martes, 1 de diciembre de 2009

UN MUNDO FELIZ (Aldous Huxley) - 4 -

CAPITULO III
Fuera, en el jardín, era la hora del recreo. Desnudos bajo el cálido sol de junio, seiscientos o setecientos niños y niñas corrían de acá para allá lanzando agudos chillidos y jugando a la pelota, o permanecían sentados silenciosamente, entre las matas floridas, en parejas o en grupos de tres. Los rosales estaban en flor, dos ruiseñores entonaban un soliloquio en la espesura, y un cuco desafinaba un poco entre los tilos. El aire vibraba con el zumbido de las abejas y los helicópteros.

El director y los alumnos permanecieron algún tiempo contemplando a un grupo de niños que jugaban a la Pelota Centrífuga. Veinte de ellos formaban círculo alrededor de una torre de acero cromado. Había que arrojar la pelota a una plataforma colocada en lo alto de la torre; entonces la pelota caía por el interior de la misma hasta llegar a un disco que giraba velozmente, y salía disparada al exterior por una de las numerosas aberturas practicadas en la armazón de la torre. Y los niños debían atraparla.

-Es curioso -musitó el director, cuando se apartaron del lugar-, es curioso pensar que hasta en los tiempos de Nuestro Ford la mayoría de los juegos se jugaban sin más aparatos que una o dos pelotas, unos pocos palos y a veces una red.

Imaginen la locura que representa permitir que la gente se entregue a juegos complicados que en nada aumentan el consumo. Pura locura. Actualmente los Interventores no aprueban ningún nuevo juego, a menos que pueda demostrarse que exige cuando menos tantos aparatos como el más complicado de los juegos ya existentes. -Se interrumpió espontáneamente-. He aquí un grupito encantador -dijo, señalando.

En una breve extensión de césped, entre altos grupos de brezos mediterráneos, dos chiquillos, un niño de unos siete años y una niña que quizá tendría un año más, jugaban -gravemente y con la atención concentrada de unos científicos empeñados en una labor de investigación- a un rudimentario juego sexual.

-¡Encantador, encantador! -repitió el D.I.C., sentimentalmente.

-Encantador -convinieron los muchachos, cortésmente.

Pero su sonrisa tenía cierta expresión condescendiente: hacía muy poco tiempo que habían abandonado aquellas diversiones infantiles, demasiado poco para poder contemplarlas sin cierto desprecio. ¿Encantador? No eran más que un par de chiquillos haciendo el tonto; nada más. Chiquilladas.

-Siempre pienso... -empezó el director en el mismo tono sensiblero.

Pero lo interrumpió un llanto bastante agudo.

De unos matorrales cercanos emergió una enfermera que llevaba cogido de la mano un niño que lloraba. Una niña, con expresión ansiosa, trotaba pisándole los talones.

-¿Qué ocurre? -preguntó el director.

La enfermera se encogió de hombros.

-No tiene importancia -contestó-. Sólo que este chiquillo parece bastante reacio a unirse en el juego erótico corriente. Ya lo había observado dos o tres veces. Y ahora vuelve a las andadas.

Empezó a llorar y...

-Honradamente -intervino la chiquilla de aspecto ansioso-, yo no quise hacerle ningún daño.

Es la pura verdad.

-Claro que no, querida -dijo la enfermera, tranquilizándola-. Por esto -prosiguió, dirigiéndose de nuevo al director- lo llevo a presencia del Superintendente Ayudante de Psicología. Para ver si hay en él alguna anormalidad.

-Perfectamente -dijo el director-. Llévelo allá. Tú te quedas aquí, chiquilla -agregó, mientras la enfermera se alejaba con el niño, que seguía llorando-. ¿Cómo te llamas?

-Polly Trotsky.

-Un nombre muy bonito, como tú -dijo el director-. Anda, ve a ver si encuentras a otro niño con quien jugar.

La niña echó a correr hacia los matorrales y se perdió de vista.

-¡Exquisita criatura! -dijo el director, mirando en la dirección por donde había desaparecido; y volviéndose después hacia los estudiantes, prosiguió-: Lo que ahora voy a decirles puede parecer increíble. Pero cuando no se está acostumbrado a la Historia, la mayoría de los hechos del pasado parecen increíbles.

Y les comunicó la asombrosa verdad. Durante un largo período de tiempo, antes de la época de Nuestro Ford, y aun durante algunas generaciones subsiguientes, los juegos eróticos entre chiquillos habían sido considerados como algo anormal (estallaron sonoras risas); y no sólo anormal, sino realmente inmoral (¡No!), y, en consecuencia, estaban rigurosamente prohibidos.

Una expresión de asombrosa incredulidad apareció en los rostros de sus oyentes. ¿Era posible que prohibieran a los pobres chiquillos divertirse? No podían creerlo.

-Hasta a los adolescentes se les prohibían -siguió el D.I.C.-; a los adolescentes como ustedes...

-¡Es imposible!

-Dejando aparte un poco de autoerotismo subrepticio y la homosexualidad, nada estaba permitido

.

-¿Nada?

-En la mayoría de los casos, hasta que tenían más de veinte años.

-¿Veinte años? -repitieron, como un eco, los estudiantes, en un coro de incredulidad.

-Veinte -repitió a su vez el director-. Ya les dije que les parecería increíble.

-Pero, ¿qué pasaba? -preguntaron los muchachos-. ¿Cuáles eran los resultados?

-Los resultados eran terribles.

Una voz grave y resonante había intervenido inesperadamente en la conversación.

Todos se volvieron. A la vera del pequeño grupo se hallaba un desconocido, un hombre de estatura media y cabellos negros, nariz ganchuda, labios rojos y regordetes, y ojos oscuros, que parecían taladrar.

-Terribles -repitió.

En aquel momento, el D.I.C. se hallaba sentado en uno de los bancos de acero y caucho convenientemente esparcidos por todo el jardín; pero a la vista del desconocido saltó sobre sus pies y corrió a su encuentro, con las manos abiertas, sonriendo con todos sus dientes, efusivo.

-¡Interventor! ¡Qué inesperado placer! Muchachos, ¿en qué piensan ustedes? Les presento al interventor; es Su Fordería Mustafá Mond.

En las cuatro mil salas del Centro, los cuatro mil relojes eléctricos dieron simultáneamente las cuatro. Voces etéreas sonaban por los altavoces:

-Cesa el primer turno del día... Empieza el segundo turno del día... Cesa el primer turno del día...

En el ascensor, camino de los vestuarios, Henry Foster y el Director Ayudante de Predestinación daban la espalda intencionadamente a Bernard Marx, de la Oficina Psicológica, procurando evitar toda relación con aquel hombre de mala fama.

En el Almacén de Embriones, el débil zumbido y chirrido de las máquinas todavía estremecía el aire escarlata. Los turnos podían sucederse; una cara roja, luposa, podía ceder el lugar a otra; mayestáticamente y para siempre, los trenes seguían reptando con su carga de futuros hombres y mujeres.

Lenina Crowne se dirigió hacia la puerta.

