domingo, 24 de enero de 2010

UN MUNDO FELIZ (Aldous Huxley) - 12 -

CAPITULO XI
Después de la escena que había tenido lugar en la Sala de Fecundación, todos los londinenses de castas superiores se morían por aquella deliciosa criatura que había caído de rodillas ante el director de Incubación y Condicionamiento -o, mejor dicho, ante el ex-director, porque el pobre hombre había dimitido inmediatamente y no había vuelto a poner los pies en el Centro- y le había llamado (¡el chiste era casi demasiado bueno para ser cierto!) padre.

Linda, por el contrario, no tenía el menor éxito; nadie tenía el menor deseo de ver a Linda. Decir que una era madre era algo peor que un chiste: era una obscenidad. Además, Linda no era una salvaje auténtica; había sido incubada en un frasco y condicionada como todo el mundo, de modo que no podía tener ideas completamente extravagantes. Finalmente -y ésta era la razón más poderosa por la cual la gente no deseaba ver a la pobre Linda-, había la cuestión de su aspecto. Era gorda; había perdido su juventud; tenía los dientes estropeados y el rostro abotagado. ¡Y aquel rostro! ¡Oh, Ford! No se la podía mirar sin sentir mareos, auténticos mareos. Por eso las personas distinguidas estaban completamente decididas a no ver a Linda. Y Linda, por su parte, no tenía el menor deseo de verlas. El retorno a la civilización fue, para ella, el retorno al soma, la posibilidad de yacer en cama y tomarse vacaciones tras vacaciones, sin tener que volver de ellas con jaqueca o vómitos, sin tener que sentirse como se sentía siempre después de tomar peyotl, como si hubiese hecho algo tan vergonzosamente antisocial que nunca más había de poder llevar ya la cabeza alta.

El soma no gastaba tales jugarretas. Las vacaciones que proporcionaba eran perfectas, y si la mañana siguiente resultaba desagradable, sólo era por comparación con el gozo de la víspera. La solución era fácil: perpetuar aquellas vacaciones. Glotonamente, Linda exigía cada vez dosis más elevadas y más frecuentes.

Al principio, el doctor Shaw ponía objeciones; después le concedió todo el soma que quisiera. Linda llegaba a tomar hasta veinte gramos diarios.

-Lo cual acabará con ella en un mes o dos -confió el doctor a Bernard-. El día menos pensado el centro respiratorio se paralizará. Dejará de respirar. Morirá. Y no me parece mal. Si pudiéramos rejuvenecerla, la cosa sería distinta. Pero no podemos.

Cosa sorprendente, en opinión de todos (porque cuando estaba bajo la influencia del soma, Linda dejaba de ser un estorbo), John puso objeciones.

-Pero ¿no le acorta usted la vida dándole tanto soma?

-En cierto sentido, sí -reconoció el doctor Shaw-. Pero, según como lo mire, se la alargamos.

El joven lo miró sin comprenderle.

-El soma puede hacernos perder algunos años de vida temporal -explicó el doctor-. Pero piense en la duración inmensa, enorme, de la vida que nos concede fuera del tiempo. Cada una de vuestras vacaciones de soma es un poco lo que nuestros antepasados llamaban eternidad.

John empezaba a comprender.

-La eternidad estaba en nuestros labios y nuestros ojos -murmuró.

-¿Cómo?

-Nada.

-Desde luego -prosiguió el doctor Shaw-, no podemos permitir que la gente se nos marche a la eternidad a cada momento si tiene algún trabajo serio que hacer. Pero como Linda no tiene ningún trabajo serio...

-Sin embargo -insistió John-, no me parece justo.

El doctor se encogió de hombros.

-Bueno, si usted prefiere que esté chillando como una loca todo el tiempo...

