a llenar con su amor, un amor que crea, un amor que brilla, todo cuanto les rodeaba. Sin embargo notaban que sus cuerpos se volvían más densos, más pesados, y que las voces que los guiaban ya no eran omnipresentes; pasaban largos períodos sin poder encontrar dentro de sí la seguridad del camino a recorrer.
Comenzaron a usar, para suplir a su Maestro interno, la cualidad recién nacida del pensamiento analítico. Y con el advenimiento del razonamiento advirtieron que cada cosa tiene su opuesto, que existen el bien y su opuesto, el mal; el placer y el dolor, la vida y la muerte...

Los Hartags no querían trabajar para ganarse su propio sustento. Necesitaban esclavos. Necesitaban alguien que hiciese por ellos lo que no les gustaba hacer. Los Hartags salieron de cacería a buscar a sus servidores, que en una demostración de insensibilidad y descaro, se habían fugado dejándolos librados a sus propios medios.
Alcanzaron a Diana y su equipo en los bosques, donde estaban tratando de reconstruir su vida, y se llevaron a cuantos pudieron atrapar. Mataron a tres y los demás alcanzaron a esconderse, entre ellos, Diana. A los que se llevaron los sometieron a la más brutal esclavitud.
Diana se reunió con lo que quedaba de su equipo y, entre todos, decidieron ofrecer resistencia armada a los Hartags.

Había muerto Diana, la encarnación de la inocencia. Había nacido Diana, la guerrera.
Y así fue que Diana y su equipo fueron expulsados del Paraíso.
Alejandro





domingo, 4 de noviembre de 2007

Volver


Eran las tres de la mañana y no podía dormir. En la cocina sólo se oía el suave sonido de la lluvia y el molesto zumbido de un mosquito que Alberto ya se había cansado de espantar y que ahora se le acercaba goloso a la piel del brazo.

Ya habían pasado cinco días desde que Isabel se había ido a casa de su hermana y no tenía ninguna noticia de ella, como si se hubiera tragado la tierra, y no tenía manera alguna de comunicarse con ella -la hermana de su esposa vivía en el campo, lejos de la ruta y de cualquier poblado. Definitivamente debía esperar a que sea ella la que se comunicara, pero una sensación de peligro estaba haciéndole perder la calma. No tenía razones objetivas para sentirse así y sin embargo cada vez se sentía más preocupado y ansioso.
El viaje de Isabel había sido programado hacía ya tiempo. Era un merecido descanso que ambos habían decidido y que no suponía ningún tipo de problemas, ya que ella se encontraría en un lugar seguro y con su familia y él ya sabía que no había teléfono ni forma alguna de comunicarse. Sin embargo la angustia crecía con cada hora que pasaba. Se dijo que estaba loco, que no había razón alguna para preocuparse, que Isabel estaba bien y descansando…
Al otro día no fue a trabajar. Dio una excusa, se subió al auto y partió al campo a buscar a su esposa. Bien podría ser –era lo más seguro- que no le pasara nada, que esos sentimientos ominosos fueran producto de la soledad después de tantos años de no separarse más que para ir cada uno a su trabajo. Pero ya no podía esperar, estaba totalmente desequilibrado.
Con el acelerador a fondo tomó la ruta tres y viajó todo el día y toda la noche sin parar y ya estaba por tomar el camino de tierra que conduce a la estancia de Claudia, la hermana de Isabel, cuando la vio.

Era una nave enorme, como de un Km. de diámetro y flotaba sobre el suelo a tan baja altura que podía ver el reflejo de su rostro en la pulida superficie. Emitía un agudo sonido tan intenso que le obligó a taparse los oídos, mientras todo en derredor parecía estar suspendido en la nada y una vibración intensa penetraba hasta en la última de sus células.
Desde una de lo que parecían ser ventanillas en la nave, vio a Isabel que lo llamaba. Casi sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, se acercó a la nave y un poderoso haz de luz lo suspendió primero en el aire y luego, suavemente, jaló de él hasta que se encontró en el interior de un amplio recinto tenuemente iluminado. Allí lo esperaba Isabel.
¡Gracias a dios sentiste mi llamado!, dijo. Y luego: ¡Volvamos a casa Alberto!