¡Su Fordería Mustafá Mond! A los estudiantes casi se les salían los ojos de la cabeza. ¡Mustafá Mond! ¡El Interventor Residente de la Europa Occidental! ¡Uno de los Diez Interventores Mundiales! Uno de los Diez... y se sentó en el banco, con el D.I.C., e iba a quedarse, a quedarse, sí, y hasta a dirigirles la palabra... ¡Directamente de labios del propio Ford!

Dos chiquillos morenos emergieron de unos matorrales cercanos, les miraron un momento con ojos muy abiertos y llenos de asombro, y luego volvieron a sus juegos entre las hojas.

-Todos ustedes recuerdan -dijo el Interventor; con su voz fuerte y grave-, todos ustedes recuerdan, supongo, aquella hermosa e inspirada frase de Nuestro Ford: La Historia es una patraña -repitió lentamente-, una patraña.

Hizo un ademán con la mano, y fue como si con un visible plumero hubiese quitado un poco el polvo; y el polvo era Harappa, era Ur de Caldea; y algunas telarañas, y las telarañas eran Tebas y Babilonia, y Cnosos y Micenas. Otro movimiento de plumero y desaparecieron Ulises, Job, Júpiter, Gautama y Jesús. Otro plumerazo, y fueron aniquiladas aquellas viejas motas de suciedad que se llamaron Atenas, Roma, Jerusalén y el Celeste Imperio. Otro, y el lugar donde había estado Italia quedó desierto. Otro, y desaparecieron las catedrales. Otro, otro, y afuera con el Rey Lear y los Pensamientos de Pascal. Otro, ¡y basta de Pasión! Otro, ¡y basta de Réquiem! Otro, ¡y basta de Sinfonía! ; otro plumerazo y...

-¿Irás al sensorama esta noche, Henry? -preguntó el Predestinador Ayudante-. Me han dicho que el fílm del Alhambra es estupendo. Hay una escena de amor sobre una alfombra de piel de oso; dicen que es algo maravilloso. Aparecen reproducidos todos los pelos del oso. Unos efectos táctiles asombrosos.

-Por esto no se les enseña Historia -decía el Interventor-. Pero ahora ha llegado el momento...

El D.I.C. le miró con inquietud. Corrían extraños rumores acerca de viejos libros prohibidos ocultos en un arca de seguridad en el despacho del Interventor. Biblias, poesías... ¡Ford sabía tantas cosas!

Mustafá Mond captó su mirada ansiosa, y las comisuras de sus rojos labios se fruncieron irónicamente.

-Tranquilícese, director -dijo en leve tono de burla-. No voy a corromperlos.

El D.I.C. quedó abrumado de confusión.

Los que se sienten despreciados procuran aparecer despectivos. La sonrisa que apareció en el rostro de Bernard Marx era ciertamente despreciativa. ¡Todos los pelos del oso! ¡Vaya!

-Haré todo lo posible por ir -dijo Henry Foster.

Mustafá Mond se inclinó hacia delante y agitó el dedo índice hacia ellos.

-Basta que intenten comprenderlo -dijo, y su voz provocó un extraño escalofrío en los diafragmas de sus oyentes-. Intenten comprender el efecto que producía tener una madre vivípara.

De nuevo aquella palabra obscena. Pero esta vez a ninguno se le ocurrió siquiera la posibilidad de sonreír.

-Intenten imaginar lo que significaba vivir con la propia familia.

Lo intentaron; pero, evidentemente, sin éxito. -¿Y saben ustedes lo que era un hogar? Todos movieron negativamente la cabeza.

Emergieron de su sótano oscuro y escarlata, Lenina Crowne subió diecisiete pisos, torció a la derecha al salir del ascensor, avanzó por un largo pasillo y, abriendo la puerta del Vestuario Femenino, se zambulló en un caos ensordecedor de brazos, senos y ropa interior. Torrentes de agua caliente caían en un centenar de bañeras o salían borboteando de ellas por los desagües. Zumbando y silbando, ochenta máquinas para masaje -que funcionaban a base de vacío y vibración- amasaban simultáneamente la carne firme y tostada por el sol de ochenta soberbios ejemplares femeninos que hablaban todos a voz en grito. Una máquina de Música Sintética susurraba un solo de supercorneta.

-Hola, Fanny -dijo Lenina a la muchacha que tenía el perchero y el armario junto al suyo.

Fanny trabajaba en la Sala de Envasado y se llamaba también Crowne de apellido. Pero como entre los dos mil millones de habitantes del planeta debían repartiese sólo diez mil hombres, esta coincidencia nada tenía de sorprendente.

Lenina tiró de sus cremalleras -hacia abajo la de la chaqueta, hacia abajo, con ambas manos, las dos cremalleras de los pantalones, y hacia abajo también para la ropa interior-, y, sin más que las medias y los zapatos, se dirigió hacia el baño.

Hogar, hogar... Unos pocos cuartitos, superpoblados por un hombre, una mujer periódicamente embarazada, y una turbamulta de niños y niñas de todas las edades. Sin aire, sin espacio; una prisión no esterilizada; oscuridad, enfermedades y malos olores.

(La evocación que el Interventor hizo del hogar fue tan vívida que uno de los muchachos, más sensible que los demás, palideció ante la mera descripción del mismo y estuvo a punto de marearse.)

Lenina salió del baño, se secó con la toalla, cogió un largo tubo flexible incrustado en la pared, apuntó con él a su pecho, como si se dispusiera a suicidarse, y oprimió el gatillo. Una oleada de aire caliente la cubrió de finísimos polvos de talco. Ocho diferentes perfumes y agua de Colonia se hallaban a su disposición con sólo maniobrar los pequeños grifos situados en el borde del lavabo. Lenina abrió el tercero de la izquierda, se perfumó con esencia de Chipre, y, llevando en la mano los zapatos y las medias, salió a ver si estaba libre alguno de los aparatos de masaje.

Y el hogar era tan mezquino psíquicamente como físicamente. Psíquicamente, era una conejera, un estercolero, lleno de fricciones a causa de la vida en común, hediondo a fuerza de emociones. ¡Cuántas intimidades asfixiantes, cuán peligrosas, insanas y obscenas relaciones entre los miembros del grupo familiar! Como una maniática, la madre se preocupaba constantemente por los hijos (sus hijos)..., se preocupaba por ellos como una gata por sus pequeños; pero como una gata que supiera hablar, una gata que supiera decir: Nene mío, nene mío una y otra vez. Nene mío, y, ¡oh, en mi pecho, sus manitas, su hambre, y ese placer mortal e indecible! Hasta que al fin mi niño se duerme, mi niño se ha dormido con una gota de blanca leche en la comisura de su boca. Mi hijito duerme…

-Sí -dijo Mustafá Mond, moviendo la cabeza-, con razón se estremecen ustedes.

-¿Con quién saldrás esta noche? -preguntó Lenina, volviendo de su masaje con un resplandor rosado, como una perla iluminada desde dentro.

-Con nadie.

Lenina arqueó las cejas, asombrada.

-Últimamente no me he encontrado muy bien -explicó Fanny-. El doctor Wells me aconsejó tomar Sucedáneo de Embarazo.

-¡Pero si sólo tienes diecinueve años! El primer Sucedáneo de Embarazo no es obligatorio hasta los veintiuno.