Al fin, John se vio obligado a ceder. Linda consiguió el soma que deseaba. A partir de entonces permaneció en su cuartito de la planta treinta y siete de la casa de apartamentos de Bernard, en cama, con la radio y la televisión constantemente en marcha, el grifo de pachulí goteando, y las tabletas de soma al alcance de la mano; allá permaneció, y, sin embargo, no estaba allá, en absoluto; estaba siempre fuera, infinitamente lejos, de vacaciones; de vacaciones en algún otro mundo, donde la música de la radio era un laberinto de colores sonoros, un laberinto deslizante, palpitante, que conducía (a través de unos recodos inevitables, hermosos) a un centro brillante de convicción absoluta; un mundo en el cual las imágenes danzantes de la televisión eran los actores de un sensorama cantado, indescriptiblemente delicioso; donde el pachulí que goteaba era algo más que un perfume: era el sol, era un millón de saxofones, era Popé haciendo el amor, y mucho más aún, incomparablemente más, y sin fin...

-No, no podemos rejuvenecer. Pero me alegro mucho de haber tenido esta oportunidad de ver un caso de senilidad del ser humano -concluyó el doctor Shaw-. Gracias por haberme llamado.

Y estrechó calurosamente la mano de Bernard.

Por consiguiente, era John a quien todos buscaban. Y como a John sólo cabía verle a través de Bernard, su guardián oficial, Bernard se vio tratado por primera vez en su vida no sólo normalmente, sino como una persona de importancia sobresaliente.

Ya no se hablaba de alcohol en su sucedáneo de la sangre, ni se lanzaban pullas a propósito de su aspecto físico.

-Bernard me ha invitado a ir a ver al Salvaje el próximo miércoles -anunció Fanny triunfalmente.

-Lo celebro -dijo Lenína-. Y ahora, reconoce que estabas equivocada en cuanto a Bernard. ¿No lo encuentras simpatiquísimo?

Fanny asintió con la cabeza.

-Y debo confesar -agregó- que me llevé una sorpresa muy agradable.

El Envasador Jefe, el director de Predestinación, tres Delegados Auxiliares de Fecundación, el Profesor de Sensoramas del Colegio de Ingeniería Emocional, el Deán de la Cantoría Comunal de Westminster, el Supervisor de Bokanovskificación... La lista de personajes que frecuentaba a Bernard era interminable.

-Y la semana pasada fui con seis chicas -confió Bernard a Helmholtz Watson-. Una el lunes, dos el martes, otras dos el viernes y una el sábado. Y si hubiese tenido tiempo o ganas, había al menos una docena más de ellas que sólo estaban deseando...

Helmholtz escuchaba sus jactancias en un silencio tan sombrío y desaprobador, que Bernard se sintió ofendido.

-Me envidias -dijo.

Helmholtz denegó con la cabeza.

-No, pero estoy muy triste; esto es todo -contestó. Bernard se marchó irritado, y se dijo que no volvería a dirigir la palabra a Helmholtz.

Pasaron los días. El éxito se le subió a Bernard a la cabeza y le reconcilió casi completamente (como lo hubiese conseguido cualquier otro intoxicante) con un mundo que, hasta entonces, había juzgado poco satisfactorio. Desde el momento en que le reconocía a él como un ser importante, el orden de cosas era bueno. Pero, aun reconciliado con él por el éxito. Bernard se negaba a renunciar al privilegio de criticar este orden. Porque el hecho de ejercer la crítica aumentaba la sensación de su propia importancia, le hacía sentirse más grande. Además, creía de verdad que había cosas criticables. (Al mismo tiempo, gozaba de veras de su éxito y del hecho de poder conseguir todas las chicas que deseaba.) En presencia de quienes, con vistas al Salvaje, le hacían la corte, Bernard hacía una asquerosa exhibición de heterodoxia. Todos le escuchaban cortésmente. Pero, a sus espaldas, la gente movía la cabeza. Este joven acabará mal, decían, y formulaban esta profecía confiadamente porque se proponían poner todo de su parte para que se cumpliera. La próxima vez no encontrará otro Salvaje que lo salve por los pelos, decían. Pero, por el momento, había el primer Salvaje; valía la pena mostrarse corteses con Bernard.

-Más liviano que el aire -dijo Bernard, señalando hacia arriba.