Nadie volvió a saber nunca de Alberto e Isabel –tampoco se han preocupado en buscarlos-
Alejandro

sábado, 27 de octubre de 2007

CANALIZACIÓN (colaboración)

Desde hace ya muchos años Norah canaliza mensajes de nuestros guías y protectores espirituales, cuya omnipresencia en nuestras vidas está más que comprobada por nosotros. Este es uno de esos mensajes que llegan a nosotros en momentos en que nos encontramos necesitados de orientación y apoyo, y creemos que podemos hacer extensivo su contenido a muchas otras personas que actualmente están pasando por momentos de incertidumbre ante los rápidos cambios que se están manifestando en el planeta.
Se puede apreciar en el texto que el mensaje comienza como una comunicación en singular dirigida en particular al canal y luego a la pareja, cambiando así del singular al plural en su expresión.
Hay al cierre unos números romanos y la mención del color blanco, que no hemos podido interpretar.
Ahora, mientras me tomo unos mates los dejo con el mensaje canalizado, en la esperanza de que haya quien lo necesita.
13.07.04.
Soy Maquiaventa Melchizedek. Ya te dije no hace mucho tiempo que estás aquí porque tu planeta y su gente están en tiempos de crisis. Sé que te sientes rara y en dos mundos diferentes, pero eso es así y se acrecentará. Estás desorganizada, pues no sabes el camino a seguir. Así debe ser. Si fueras de la oscuridad sabrías qué hacer. Como eres luz, el caos es lo que domina porque estás siendo atacada. Esa sensación de desorientación es la que nos habla de que el camino es el correcto. Sigue tu intuición, abre tu corazón para dar amor y no temas, que en los momentos precisos estaremos a vuestro lado para sacarlos del peligro. Mucho han hecho, pero aún hay más.
Te sientes rara cuando tu marido habla con absoluta seguridad del cambio que han de tener. Sí, el cambio está, como leían hoy, en el sendero que aún no pueden ver y el dinero está en ese camino. Mas cuesta mucho sacudir las sandalias y saltar, porque aún no es el tiempo. Las señales serán tan claras que les llamarán la atención. Ustedes no saldrán a buscarlas, ellas vendrán a Ustedes. Serán necesarios más meses de trabajo arduo y no decaer ni deprimirse. Como ven, tratamos de que nuestros mensajes lleguen a Ustedes para darles fuerza, pero una Melchizedek nació para tiempos de crisis desde que fue concebida. Ahora estás agotada y tu compañero también. No cedan, el cambio viene y la Luz Crística los embargará en una sublime capa de Paz y Amor.
5 4 1 8 8 – X C D I
Color Blanco.
Fuerza y amor
Maquiaventa Melchizedek

sábado, 13 de octubre de 2007

JÓVENES ÍNDIGOS (COLABORACIÓN)

La Dra. Nora Mancini es especialista en Psicología Clínica y cuenta con una dilatada experiencia en la atención de pacientes así como en la docencia universitaria tanto en su país, Argentina, como en el exterior. Luego de transitar por todas las técnicas tradicionales, desde el psicoanálisis hasta el PNL, hoy se enfrenta a los nuevos desafíos que resultan de la encarnación de los niños índigo, los niños cristal y otros seres de la nueva evolución.


¡La quinta dimensión ya está aquí! No, no es un cuento de ciencia ficción ni un delirio metafísico de alguien obsesionado con el tema. Se trata, simplemente, de mis experiencias de consultorio.

Tengo en estos momentos en tratamiento cuatro jóvenes que podríamos denominar “índigos”, de alto coeficiente intelectual, seguros de sí mismos, uno más rebelde que otro, pero todos con fuertes características de liderazgo que serán, sin duda alguna, los que repoblarán la “nueva Tierra”.

Les estoy relatando esta situación porque nunca me había pasado el encontrarme con pacientes que siendo tan jóvenes, tienen una actitud contratransferencial activa. Esto es: Hay un diálogo sin palabras pero real, como una suerte de telepatía muy profunda que hace que yo sienta mi mente totalmente conectada con la suya y ellos, a su vez, con la mía. Generalmente esto sucede después de hacer un ejercicio de regresión terapéutica, donde logran dejar de lado los mecanismos típicos de la tercera dimensión.