-Ya lo sé, mujer. Pero hay personas a quienes les conviene empezar antes. El doctor Wells me dijo que las morenas de pelvis ancha, como yo, deberían tomar el primer Sucedáneo de Embarazo a los diecisiete.

De modo que en realidad llevo dos años de retraso y no de adelanto.

Abrió la puerta de su armario y señaló la hilera de cajas y ampollas etiquetadas del primer estante.

Jarabe de Corpus Luteum. Lenina leyó los nombres en voz alta. Ovarina fresca, garantizada; fecha de caducidad: 1 de agosto de 632 d. F. Extracto de glándulas mamarias: tómese tres veces al día, antes de las comidas, con un poco de agua. Placentina; inyectar 5 cc. cada tres días (intravenosa) ...

-¡Uy! -estremecióse Lenina-. ¡Con lo poco que me gustan las intravenosas! ¿Y a ti?

-Tampoco me gustan. Pero cuando son para nuestro bien...

.

Fanny era una muchacha particularmente juiciosa.

Nuestro Ford -o nuestro Freud, como, por alguna razón inescrutable, decidió llamarse él mismo cuando hablaba de temas psicológicos-. Nuestro Freud fue el primero en revelar los terribles peligros de la vida familiar. El mundo estaba lleno de padres, y, por consiguiente, estaba lleno de miseria; lleno de madres, y, por consiguiente, de todas las formas de perversión, desde el sadismo hasta la castidad; lleno de hermanos, hermanas, tíos, tías, y, por ende, lleno de locura y de suicidios.

-Y sin embargo, entre los salvajes de Samoa, en ciertas islas de la costa de Nueva Guinea...

.

El sol tropical relucía como miel caliente sobre los cuerpos desnudos de los chiquillos que retozaban promiscuamente entre las flores de hibisco. El hogar estaba en cualquiera de las veinte casas con tejado de hojas de palmera. En las Trobiands, la concepción era obra de los espíritus ancestrales; nadie había oído hablar jamás de padre.

-Los extremos se tocan -dijo el Interventor-. Por la sencilla razón de que fueron creados para tocarse.

-El doctor Wells dice que una cura de tres meses a base de Sucedáneo de Embarazo mejorará mi salud durante los tres o cuatro años próximos.

-Espero que esté en lo cierto -dijo Lenina-. Pero, Fanny, ¿de veras quieres decir que durante estos tres meses se supone que no vas a ... ?

-¡Oh, no, mujer! Sólo durante una o dos semanas, y nada más. Pasaré la noche en el club, jugando al Bridge Musical. Supongo que tú sí saldrás, ¿no?

Lenina asintió con la cabeza. -¿Con quién?

-Con Henry Foster.

-¿Otra vez? -El rostro afable, un tanto lunar, de Fanny cobró una expresión de asombro dolido y reprobador-. ¡No me digas que todavía sales con Henry Foster!

Madres y padres, hermanos y hermanas. Pero había también maridos, mujeres, amantes. Había también monogamia y romanticismo.

-Aunque probablemente ustedes ignoren lo que es todo esto -dijo Mustafá Mond.

Los estudiantes asintieron.

Familia, monogamia, romanticismo. Exclusivismo en todo, en todo una concentración del interés, una canalización del impulso y la energía.

-Cuando lo cierto es que todo el mundo pertenece a todo el mundo -concluyó el Interventor, citando el proverbio hipnopédico.

Los estudiantes volvieron a asentir, con énfasis, aprobando una afirmación que sesenta y dos mil repeticiones en la oscuridad les habían obligado a aceptar, no sólo como cierta sino como axiomático, evidente, absolutamente indiscutible.

-Bueno, al fin y al cabo -protestó Lenina- sólo hace unos cuatro meses que salgo con Henry.

-¡Sólo cuatro meses! ¡Me gusta! Y lo que es peor -prosiguió Fanny, señalándola con un dedo acusador- es que en todo este tiempo no ha habido en tu vida nadie, excepto Henry, ¿verdad?

Lenina se sonrojó violentamente; pero sus ojos y el tono de su voz siguieron desafiando a su amiga.

-No, nadie más -contestó, casi con truculencia-. Y no veo por qué debería haber habido alguien más.

-¡Vaya! ¡La niña no ve por qué! -repitió Fanny, como dirigiéndose a un invisible oyente situado detrás del hombro izquierdo de Lenina. Luego, cambiando bruscamente de tono, añadió-: En serio. La verdad es que creo que deberías andar con cuidado. Está muy mal eso de seguir así con el mismo hombre. A los cuarenta o cuarenta y cinco años, todavía... Pero, ¡a tu edad, Lenina! No. no puede ser. Y sabes muy bien que el D.I.C. se opone firmemente a todo lo que sea demasiado intenso o prolongado...

-Imaginen un tubo que encierra agua a presión. -Los estudiantes se lo imaginaron-. Practico en el mismo un solo agujero -dijo el Interventor--. ¡Qué hermoso chorro!

Lo agujereó veinte veces. Brotaron veinte mezquinas fuentecitas.

Hijo mío. Hijo mío...

¡Madre!

La locura es contagiosa.

Amor mío, mi único amor, preciosa, preciosa...

Madre, monogamia, romanticismo... La fuente brota muy alta; el chorro surge con furia, espumante. La necesidad tiene una sola salida. Amor mío, hijo mío. No es extraño que aquellos pobres premodernos estuviesen locos y fuesen desdichados y miserables. Su mundo no les permitía tomar las cosas con calma, no les permitía ser juiciosos, virtuosos, felices. Con madres y amantes, con prohibiciones para cuya obediencia no habían sido condicionados, con las tentaciones y los remordimientos solitarios, con todas las enfermedades y el dolor eternamente aislante, no es de extrañar que sintieran intensamente las cosas y sintiéndolas así (y, peor aún, en soledad, en un aislamiento individual sin esperanzas), ¿cómo podían ser estables?

-Claro que no tienes necesidad de dejarle. Pero salga con algún otro de vez en cuando. Esto basta. P-1 va con otras muchachas, ¿no es verdad?

Lenina lo admitió.

-Claro que sí. Henry Foster es un perfecto caballero, siempre correcto. Además, tienes que pensar en el director. Ya sabes que es muy quisquilloso...,

Asintiendo con la cabeza, Lenina dijo:

-Esta tarde me ha dado una palmadita en el trasero.

-¿Lo ves? -Fanny se mostraba triunfal-. Esto te demuestra qué es lo que importa por encima de todo. El convencionalismo más estricto.

-Estabilidad -dijo el Interventor-, estabilidad. No cabe civilización alguna sin estabilidad social. Y no hay estabilidad social sin estabilidad individual.

Su voz sonaba como una trompeta. Escuchándole, los estudiantes se sentían más grandes, más ardientes.

La máquina gira, gira, y debe seguir girando, siempre. Si se para, es la muerte. Un millar de millones se arrastraban por la corteza terrestre. Las ruedas empezaron a girar. En ciento cincuenta años llegaron a los dos mil millones. Párense todas las ruedas. Al cabo de ciento cincuenta semanas de nuevo hay sólo mil millones; miles y miles de hombres y mujeres han perecido de hambre.