Como una perla en el cielo, alto, muy alto por encima de ellos, el globo cautivo del Departamento Meteorológico brillaba, rosado, a la luz del sol.

... es preciso mostrar a dicho Salvaje la vida civilizada en todos sus aspectos, decían las instrucciones de Bernard.

En aquel momento le estaba enseñando una vista panorámica de la misma, desde la plataforma de la Torre de Charing-T. El Jefe de la Estación y el Meteorólogo Residente actuaban en calidad de guías. Pero Bernard llevaba casi todo el peso de la conversación. Embriagado, se comportaba exactamente igual que si hubiese sido, como mínimo, un Interventor Mundial en visita. Más liviano que el aire.

El Cohete Verde de Bombay cayó del cielo. Los pasajeros se apearon. Ocho mellizos dravídicos idénticos, vestidos de color caqui, asomaron por las ocho portillas de la cabina: los camareros.

-Mil doscientos cincuenta kilómetros por hora -dijo solemnemente el Jefe de la Estación-. ¿Qué le parece, Mr. Salvaje?

John lo encontró magnífico.

-Sin embargo -dijo- Ariel podía poner un cinturón a la tierra en cuarenta minutos.

El Salvaje -escribió Bernard en su informe a Mustafá Mond- muestra, sorprendentemente, escaso asombro o terror ante los inventos de la civilización. Ello se debe en parte, sin duda, al hecho de que había oído hablar de ellos a esa mujer llamada Linda, su m...

Mustafá frunció el ceño. ¿Creerá ese imbécil que soy demasiado ñoño para no poder ver escrita la palabra entera?

En parte porque su interés se halla concentrado en lo que él llama "el alma", que insiste en considerar como algo enteramente independiente del ambiente físico; por consiguiente, cuando intenté señalarle que ...

El Interventor se saltó las frases siguientes, y cuando se disponía a volver la hoja en busca de algo más interesante y concreto, sus miradas fueron atraídas por una serie de frases completamente extraordinarias.

... aunque debo reconocer -leyó- que estoy de acuerdo con el Salvaje en juzgar el infantilismo civilizado demasiado fácil o, como dice él, no lo bastante costoso; y quisiera aprovechar esta oportunidad para llamar la atención de Su Fordería hacia ...

La ira de Mustafá Mond cedió el paso casi inmediatamente al buen humor. La idea de que aquel individuo pretendiera solemnemente darle lecciones a él -a él- sobre el orden social, era realmente demasiado grotesca. El pobre tipo debía de haberse vuelto loco. Tengo que darle una buena lección, se dijo; después echó la cabeza hacia atrás y soltó una fuerte carcajada. Por el momento, en todo caso, la lección podía esperar.

Se trataba de una pequeña fábrica de alumbrado para helicópteros, filial de la Sociedad de Equipos Eléctricos. Les recibieron en la misma azotea (porque los efectos de la circular de recomendación del Interventor eran mágicos) el Jefe Técnico y el Director de Elementos Humanos bajaron a la fábrica.

-Cada proceso de fabricación -explicó el director de Elementos Humanos- es confiado, dentro de lo posible, a miembros de un mismo Grupo de Bokanovsky.

Y, en efecto, ochenta y tres Deltas braquicéfalos, negros y casi desprovistos de nariz, se hallaban trabajando en el estampado en frío. Los cincuenta y seis tornos y mandriles de cuatro brocas eran manejados por cincuenta y seis Gammas aguileños, color de jengibre. En la fundición trabajaban ciento siete Epsilones senegaleses especialmente condicionados para soportar el calor. Treinta y tres Deltas hembras, de cabeza alargada, rubias, de pelvis estrecha, y todas ellas de un metro sesenta y nueve centímetros de estatura, con diferencias máximas de veinte milímetros, cortaban tornillos. En la sala de montajes las dínamos eran acopladas por dos grupos de enanos Gamma-Más. Los dos bancos de trabajo, alargados, estaban situados uno frente al otro; entre ambos reptaba la cinta sin fin con su carga de piezas sueltas; cuarenta y siete cabezas rubias se alineaban frente a cuarenta y siete cabezas morenas. Cuarenta y siete machos frente a cuarenta y siete narigudos; cuarenta y siete mentones escurridos frente a cuarenta y siete mentones salientes. Los aparatos, una vez acoplados, eran inspeccionados por dieciocho muchachas idénticas, de pelo castaño rizado, vestidas del color verde de los Gammas, embalados en canastas por cuarenta y cuatro Delta-Menos pernicortos y zurdos, y cargados en los camiones y carros por sesenta y tres Epsilones semienanos, de ojos azules, pelirrojos y pecosos.