Cuando se producen estos momentos mágicos, una corriente de amor y luz nos une profundamente. Luego, cuando cierro el ejercicio y retornamos a la tercera dimensión, queda en el ambiente del consultorio una extraordinaria vibración de paz y armonía.

Luego de muchas experiencias similares no puedo dejar de pensar que estos jóvenes índigos traen ya incorporadas las doce cuerdas de ADN que –se nos anuncia- tendrá en el futuro toda la población de este planeta y que para ellos la evolución de la humanidad no es un futuro a alcanzar sino un ahora que ya experimentan.

Este es el relato de mis experiencias más recientes como terapeuta, pero las conclusiones que podemos extraer de ellas son fácilmente extrapolables a miles de jóvenes que actualmente conviven con nosotros y a los que es nuestro deber apoyar, ya que son los que muy pronto van a poner en marcha la nueva civilización. Nosotros, los adultos conscientes del cambio que se está produciendo en nuestro planeta, somos los que estamos en las mejores condiciones de hacerlo.

Nora Mancini

miércoles, 10 de octubre de 2007

UNA HISTORIA (colaboración)

Rolando formaba parte de una familia perfecta. Su mujer era una gran persona, buena madre, muy trabajadora, compañera ideal para todo, nunca cuestionaba ninguna de las decisiones, mas bien las conversaba, sugería, proponía, todo de manera que siempre era natural y nunca había que discutir ni dejar las cosas de lado por falta de acuerdo. Había sido su primera novia, y él había sido el primer hombre de su vida, y el único. Trabajaba medio día diseñando jardines para las grandes mansiones de la ribera marítima, y de los bosques de pinos de la zona este de la ciudad, las mejores. Era una ocupación que conservaba desde antes de casarse, hace ya once años. Era tan creativa que aún después del matrimonio no habían querido perderla y la empresa había concedido todos los períodos que necesitó para su luna de miel, para tener los chicos y criarlos durante los primeros meses de vida, y ahora, que no quería descuidar su hogar, sólo se ocupaba del trabajo ese ratito que los chicos estaban en la escuela. Era suficiente para mantener la clientela tan bien ganada, y para atender a aquellos clientes especiales que el señor Severt, dueño de la empresa, le recomendaba especialmente. No era una empleada común, bastaba que pidiera algo para que Severt se lo concediera sin pedir explicaciones.
Los hijos eran un calco de los padres, no sólo físicamente, sino que además se parecían en el carácter, Un poco de él, y un poco de Silvia. Ni siquiera se puede decir que sacaron lo bueno de cada uno, porque parecía que malo no había nada.
La vida de Rolando era como a él le había gustado. Tenía su trabajo que le permitía vivir en forma adecuada a sus pretensiones de confort. Sus superiores lo tenían en un alto concepto por el cumplimiento, el rendimiento y la facilidad con que solucionaba todas las cuestiones que se presentaran, por raras y difíciles que fueran. Jamás había tenido problemas, mas bien eran todas soluciones. Sus compañeros de trabajo sentían por él un gran respeto, lo le temían ni lo odiaban, sabían perfectamente que era capaz de cubrirlos en cualquier problema que se presentara, siempre u cuando no lo tomaran de punto. Era mas bien paternalista, y como tal, las cosas había que hacerlas bien, aunque si salían mal, siempre agregaba ese toque necesario para corregir todo sin que se notara. Le había costado mucho tiempo y mucho trabajo ese equilibrio, pero valía la pena.
Se sentía orgulloso de todo esto. Su relación con Silvia era perfecta, cada uno mantenía la individualidad de sus actividades, a tal punto que sólo había estado con Severt el día de su casamiento, agradeciéndole no sólo su presencia, sino también el regalo, que le habría costado sus buenos pesos. Por su parte ella era igual, Aunque compartían algunos amigos que lo eran por igual de ambos, la mayoría de los compañeros de deportes y trabajo de Rolando eran seres totalmente anónimos para Silvia, y rara vez hablaban de ellos.
Tenía un grupo de amigos de “fierro”, siempre listos para festejar, para salir, para acompañar los más alocados proyectos, y, lo que era más importante, dispuestos a ayudar en lo que fuese necesario aún en contra de los propios intereses. Si, esos eran amigos.
Además, Rolando iba al club, practicaba cuanto deporte se le ponía adelante. Claro, en ninguno se destacaba demasiado, pero siempre era requerido por su adaptación a cualquier equipo y a cualquier grupo que lo formara. Todos se llevaban a las mil maravillas con él, que siempre estaba de buen humor. Era difícil escucharle un no o alguna palabra fuera de lugar. Tenía una pequeña manía, aunque usaba todas las instalaciones del club, y de los demás vestuarios que frecuentaba, tomaba todos los recaudos necesarios para evitar hasta la menos posibilidad de contagio de cualquier tipo de enfermedad. Por supuesto que tenía tal cuidado para hacerlo que nadie lo notaba. Era sumamente sutil para todo.