Las ruedas deben girar continuamente, pero no al azar. Debe haber hombres que las vigilen, hombres tan seguros como las mismas ruedas en sus ejes, hombres cuerdos, obedientes, estables en su contentamiento.

Si gritan: Hijo mío, madre mía, mi único amor; si murmuran: Mi pecado, mi terrible Dios; si chillan de dolor, deliran de fiebre, sufren a causa de la vejez y la pobreza... ¿cómo pueden cuidar de las ruedas? Y si no pueden cuidar de las ruedas... Sería muy difícil enterrar o quemar los cadáveres de millares y millares y millares de hombres y mujeres.

-Y al fin y al cabo -el tono de voz de Fanny era un arrullo-, no veo que haya nada doloroso o desagradable en el hecho de tener a uno o dos hombres además de Henry. Teniendo en cuenta todo esto, deberías ser un poco más promiscua...

-Estabilidad -insistió el Interventor-, estabilidad. La necesidad primaria y última. Estabilidad. De ahí todo esto.

Con un movimiento de la mano señaló los jardines, el enorme edificio del Centro de Condicionamiento, los niños desnudos semiocultos en la espesura o corriendo por los prados.

Lenina movió negativamente la cabeza.

-No sé por qué -musitó- últimamente no me he sentido muy bien dispuesta a la promiscuidad. Hay momentos en que una no debe. ¿Nunca lo has sentido así, Fanny? Fanny asintió con simpatía y comprensión.

-Pero es preciso hacer un esfuerzo -dijo sentenciosamente-, es preciso tomar parte en el juego. Al fin y al cabo, todo el mundo pertenece a todo el mundo.

-Sí, todo el mundo pertenece a todo el mundo -repitió Lenina lentamente; y, suspirando, guardó silencio un momento; después, cogiendo la mano de Fanny, se la estrechó ligeramente-. Tienes toda la razón, Fanny. Como siempre. Haré ese esfuerzo.

Los impulsos coartados se derraman, y el derrame es sentimiento, el derrame es pasión, el derrame es incluso locura; ello depende de la fuerza de la corriente. y de la altura y la resistencia del dique. La corriente que no es detenida por ningún obstáculo fluye suavemente, bajando por los canales predestinados hasta producir un bienestar tranquilo.

El embrión está hambriento; día tras día, la bomba de sucedáneo de la sangre gira a ochocientas revoluciones por minuto. El niño decantado llora; inmediatamente aparece una enfermera con un frasco de secreción externa. Los sentimientos proliferan en el intervalo de tiempo entre el deseo y su consumación. Abreviad este intervalo, derribad esos viejos diques innecesarios.

-¡Afortunados muchachos! -dijo el Interventor-. No se ahorraron esfuerzos para hacer que sus vidas fuesen emocionalmente fáciles, para preservarles, en la medida de lo posible, de toda emoción.

-¡Ford está en su viejo carromato! -murmuró el D.I.C.-. Todo marcha bien en el mundo.

-¿Lenina Crowne? -dijo Henry Foster, repitiendo la pregunta del Predestinador Ayudante mientras cerraba la cremallera de sus pantalones-. Es una muchacha estupenda. Maravillosamente neumática. Me sorprende que no la hayas tenido.

-La verdad es que no comprendo cómo pudo ser -dijo el Predestinador Ayudante-. Pero lo haré. En la primera ocasión.

Desde su lugar, en el extremo opuesto de la nave del vestuario, Bernard Marx oyó lo que decían y palideció.

-Si quieres que te diga la verdad -dijo Lenina-, lo cierto es que empiezo a aburrirme un poco a fuerza de no tener más que a Henry día tras día. -Se puso la media de la pierna izquierda-. ¿Conoces a Bernard Marx? -preguntó en un tono cuya excesiva indiferencia era evidentemente forzada.

Fanny pareció sobresaltada.

-No me digas que... -¿Por qué no? Bernard es un Alfa-Más.

Además, me pidió que fuera a una de las Reservas para Salvajes con él. Siempre he deseado ver una Reserva para Salvajes.

-Pero ¿y su mala fama? -¿Qué me importa su reputación? -Dicen que no le gusta el Golf de Obstáculos.

-Dicen, dicen... -se burló Lenina. -Además, se pasa casi todo el tiempo solo, solo.

En la voz de Fanny sonaba una nota de horror. -Bueno, en todo caso no estará tan solo cuando esté conmigo. No sé por qué todo el mundo lo trata tan mal. Yo lo encuentro muy agradable.

Sonrió para sí; ¡cuán absurdamente tímido se había mostrado Bernard! Asustado casi, como si ella fuese un Interventor Mundial y él un mecánico Gamma-Menos.

-Consideren sus propios gustos -dijo Mustafá Mond-. ¿Ha encontrado jamás alguno de ustedes un obstáculo insalvable?

La pregunta fue contestada con un silencio negativo.

-¿Alguno de ustedes se ha visto jamás obligado a esperar largo tiempo entre la conciencia de un deseo y su satisfacción?

-Bueno... -empezó uno de los muchachos; y vaciló.

-Hable -dijo el D.I.C.-. No haga esperar a Su Fordería.

-Una vez tuve que esperar casi cuatro semanas antes de que la muchacha que yo deseaba me permitiera ir con ella.

-¿Y sintió usted una fuerte emoción?

-¡Horrible!

-Horrible; exactamente -dijo el Interventor-. Nuestros antepasados eran tan estúpidos y cortos de miras que cuando aparecieron los primeros reformadores y ofrecieron librarles de estas horribles emociones, no quisieron ni escucharles.

-Hablan de ella como si fuese un trozo de carne. -Bernard rechinó los dientes-. La he probado, no la he probado. Como un cordero. La rebajan a la categoría de cordero, ni más ni menos. Ella dijo que lo pensaría y que me contestaría esta semana. ¡Oh, Ford, Ford, Ford!

Sentía deseos de acercarse a ellos y pegarles en la cara, duro, fuerte, una y otra vez.

-De veras, te aconsejo que la pruebes -decía Henry Foster.

-¡Es tan feo! -dijo Fanny.

-Pues a mí me gusta su aspecto. -¡Y tan bajo!

Fanny hizo una mueca; la poca estatura era típica de las castas bajas.

-Yo lo encuentro muy simpático -dijo Lenina-. Me hace sentir deseos de mimarlo. ¿Entiendes? Como a un gato.

Fanny estaba sorprendida y disgustada.

-Dicen que alguien cometió un error cuando todavía estaba envasado; creyó que era un Gamma y puso alcohol en su ración de sucedáneo de la sangre. Por esto es tan canijo.

-¡Qué tontería!

Lenina estaba indignada.

-La enseñanza mediante el sueño estuvo prohibida en Inglaterra. Había allá algo que se llamaba Liberalismo. El Parlamento, suponiendo que ustedes sepan lo que era, aprobó una ley que la prohibía. Se conservan los archivos. Hubo discursos sobre la libertad, a propósito de ello. Libertad para ser consciente y desgraciado. Libertad para ser una clavija redonda en un agujero cuadrado.