-¡Oh maravilloso nuevo mundo...!

Por una especie de chanza de su memoria, el Salvaje se encontró repitiendo las palabras de Miranda:

-¡Oh maravilloso nuevo mundo que alberga a tales seres!

-Y le aseguro -concluyó el director de Elementos Humanos, cuando salían de los talleres que apenas tenemos problema alguno con nuestros obreros. Siempre encontramos...

Pero el Salvaje, súbitamente, se había separado de sus acompañantes y, oculto tras un macizo de laureles, estaba sufriendo violentas arcadas, como si la tierra firme hubiese sido un helicóptero con una bolsa de aire.

En Eton, aterrizaron en la azotea de la Escuela Superior. Al otro lado del Patio de la Escuela, los cincuenta y dos pisos de la Torre de Lupton destellaban al sol. La Universidad a la izquierda y la Cantoría Comunal de la Escuela a la derecha, levantaban su venerable cúmulo de cemento armado y vita-cristal. En el centro del espacio cuadrangular se erguía la antigua estatua de acero cromado de Nuestro Ford.

El doctor Gaffney, el Preboste, y Miss Keate, la Maestra Jefe, les recibieron al bajar del aparato.

-¿Tienen aquí muchos mellizos? -preguntó el Salvaje, con aprensión, en cuanto empezaron la vuelta de inspección.

-¡Oh, no! -contestó el Preboste-. Eton está reservado exclusivamente para los muchachos y muchachas de las clases más altas. Un óvulo, un adulto. Desde luego, ello hace más difícil la instrucción. Pero como los alumnos están destinados a tomar sobre sí graves responsabilidades y a enfrentarse con contingencias inesperadas, no hay más remedio.

Y suspiró.

Bernard, entretanto, iniciaba la conquista de Miss Keate.

-Si está usted libre algún lunes, miércoles -a viernes por la noche -le decía-, puede venir a mi casa. -Y, señalando con el pulgar al Salvaje, añadió-: Es un tipo curioso, ¿sabe usted? Estrafalario.

Miss Keate sonrió (y su sonrisa le pareció a Bernard realmente encantadora).

-Gracias -dijo-. Me encantará asistir a una de sus fiestas.

El Preboste abrió la puerta.

Cinco minutos en el aula de los Alfa-Doble Más dejaron a John un tanto confuso.

-¿Qué es la relatividad elemental? -susurró a Bernard.

Bernard intentó explicárselo, pero, cambiando de opinión, sugirió que pasaran a otra aula.

Tras de una puerta del corredor que conducía al aula de Geografía de los Beta-Menos, una voz de soprano, muy sonora, decía:

-Uno, dos, tres, cuatro. -Y después, con irritación fatigada-: Como antes.

-Ejercicios malthusianos -explicó la Maestra Jefe-. La mayoría de nuestras muchachas son hermafroditas, desde luego. Yo lo soy también. -Sonrió a Bernard-. Pero tenemos a unas ochocientas alumnas no esterilizadas que necesitan ejercicios constantes.

En el aula de Geografía de los Beta-Menos, John se enteró de que una Reserva para Salvajes es un lugar que, debido a sus condiciones climáticas o geológicas desfavorables, o por su pobreza en recursos naturales, no ha merecido la pena civilizar. Un breve chasquido, y de pronto el aula quedó a oscuras; en la pantalla situada encima de la cabeza del profesor, aparecieron los Penitentes de Acoma postrándose ante Nuestra Señora, gimiendo como John les había oído gemir, confesando sus pecados ante Jesús crucificado o ante la imagen del águila de Pukong. Los jóvenes etonianos reían estruendosamente. Sin dejar de gemir, los Penitentes se levantaron, se desnudaron hasta la cintura, y con látigos de nudos, empezaron a azotarse. Las carcajadas, más sonoras todavía, llegaron a ahogar los gemidos de los Penitentes.