Esa era una cuestión que lo acompañaba desde su nacimiento, tal vez antes. Alguna razón habría existido para que esto fuera así, seguramente, pero no hay forma de poder descubrirlo. Sabemos si, que desde pequeño había sido muy cuidadoso. Al pasar el tiempo, el conocimiento sobre los temas sanitarios había aumentado, además fue conociendo los nuevos peligros y para todos ellos encontraba solución. Su pequeño secreto era ese: jamás permitiría que la perfección de su vida se arruinara con enfermedades o contagios. Claro, como cualquiera tuvo que hacer frente a las enfermedades de niño, las famosas eruptivas, pero éstas no eran más que un beneficio porque era perfectamente conciente que le iban creando anticuerpos que en definitiva lo protegerían más adelante.
No era ese el único problema que cuidaba atentamente, también estaba el otro, había que hacer una vida sana para que el organismo pudiera afrontar las tensiones de la vida moderna. Con el deporte no tenía problema, ya lo vimos, pero había tomado algunas decisiones a lo largo de su vida que reforzarían su armadura. No fumaba porque había visto el deterioro que el cigarrillo producía sobre los organismos, incluso de pequeño había visto las dolencias de su padre que lo llevaron a la muerte. Además a ésta altura de la divulgación científica a nadie se le escapaba este conocimiento. Era muy observador de todo tipo de cuidados. ¿El colesterol tapaba las arterias? pues allí estaba Rolando controlando el consumo de grasas malas para evitarlo. ¿El exceso de hidratos de carbono no convenía? también llevaba un balance imaginario del consumo de ese tipo de alimentos. Otro tanto pasaba con los azúcares, con el alcohol y con todos los demás excesos posibles.
Cada vez que se controlaba los límites con los análisis que el Dr. Timesi reordenaba, obtenía valores ideales. No recordaba en sus casi cuarenta y dos años una sola oportunidad en la cual le hubiera tenido que llamar la atención por algún problema clínico. Estaba muy satisfecho por eso. Estaba todo a la perfección, ni una nube en el horizonte.
Bueno, algunas veces había tenido que tomar decisiones que le significaron reprimirse un poco, pero lo tomaba como si dejara de comerse la última milanesa o como si no descorchara otra botella de ese cabernet que tanto le gustaba. Como aquella oportunidad en la que la rubia infartante que atendía el bar de enfrente de la oficina le hacía caritas. En principio se hizo el desentendido, pero lo de ella llegó casi a un acoso, y no era cuestión de pasar por tonto. Sin embargo a último momento pensó muchas cosas, en su familia, en que Silvia no merecía una infidelidad, pero lo que lo decidió definitivamente fue pensar que por más que tomara todos los recaudos habidos y por haber, siempre existía la posibilidad de contagiarse alguna enfermedad. Sobe todo le preocupaba el tema del HIV. Claro, él ya tenía una vida hecha, y, mientras tomara decisiones como ésta, estaría a salvo. Por eso no siguió adelante con algo que ya estaba prácticamente cerrado. A la rubia no le gustó mucho que él le haya rehuido, se mostró molesta por un tiempo cada vez que lo atendía, pero se le terminó pasando. No había sido su primer fracaso con un cliente . . .y había tantos. Ésta no fue la única vez que dejo pasar una oportunidad de ese tipo, pero cada vez estaba más alerta a esas cosas y ya lo hacía naturalmente. A él no lo contagiarían así nomás.
El tema también pasaba por los chicos. A medida que crecieran, los peligros de éste tipo se harían más y más probables. Aunque él les estaba dando la mejor educación que podía, existían una serie de cuidados que sólo lo podía tomar uno consigo mismo. Nadie puede hacerlo por los demás, salvo informarlos y alertarlos, pero las acciones privadas eran eso. Y Rolando era muy respetuoso de la privacidad de cada uno. Lo demostraba en su casa, con su mujer, y lo mismo pasaría con los hijos, a medida que crecieran cada día requerirían mayor privacidad, y sus actos no los compartirían con él. Eso era un hecho. Seguramente hablarían sus problemas con sus amigos. Para eso son amigos.
Como los que él mismo tenía, incondicionales y sinceros. Así era Víctor. Un día se sentó a tomar un café con él y empezó a contarle. Hacía tiempo que tenía un romance con una mujer, claro, él era soltero. Mas bien solterón si tenemos en cuenta la edad, rico, pintón y muy entrador con las minas, jamás se le resistían. Era la clase de galán que actúa naturalmente, sin esfuerzos. A tal punto que a las mujeres siempre les parecía natural tener un romance con Víctor.
Mirá Rolando, había dicho, hace un tiempo que mantengo éste romance, suficiente para darme cuenta que, aunque muy reservada, es una buena mujer. No conozco mucho de su vida, la conocí cuando vino a dirigir el diseño que ella misma había hecho para el jardín de minueva casa sobre la playa . . . ¿qué te pasa, Rolando? . . ., escuchame, te lo estoy contando porque sos mi amigo y no sé que hacer. Me acabo de enterar que tengo SIDA.
Marcelo