-Pero, mi querido amigo, con mucho gusto, te lo aseguro. Con mucho gusto. –Henry Foster dio unas palmadas al hombro del Predestinador Ayudante-. Al fin y al cabo, todo el mundo pertenece a todo el mundo.

Cien repeticiones tres noches por semana, durante cuatro años -pensó Bernard Marx, que era especialista en hipnopedia-. Sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones crean una verdad. ¡Idiotas!

-O el sistema de Castas. Constantemente propuesto, constantemente rechazado. Existía entonces la llamada democracia. Como si los hombres fuesen iguales no sólo fisicoquímicamente.

-Bueno, lo único que puedo decir es que aceptaré su invitación.

Bernard los odiaba, los odiaba. Pero eran dos, y eran altos y fuertes.

-La Guerra de los Nueve Años empezó en el año 141 d. F.

-Aunque fuese verdad lo de que le pusieron alcohol en el sucedáneo de la sangre.

-Cosa que, simplemente, no puedo creer -concluyó Lenina.

-El estruendo de catorce mil aviones avanzando en formación abierta. Pero en la Kurfurstendamm y en el Huitiéme Arrondissement, la explosión de las bombas de ántrax apenas produce más ruido que el de una bolsa de papel al estallar,

-Porque quiero ver una Reserva de Salvajes.

-CH C H (NO)2 + Hg (CNO2) ¿a qué? Un enorme agujero en el suelo, un montón de ruinas, algunos trozos de carne y de mucus, un pie, con la bota puesta todavía, que vuela por los aires y aterriza, ¡plas!, entre los geranios, los geranios rojos... ¡Qué espléndida floración, aquel verano!

-No tienes remedio, Lenina; te dejo por lo que eres.

-La técnica rusa para infectar las aguas era particularmente ingeniosa.

De espaldas, Fanny y Lenina siguieron vistiéndose en silencio.

-La Guerra de los Nueve Años, el gran Colapso Económico. Había que elegir entre Dominio Mundial o destrucción. Entre estabilidad y...

-Fanny Crowne también es una chica estupenda -dijo el Predestinador Ayudante.

En las Guarderías, la lección de Conciencia de Clase Elemental había terminado, y ahora las voces se encargaban de crear futura demanda para la futura producción industrial. Me gusta volar -murmuraban-, me gusta volar, me gusta tener vestidos nuevos, me gusta...

-El liberalismo, desde luego, murió de ántrax.

Pero las cosas no pueden hacerse por la fuerza.

-No tan neumática como Lenina. Ni mucho menos.

-Pero los vestidos viejos son feísimos -seguía diciendo el incansable murmullo-. Nosotros siempre tiramos los vestidos viejos. Tirarlos es mejor que remendarlos, tirarlos es mejor que remendarlos, tirarlos es mejor...

-Gobernar es legislar, no pegar. Se gobierna con el cerebro y las nalgas, nunca con los puños. Por ejemplo, había la obligación de consumir, el consumo obligatorio...

-Bueno, ya estoy -dijo Lenina; pero Fanny seguía muda y dándole la espalda-. Hagamos las paces-, querida Fanny.

-Todos los hombres, las mujeres y los niños eran obligados a consumir un tanto al año. En beneficio de la industria. El único resultado...

-Tirarlos es mejor que remendarlos. A más remiendos, menos dinero; a más remiendos, menos dinero; a más remiendos ...

-Cualquier día -dijo Fanny, con énfasis dolorido- vas a meterte en un lío.

-La oposición consciente en gran escala. Cualquier cosa con tal de no consumir. Retorno a la Naturaleza.

-Me gusta volar, me gusta volar.

-¿Estoy bien? -preguntó Lenina.

Llevaba una chaqueta de tela de acetato verde botella, con puños y cuello de viscosa verde.

-Ochocientos partidarios de la Vida Sencilla fueron liquidados por las ametralladoras en Golders Green.

-Tirarlos es mejor que remendarlos, tirarlos es mejor que remendarlos.

-Luego se produjo la matanza del Museo Británico. Dos mil fanáticos de la cultura gaseados con sulfuro de dicloretil.

Un gorrito de jockey verde y blanco sombreaba los ojos de Lenina; sus zapatos eran de un brillante color verde, y muy lustrosos.

-Al fin -dijo Mustafá Mond-, los Interventores comprendieron que el uso de la fuerza era inútil. Los métodos más lentos, pero infinitamente más seguros, de la Ectogenesia, el condicionamiento neo-Pavloviano y la hipnopedia...

Y alrededor de la cintura, Lenina llevaba una cartuchera de sucedáneos de cuero verde, montada en plata, completamente llena (puesto que Lenina no era hermafrodita) de productos anticoncepcionales reglamentarios.

-Al fin se emplearon los descubrimientos de Pfitzner y Kawaguchi. Una propaganda intensiva contra la reproducción vivípara...

- ¡Perfecta...! -gritó Fanny, entusiasmada. Nunca podía resistirse mucho rato al hechizo de Lenina-. ¡Qué cinturón Maltusiano tan mono!

-Coordinaba con una campaña contra el Pasado; con el cierre de los museos, la voladura de los monumentos históricos (afortunadamente la mayoría de ellos ya habían sido destruidos durante la Guerra de los Nueve años); con la supresión de todos los libros publicados antes del año 150 d. F....

-No cesaré hasta conseguir uno igual -dijo Fanny.

-Había una cosa que llamaban pirámides, por ejemplo.

-Mi vieja bandolera de charol...

-Y un tipo llamado Shakespeare. Claro que ustedes no han oído hablar jamás de estas cosas.

-Es una auténtica desgracia, mi bandolera.

-Éstas son las ventajas de una educación realmente científica.

-A más remiendos, menos dinero; a más remiendos, menos...

-La introducción del primer modelo T de Nuestro Ford...

-Hace ya cerca de tres meses que lo llevo...

-...fue elegida como fecha de iniciación de la nueva Era.

-Tirarlos es mejor que remendarlos; tirarlos es mejor...

-Había una cosa, como dije antes, llamada Cristianismo.

-Tirarlos es mejor que remendarlos.

-La moral y la filosofía del subconsumo...

-Me gustan los vestidos nuevos, me gustan los vestidos nuevos, me gustan...

-Tan esenciales cuando había subproducción; pero en una época de máquinas y de la fijación del nitrógeno, eran un auténtico crimen contra la sociedad.

-Me lo regaló Henry Foster.

-Se cortó el remate a todas las cruces y quedaron convertidas en T. Había también una cosa llamada Díos.

-Es verdadera imitación de tafilete.

-Ahora tenemos el Estado Mundial. Y las fiestas del Día de Ford, y los Cantos de la Comunidad, y los Servicios de Solidaridad.

¡Ford, cómo los odio!, pensaba Bernard Marx.

-Había otra cosa llamada Cielo; sin embargo, solían beber enormes cantidades de alcohol.

Como carne; exactamente lo mismo que si fuera carne.

-Habla una cosa llamada alma y otra llamada inmortalidad.

-Pregúntale a Henry dónde lo consiguió.

-Pero solían tomar morfina y cocaína.

Y lo peor del caso es que, ella es la primera en considerarse como simple carne.

-En el año 178 d.F., se subvencionó a dos mil farmacólogos y bioquímicos...