-Pero ¿por qué se ríen? -preguntó el Salvaje, dolido y asombrado a un tiempo.

-¿Por qué? -El Preboste volvió hacia él el rostro, en el que todavía retozaba una ancha sonrisa-. ¿Por qué? Pues... porque resulta extraordinariamente gracioso.

En la penumbra cinematográfica, Bernard aventuró un gesto que, en el pasado, ni siquiera en las más absolutas tinieblas hubiese osado intentar. Fortalecido por su nueva sensación de importancia, pasó un brazo por la cintura de la Maestra Jefe. La cintura cedió a su abrazo, doblándose como un junco. Bernard se disponía a esbozar un beso o dos, o quizás un pellizco, cuando se hizo de nuevo la luz.

-Tal vez será mejor que sigamos -dijo Miss Keatte.

Y se dirigió hacia la puerta.

Un momento más tarde, el Preboste dijo:

-Ésta es la sala de Control Hipnopédico.

Cientos de aparatos de música sintética, uno para cada dormitorio, aparecían alineados en estantes colocados en tres de los lados de la sala; en la cuarta pared se hallaban los agujeros donde debían colocarse los rollos de pista sonora en los que se imprimían las diversas lecciones hipnopédicas.

-Basta colocar el rollo aquí -explicó Bernard, interrumpiendo al doctor Gaffney-, pulsar este botón...

-No, este otro -le corrigió el Preboste, irritado.

-O este otro, da igual. El rollo se va desenrollando. Las células de selenio transforman los impulsos luminosos en ondas sonoras, y...

-Y ya está -concluyó el doctor Gaffney.

-¿Leen a Shakespeare? -preguntó el Salvaje mientras se dirigían hacia los laboratorios Bioquímicos, al pasar por delante de la Biblioteca de la Escuela

-Claro que no -dijo la Maestra Jefe, sonrojándose.

-Nuestra Biblioteca -explicó el doctor Gaffney- contiene sólo libros de referencia. Si nuestros jóvenes necesitan distracción pueden ir al sensorama. Por principio, no los animamos a dedicarse a diversiones solitarias.

Cinco autocares llenos de muchachos y muchachas que cantaban o permanecían silenciosamente abrazados pasaron por su lado, por la pista vitrificada.

-Vuelven del Crematorio de Slough -explicó el doctor Gaffney, mientras Bernard, en susurros, se citaba con la Maestra Jefe para aquella misma noche-. El condicionamiento ante la muerte empieza a los dieciocho meses. Todo crío pasa dos mañanas cada semana en un Hospital de Moribundos. En estos hospitales encuentran los mejores juguetes, y se les obsequia con helado de chocolate los días que hay defunción. Así aprenden a aceptar la muerte como algo completamente corriente.

-Como cualquier otro proceso fisiológico -exclamó la Maestra Jefe, profesionalmente. Ya estaba decidido: a las ocho en el Savoy.

De vuelta a Londres, se detuvieron en la fábrica de la Sociedad de Televisión de Brentford.

-¿Te importa esperarme aquí mientras voy a telefonear? -preguntó Bernard.

El Salvaje esperó, sin dejar de mirar a su alrededor. En aquel momento cesaba en su trabajo el Turno Diurno Principal. Una muchedumbre de obreros de casta inferior formaban cola ante la estación del monorraíl: setecientos u ochocientos Gammas, Deltas y Epsilones, hombres y mujeres, entre los cuales sólo había una docena de rostros y de estaturas diferentes. A cada uno de ellos, junto con el billete, el cobrador le entregaba una cajita de píldoras. El largo ciempiés humano avanzaba lentamente.