martes, 9 de octubre de 2007

Íntimo

Oyó silbar la pava, fue hasta la cocina, apagó el fuego y preparó el mate. El día estaba gris y desde el Oeste llegaba un viento frío que anunciaba lluvia.
Realmente no le afectaba mucho el cambio de clima, ya que era domingo y no tenía pensado salir de su casa; un buen libro, un poco de música y el calor íntimo de la cocina le bastaban para sentirse bien, en paz y hasta feliz después de una semana pesada de trabajo. Hoy no iba a permitir que nada interrumpiera el fecundo diálogo que estaba teniendo consigo mismo, con su yo más profundo. No iba a permitirse perder el estado de armonía que estaba sintiendo y que le llevaba con suavidad y placer hacia la luz que brillaba en su interior, en su corazón, donde sentía la presencia de la vida, la presencia de Dios.

Hacía ya tiempo que había decidido dejar ir las tristezas de Zitarrosa y enfocar su alma hacia sentimientos más luminosos que le ayudaran a crear un nuevo mundo interior, un mundo con esperanza, donde el amor no fuera ese sentimiento torturado de dar sin esperar nada y donde la melancolía se enrosca en el alma haciendo del llanto silencioso la expresión de un ideal de sacrificio en función de.. ¿de qué? Realmente Fernando no sabía responder a esa pregunta que se formulaba a sí mismo. Había estado toda su vida llorando por dentro sin saber por qué. Intentó pensar en el karma, en el dolor que arrastraba de alguna otra encarnación, pero no logró encontrar una respuesta. Realmente no sabía porqué había pasado su vida envuelto en la penumbra de la tristeza. Decidió dar vuelta el dial de su emisora interna y se puso a cantar una canción de Serrat: “Hoy puede ser un gran día...”

Sentado a la mesa de la cocina, cebándose unos mates mientras fumaba un cigarrillo, comenzó a sentir un confortable calor que venía desde adentro, desde su corazón reconfortado por haberse encontrado, por fin, a sí mismo y por haberse aceptado tal como es: humano, limitado, imperfecto, sediento de amor, a veces oscuro... Y también divino, grandioso, perfecto, radiante de amor y de luz.
Fernando se reconoció y se amó a sí mismo por ser humano y por ser, al mismo tiempo, una imprescindible parte de Dios.
Alejandro