-Parece malhumorado -dijo el Predestinador Ayudante, señalando a Bernard Marx.

-Seis años después se producía ya comercialmente la droga perfecta.

-Vamos a tirarle de la lengua.

-Eufórica, narcótica, agradablemente alucinante.

-Estás melancólico, Marx. -La palmada en la espalda lo sobresaltó. Levantó los ojos. Era aquel bruto de Henry Foster-. Necesitas un gramo de soma.

-Todas las ventajas del cristianismo y del alcohol; y ninguno de sus inconvenientes.

¡Ford, me gustaría matarle! Pero no hizo más que decir: No, gracias, al tiempo que rechazaba el tubo de tabletas que le ofrecía.

-Uno puede tomarse unas vacaciones de la realidad siempre que se le antoje, y volver de las mismas sin siquiera un dolor de cabeza o una mitología.

-Tómalo -insistió Henry Foster-, tómalo.

-La estabilidad quedó prácticamente asegurada.

-Un solo centímetro cúbico cura diez sentimientos melancólicos -dijo el Presidente Ayudante, citando una frase de sabiduría hipnopédica.

-Sólo faltaba conquistar la vejez. -¡Al cuerno! -gritó Bernard Marx. -¡Qué picajoso!

-Hormonas gonadales, transfusión de sangre joven, sales de magnesio...

-Y recuerda que un gramo es mejor que un taco.

Y los dos salieron, riendo.

-Todos los estigmas fisiológicos de la vejez han sido abolidos. Y con ellos, naturalmente ...

-No se te olvide preguntarle lo del cinturón Maltusiano -dijo Fanny.

-... Y con ellos, naturalmente, todas las peculiaridades mentales del anciano. Los caracteres permanecen constantes a través de toda la vida.

-...dos vueltas de Golf de Obstáculos que terminar antes de que oscurezca. Tengo que darme prisa.

-Trabajo, juegos... A los sesenta años nuestras fuerzas son exactamente las mismas que a los diecisiete. En la Antigüedad, los viejos solían renunciar, retirarse, entregarse a la religión, pasarse el tiempo leyendo, pensando... ¡Pensando!

¡Idiotas, cerdos!, se decía Bernard Marx, mientras avanzaba por el pasillo en dirección al ascensor.

-En la actualidad el progreso es tal que los ancianos trabajan, los ancianos cooperan, los ancianos no tienen tiempo ni ocios que no puedan llenar con el placer, ni un solo momento para sentarse y pensar; y si por desgracia se abriera alguna rendija de tiempo en la sólida sustancia de sus distracciones, siempre queda el soma, el delicioso soma, medio gramo para una tarde de asueto, un gramo para un fin de semana, dos gramos para un viaje al bello Oriente, tres para una oscura eternidad en la luna; y vuelven cuando se sienten ya al otro lado de la grieta, a salvo en la tierra firme del trabajo y la distracción cotidianos, pasando de sensorama a sensorama, de muchacha a muchacha neumática, de Campo de Golf Electromagnético a...

-¡Fuera, chiquilla! -gritó el D.I.C., enojado-. ¡Fuera, peque! ¿No veis que el Interventor está atareado? ¡Id a hacer vuestros juegos eróticos a otra parte!

-¡Pobres chiquillos! -dijo el Interventor.

Lenta, majestuosamente, con un débil zumbido de maquinaria, los trenes seguían avanzando, a razón de trescientos treinta y tres milímetros por hora. En la rojiza oscuridad centelleaban innumerables rubíes.

transcrito por Alejandro

lunes, 23 de noviembre de 2009

UN MUNDO FELIZ (Aldous Huxley) -3 -

CAPITULO II
Mr. Foster se quedó en la Sala de Decantación. El D.I.C. y sus alumnos entraron en el ascensor más próximo, que los condujo a la quinta planta.

Guardería infantil. Sala de Condicionamiento Neo-Pavloviano, anunciaba el rótulo de la entrada.

El director abrió una puerta. Entraron en una vasta estancia vacía, muy brillante y soleada, porque toda la pared orientada hacia el Sur era un cristal de parte a parte. Media docena de enfermeras, con pantalones y chaqueta de uniforme, de viscosilla blanca, los cabellos asépticamente ocultos bajo cofias blancas, se hallaban atareadas disponiendo jarrones con rosas en una larga hilera, en el suelo. Grandes jarrones llenos de flores. Millares de pétalos, suaves y sedosos como las mejillas de innumerables querubes, pero de querubes, bajo aquella luz brillante, no exclusivamente rosados y arios, sino también luminosamente chinos y también mejicanos y hasta apopléticos a fuerza de soplar en celestiales trompetas, o pálidos como la muerte, pálidos con la blancura póstuma del mármol.

Cuando el D.I.C. entró, las enfermeras se cuadraron rígidamente.

-Coloquen los libros -ordenó el director.

En silencio, las enfermeras obedecieron la orden. Entre los jarrones de rosas, los libros fueron debidamente dispuestos: una hilera de libros infantiles se abrieron invitadoramente mostrando alguna imagen alegremente coloreada de animales, peces o pájaros.

-Y ahora traigan a los niños.

Las enfermeras se apresuraron a salir de la sala y volvieron al cabo de uno o dos minutos; cada una de ellas empujaba una especie de carrito de té muy alto, con cuatro estantes de tela metálica, en cada uno de los cuales había un crío de ocho meses. Todos eran exactamente iguales (un grupo Bokanovsky, evidentemente) y todos vestían de color caqui, porque pertenecían a la casta Delta.

-Pónganlos en el suelo.

Los carritos fueron descargados.

-Y ahora sitúenlos de modo que puedan ver las flores y los libros.

Los chiquillos inmediatamente guardaron silencio, y empezaron a arrastrarse hacia aquellas masas de colores vivos, aquellas formas alegres y brillantes que aparecían en las páginas blancas. Cuando ya se acercaban, el sol palideció un momento, eclipsándose tras una nube. Las rosas llamearon, como a impulsos de una pasión interior; un nuevo y profundo significado pareció brotar de las brillantes páginas de los libros. De las filas de críos que gateaban llegaron pequeños chillidos de excitación, gorjeos y ronroneos de placer.

El director se frotó las manos.

-¡Estupendo! -exclamó-. Ni hecho a propósito.

Los más rápidos ya habían alcanzado su meta. Sus manecitas se tendían, inseguras, palpaban, agarraban, deshojaban las rosas transfiguradas, arrugaban las páginas iluminadas de los libros. El director esperó verles a todos alegremente atareados.

Entonces dijo:

-Fíjense bien.

La enfermera jefe, que estaba de pie junto a un cuadro de mandos, al otro extremo de la sala, bajó una pequeña palanca. Se produjo una violenta explosión. Cada vez más aguda, empezó a sonar una sirena. Timbres de alarma se dispararon, locamente.

Los chiquillos se sobresaltaron y rompieron en chillidos; sus rostros aparecían convulsos de terror.

-Y ahora -gritó el director (porque el estruendo era ensordecedor)-, ahora pasaremos a reforzar la lección con un pequeño shock eléctrico.