Recordando El mercader de Venecia, el Salvaje preguntó a Bernard, cuando éste se le reunió:

-¿Qué hay en esas cajitas?

-La ración diaria de soma Contesto Bernard, un tanto confusamente, porque en aquel momento masticaba una pastilla de goma de mascar de las que le había regalado Benito Hoover-. Se las dan cuando han terminado su trabajo cotidiano. Cuatro tabletas de medio gramo. Y seis los sábados.

Cogió afectuosamente del brazo a John, y así, juntos, se dirigieron hacia el helicóptero.

Lenina entró canturreando en el Vestuario.

-Pareces encantada de la vida -dijo Fanny. -Lo estoy -contestó Lenina. ¡Zas!-. Bernard me llamó hace media hora-. ¡Zas! ¡Zas! Se quitó los pantalones cortos-. Tiene un compromiso inesperado. -¡Zas!-. Me ha preguntado si esta noche quiero llevar al Salvaje al sensorama. Debo darme prisa.

Y se dirigió corriendo hacia el baño.

Es una chica con suerte, se dijo Fanny, viéndola alejarse.

El Segundo Secretario del Interventor Mundial Residente la había invitado a cenar y a desayunar. Lenina había pasado un fin de semana con el Ford Juez Supremo, y otro con el Archiduque Comunal de Canterbury. El Presidente de la Sociedad de Secreciones Internas y Externas la llamaba constantemente por teléfono, y Lenina había ido a Deauville con el Gobernador-Diputado del Banco de Europa.

-Es maravilloso, desde luego. Y, sin embargo, en cierto modo -había confesado Lenina a Fanny- tengo la sensación de conseguir todo esto haciendo trampa. Porque, naturalmente, lo primero que quieren saber todos es qué tal resulta hacer el amor con un Salvaje. Y tengo que decirles que no lo sé. -Lenina movió la cabeza-. La mayoría de ellos no me creen, desde luego. Pero es la pura verdad. Ojalá no lo fuera -agregó, tristemente; y suspiró-. Es guapísimo, ¿no te parece?

-Pero ¿es que no le gustas? -preguntó Fanny. -A veces creo que sí, y otras creo que no. Siempre procura evitarme; sale de su estancia cuando yo entro en ella; no quiere tocarme; ni siquiera mirarme. Pero a veces me vuelvo súbitamente, y lo pillo mirándome; y entonces..., bueno, ya sabes cómo te miran los hombres cuando les gustas.

Sí, Fanny lo sabía.

-No llego a entenderlo -dijo Lenina.

No lo entendía, y ello no sólo la turbaba, sino que la trastornaba profundamente.

-Porque, ¿sabes, Fanny?, me gusta mucho.

Le gustaba cada vez más. Bueno, hoy se me ofrece una excelente ocasión, pensaba, mientras se perfumaba, después del baño. Unas gotas más de perfume; un poco más. Una ocasión excelente. Su buen humor se vertió en una canción:

Abrázame hasta embriagarme de amor,

bésame hasta dejarme en coma;

abrázame, amor, arrímate a mí;

el amor es tan bueno como el soma.

Arrellanados en sus butacas neumáticas, Lenina y el Salvaje, olían y escuchaban. Hasta que llegó el momento de ver y palpar también.

Las luces se apagaron; y en las tinieblas surgieron unas letras llameantes, sólidas, que parecían flotar en el aire. Tres semanas en helicóptero. Un film sensible, supercantado, hablado sintéticamente, en color y estereoscópico, con acompañamiento sincronizado de órgano de perfumes.

-Agarra esos pomos metálicos de los brazos de tu butaca -susurró Lenina-. De lo contrario no notarás los efectos táctiles.

El salvaje obedeció sus instrucciones.

Entretanto, las letras llameantes habían desaparecido; siguieron diez segundos de oscuridad total; después, súbitamente, cegadoras e incomparablemente más reales de lo que hubiesen podido parecer de haber sido de carne y hueso, más reales que la misma realidad, aparecieron las imágenes estereoscópicas, abrazadas, de un negro gigantesco y una hembra Beta-Más rubia y braquicéfala.