Volvió a hacer una señal con la mano, y la enfermera jefe pulsó otra palanca. Los chillidos de los pequeños cambiaron súbitamente de tono. Había algo desesperado, algo casi demencial, en los gritos agudos, espasmódicos, que brotaban de sus labios. Sus cuerpecitos se retorcían y cobraban rigidez; sus miembros se agitaban bruscamente, como obedeciendo a los tirones de alambres invisibles.

-Podemos electrificar toda esta zona del suelo -gritó el director, como explicación-. Pero ya basta.

E hizo otra señal a la enfermera.

Las explosiones cesaron, los timbres enmudecieron, y el chillido de la sirena fue bajando de tono hasta reducirse al silencio. Los cuerpecillos rígidos y retorcidos se relajaron, y lo que había sido el sollozo y el aullido de unos niños desatinados volvió a convertirse en el llanto normal del terror ordinario.

-Vuelvan a ofrecerles las flores y los libros.

Las enfermeras obedecieron; pero ante la proximidad de las rosas, a la sola vista de las alegres y coloreadas imágenes de los gatitos, los gallos y las ovejas, los niños se apartaron con horror, y el volumen de su llanto aumentó súbitamente.

-Observen -dijo el director, en tono triunfal-. Observen.

Los libros y ruidos fuertes, flores y descargas eléctricas; en la mente de aquellos niños ambas cosas se hallaban ya fuertemente relacionadas entre sí; y al cabo de doscientas repeticiones de la misma o parecida lección formarían ya una unión indisoluble. Lo que el hombre ha unido, la Naturaleza no puede separarlo.

-Crecerán con lo que los psicólogos solían llamar un odio instintivo hacia los libros y las flores. Reflejos condicionados definitivamente. Estarán a salvo de los libros y de la botánica para toda su vida. -El director se volvió hacia las enfermeras-. Llévenselos.

Llorando todavía, los niños vestidos de caqui fueron cargados de nuevo en los carritos y retirados de la sala, dejando tras de sí un olor a leche agria y un agradable silencio.

Uno de los estudiantes levantó la mano; aunque comprendía perfectamente que no podía permitirse que los miembros de una casta baja perdieran el tiempo de la comunidad en libros, y que siempre existía el riesgo de que leyeran algo que pudiera, por desdicha, destruir uno de sus reflejos condicionados, sin embargo.... bueno, no podía comprender lo de las flores. ¿Por qué tomarse la molestia de hacer psicológicamente imposible para los Deltas el amor a las flores?

Pacientemente, el D.I.C. se explicó. Si se inducía a los niños a chillar a la vista de una rosa, ello obedecía a una alta política económica. No mucho tiempo atrás (aproximadamente un siglo), los Gammas, los Deltas y hasta los Epsilones habían sido condicionados de modo que les gustaran las flores; las flores en particular, y la naturaleza salvaje en general. El propósito, entonces, estribaba en inducirles a salir al campo en toda oportunidad, con el fin de que consumieran transporte.

-¿Y no consumían transporte? -preguntó el estudiante.

-Mucho -contestó el D.I.C-. Pero sólo transporte.

Las prímulas y los paisajes, explicó, tienen un grave defecto: son gratuitos. El amor a la Naturaleza no da quehacer a las fábricas. Se decidió abolir el amor a la Naturaleza, al menos entre las castas más bajas; abolir el amor a la Naturaleza, pero no la tendencia a consumir transporte. Porque, desde luego, era esencial, que siguieran deseando ir al campo, aunque lo odiaran. El problema residía en hallar una razón económica más poderosa para consumir transporte que la mera afición a las prímulas y los paisajes. Y lo encontraron.

-Condicionamos a las masas de modo que odien el campo -concluyó el director-. Pero simultáneamente las condicionamos para que adoren los deportes campestres. Al mismo tiempo, velamos para que todos los deportes al aire libre entrañen el uso de aparatos complicados. Así, además de transporte, consumen artículos manufacturados. De ahí estas descargas eléctricas.

-Comprendo -dijo el estudiante.

Y presa de admiración, guardó silencio.

El silencio se prolongó; después, aclarándose la garganta, el director empezó: -Tiempo ha, cuando Nuestro Ford estaba todavía en la Tierra, hubo un chiquillo que se llamaba Reuben Rabinovich. Reuben era hijo de padres de habla polaca. Usted sabe lo que es el polaco, desde luego.

-Una lengua muerta.

-Como el francés y el alemán -agregó otro estudiante, exhibiendo oficiosamente sus conocimientos.

-¿Y padre? -preguntó el D.I.C.

Se produjo un silencio incómodo. Algunos muchachos se sonrojaron. Todavía no habían aprendido a identificar la significativa pero a menudo muy sutil distinción entre obscenidad y ciencia pura. Uno de ellos, al fin, logró reunir valor suficiente para levantar la mano.

-Los seres humanos antes eran... -vaciló; la sangre se le subió a las mejillas-. Bueno, eran vivíparos.

-Muy bien -dijo el director, en tono de aprobación.

-Y cuando los niños eran decantados... -Cuando nacían -surgió la enmienda. -Bueno, pues entonces eran los padres... Quiero decir, no los niños, desde luego, sino los otros.

El pobre muchacho estaba abochornado y confuso.

-En suma -resumió el director-, Los padres eran el padre y la madre. -La obscenidad, que era auténtica ciencia, cayó como una bomba en el silencio de los muchachos, que desviaban las miradas-. Madre -repitió el director en voz alta, para hacerles entrar la ciencia; y, arrellanándose en su asiento, dijo gravemente-. Estos hechos son desagradables, lo sé. Pero la mayoría de los hechos históricos son desagradables.

Luego volvió al pequeño Reuben, al pequeño Reuben, en cuya habitación, una noche, por descuido, su padre y su madre (¡lagarto, lagarto!) se dejaron la radio en marcha. (Porque deben ustedes recordar que en aquellos tiempos de burda reproducción vivípara, los niños eran criados siempre con sus padres y no en los Centros de Condicionamiento del Estado.)

Mientras el chiquillo dormía, de pronto la radio empezó a dar un programa desde Londres y a la mañana siguiente, con gran asombro de sus lagarto y lagarto (los muchachos más atrevidos osaron sonreírse mutuamente), el pequeño Reuben se despertó repitiendo palabra por palabra una larga conferencia pronunciada por aquel curioso escritor antiguo (uno de los poquísimos cuyas obras se ha permitido que lleguen hasta nosotros), George Bernard Shaw, quien hablaba, de acuerdo con la probada tradición de entonces, de su propio genio.

Para los... (guiño y risita) del pequeño Reuben, esta conferencia era, desde luego, perfectamente incomprensible, y, sospechando que su hijo se había vuelto loco de repente, enviaron a buscar a un médico. Afortunadamente, éste entendía el inglés, reconoció el discurso que Shaw había radiado la víspera, comprendió el significado de lo ocurrido y envió una comunicación a las publicaciones médicas acerca de ello.

-El principio de la enseñanza durante el sueño, o hipnopedia, había sido descubierto.

El D.I.C. hizo una pausa efectista.

El principio había sido descubierto; pero habían de pasar años, muchos años, antes de que tal principio fuese aplicado con utilidad.

-El caso del pequeño Reuben ocurrió sólo veintitrés años después de que Nuestro Ford lanzara al mercado su primer Modelo T. -Al decir estas palabras, el director hizo la señal de la T sobre su estómago, y todos los estudiantes le imitaron reverentemente.

Furiosamente, los estudiantes garrapateaban: Hipnopedia, empleada por primera vez oficialmente en 214 d. F. ¿Por qué no antes? Dos razones. (a) ...

-Estos primeros experimentos -les decía el D.I.C.- seguían una pista falsa. Los investigadores creían que la hipnopedia podía convertirse en un instrumento de educación intelectual.

Un niño duerme sobre su costado derecho, con el brazo derecho estirado, la mano derecha colgando fuera de la cama. A través de un orificio enrejado, redondo, practicado en el lado de una caja, una voz habla suavemente:

El Nilo es el río más largo de África y el segundo en longitud de todos los ríos del Globo. Aunque es poco menos largo que el Mississippi Missouri, el Nilo es el más importante de todos los ríos del mundo en cuanto a la anchura de su cuenca, que se extiende a través de 35 grados de latitud ...

A la mañana siguiente, alguien dice:

-Tommy, ¿sabes cuál es el río más largo de África?

El chiquillo niega con la cabeza.

-Pero, ¿no recuerdas algo que empieza: EI Nilo es el...?

-El-Nilo-es-el-río-más-largo-de-África-y-el-segundo-en-longitud-de-todos-los-ríos-del- Globo... -Las palabras brotan caudalosamente de sus labios-. Aunque-es-poco-menos-largo-que...

-Bueno, entonces, ¿cuál es el río más largo de África?

Los ojos aparecen vacíos de expresión. -No lo sé.

-Pues el Nilo, Tommy.

-¿Cuál es el río más largo del mundo, Tommy?

Tommy rompe a llorar. -No lo sé -solloza.

Este llanto, según explicó el director, desanimó a los primeros investigadores. Los experimentos fueron abandonados. No se volvió a intentar enseñar a los niños, durante el sueño, la longitud del Nilo. Muy acertadamente. No se puede aprender una ciencia a menos que uno sepa de qué trata.

-Por el contrario, debían haber empezado por la educación moral -dijo el director, abriendo la marcha hacia la puerta. Los estudiantes le siguieron, garrapateando desesperadamente mientras caminaban hasta llegar al ascensor-. La educación moral, que nunca, en ningún caso, debe ser racional.

-Silencio, silencio -susurró un altavoz, cuando salieron del ascensor, en la decimocuarta planta, y Silencio, silencio repetían incansables los altavoces, situados a intervalos en todos los pasillos. Los estudiantes y hasta el propio director empezaron a caminar automáticamente sobre las puntas de los pies. Sí, ellos eran Alfas, desde luego; pero también los Alfas han sido condicionados. Silencio, silencio. El aire todo de la planta decimocuarta vibraba con aquel imperativo categórico.

Unos cincuenta metros recorridos de puntillas los llevaron ante una puerta que el director abrió cautelosamente. Cruzando el umbral, penetraron en la penumbra de un dormitorio cerrado. Ochenta camastros se alineaban junto a la pared. Se oía una respiración regular y ligera, y un murmullo continuo, como de voces muy débiles que susurraran a lo lejos.

En cuanto entraron, una enfermera se levantó y se cuadró ante el director.

- ¿Cuál es la lección de esta tarde? -preguntó éste.

- Durante los primeros cuarenta minutos tuvimos Sexo Elemental -contestó la enfermera-. Pero ahora hemos pasado a Conciencia de Clase Elemental.

El director paseó lentamente a lo largo de la larga hilera de literas. Sonrosados y relajados por el sueño, ochenta niños y niñas yacían, respirando suavemente. Debajo de cada almohada se oía un susurro. El D.I.C. se detuvo, e inclinándose sobre una de las camitas, escuchó atentamente.

-¿Conciencia de Clase Elemental? -dijo el director-. Vamos a hacerlo repetir por el altavoz.

Al extremo de la sala un altavoz sobresalía de la pared. El director se acercó al mismo y pulsó un interruptor.

... todos visten de color verde -dijo una voz suave pero muy clara, empezando en mitad de una frase-, y los niños Delta visten todos de caqui. ¡Oh, no, yo no quiero jugar con niños Delta! Y los Epsilones todavía son peores. Son demasiado tontos para poder leer o escribir. Además, visten de negro, que es un color asqueroso. Me alegro mucho de ser un Beta.

Se produjo una pausa; después la voz continuó: Los niños Alfa visten de color gris. Trabajan mucho más duramente que nosotros, porque son terriblemente inteligentes. De verdad, me alegro muchísimo de ser Beta, porque no trabajo tanto. Y, además, nosotros somos mucho mejores que los Gammas y los Deltas. Los Gammas son tontos. Todos visten de color verde, y los niños Delta visten todos de caqui. ¡Oh, no, yo no quiero jugar con niños Delta! Y los Epsilones todavía son peores. Son demasiado tontos para ...

El director volvió a cerrar el interruptor. La voz enmudeció. Sólo su desvaído fantasma siguió susurrando desde debajo de las ochenta almohadas.

-Todavía se lo repetirán cuarenta o cincuenta veces antes de que despierten, y lo mismo en la sesión del jueves, y otra vez el sábado. Ciento veinte veces, tres veces por semana, durante treinta meses. Después de lo cual pueden pasar a una lección más adelantada.

Rosas y descargas eléctricas, el caqui de los Deltas y una vaharada de asafétida, indisolublemente relacionados entre sí antes de que el niño sepa hablar. Pero el condicionamiento sin palabras es algo tosco y burdo; no puede hacer distinciones más sutiles, no puede inculcar las formas de comportamiento más complejas. Para esto se precisan las palabras, pero palabras sin razonamiento. En suma, la hipnopedia.

-La mayor fuerza socializadora y moralizadora de todos los tiempos.

Los estudiantes lo anotaron en sus pequeños blocs. Directamente de labios de la ciencia personificada.

El director volvió a accionar el interruptor. ... terriblemente inteligentes -estaba diciendo la voz suave, insinuante e incansable-. De verdad, me alegro muchísimo de ser Beta, porque... No precisamente como gotas de agua, a pesar de que el agua, es verdad, puede agujerear el más duro granito; más bien como gotas de lacre fundido, gotas que se adhieren, que se incrustan, que se incorporan a aquello encima de lo cual caen, hasta que, finalmente, la roca se convierte en un solo bloque escarlata.

-Hasta que, al fin, la mente del niño se transforma en esas sugestiones, y la suma de estas sugestiones es la mente del niño. Y no sólo la mente del niño, sino también la del adulto, a lo largo de toda su vida. La mente que juzga, que desea, que decide... formada por estas sugestiones. iY estas sugestiones son nuestras sugestiones! -casi gritó el director, exaltado-. ¡Sugestiones del Estado! -Descargó un puñetazo encima de una mesa-. De ahí se sigue que...

Un rumor lo indujo a volverse.

-¡Oh, Ford! -exclamó, en, otro tono-. He despertado a los niños.

transcrito por Alejandro