El Salvaje se sobresaltó. ¡Aquella sensación en sus propios labios! Se llevó una mano a la boca; las cosquillas cesaron; volvió a poner la mano izquierda en el pomo metálico y volvió a sentirlas. Entretanto, el órgano de perfumes, exhalaba almizcle puro. Agónica, una superpaloma zureaba en la pista sonora: ¡Oh..., oooh...! Y, vibrando a sólo treinta y dos veces por segundo, una voz más grave que el bajo africano contestaba: ¡Ah..., aaah! ¡Oh, oooh! ¡Ah..., aaah!, los labios estereoscópicos se unieron nuevamente, y una vez más las zonas erógenas faciales de los seis mil espectadores del Alhambra se estremecieron con un placer galvánico casi intolerable. ¡Ohhh...!

El argumento de la cinta era sumamente sencillo. Pocos minutos después de los primeros -Ooooh y Aaaah (tras el canto de un dúo y una escena de amor en la famosa piel de oso, cada uno de cuyos pelos -el Predestinador Ayudante tenía toda la razón, podía palparse separadamente), el negro sufría un accidente de helicóptero y caía de cabeza. ¡Plas! ¡Que golpe en la frente! Un coro de ayes se levantó del público.

El golpe hizo añicos todo el condicionamiento del negro, quien sentía a partir de aquel momento una pasión exclusiva y demente por la rubia Beta. La muchacha protestaba. Él insistía. Había luchas, persecuciones, un ataque a un rival, y, finalmente, un rapto sensacional. La Beta rubia era arrebatada por los aires y debía pasar tres semanas suspendida en el cielo, en un tête-à-tête completamente antisocial con el negro loco. Finalmente, tras un sinfín de aventuras y de acrobacias aéreas, tres guapos jóvenes Alfas lograban rescatarla. El negro era enviado a un Centro de Reacondicionamiento de Adultos, y la cinta terminaba feliz y decentemente cuando la Beta rubia se convertía en la amante de sus tres salvadores. Después la alfombra de piel de oso hacía su aparición final y, entre el estridor de los saxofones, el último beso estereoscópico se desvanecía en la oscuridad y la última titilación eléctrica moría en los labios como una mosca moribunda que se estremece una y otra vez, cada vez más débilmente, hasta que al fin se inmoviliza definitivamente.

Pero, en Lenina, la mosca no murió del todo. Aun después de encendidas las luces, mientras se dirigían con la muchedumbre, arrastrando los pies, hacia los ascensores, su fantasma seguía cosquilleándole en los labios, seguía trazando surcos estremecidos de ansiedad y placer en su piel. Sus mejillas estaban arreboladas, sus ojos brillaban, y respiraban afanosamente. Lenina cogió el brazo del Salvaje y lo apretó contra su costado. El Salvaje la miró un momento, pálido, dolorido, lleno de deseo y al mismo tiempo avergonzado de su propio deseo. Él no era digno, no...

Los ojos de Lenina y los del Salvaje coincidieron un instante. ¡Qué tesoros prometían los de ella! El Salvaje se apresuró a desviar los suyos, y soltó el brazo que ella le sujetaba.

-Creo que no deberías ver cosas como ésas -dijo al fin el muchacho, apresurándose a atribuir a las circunstancias ambientales todo reproche por cualquier pasado o futuro fallo en la perfección de Lenina.

-¿Cosas como qué, John?

-Como esa horrible película.

-¿Horrible? -Lenina estaba sinceramente asombrada-. Yo la he encontrado estupenda.

-Era abyecto -dijo el Salvaje, indignado-, innoble...

-No te entiendo -contestó Lenina.

¿Por qué era tan raro? ¿Por qué se empeñaba en estropearlo todo?

En el taxicóptero, el Salvaje apenas la miró. Atado por unos poderosos votos que jamás habían sido pronunciados, obedeciendo a leyes que habían prescrito desde hacía muchísimo tiempo, permanecía sentado, en silencio, con el rostro vuelto hacia otra parte. De vez en cuando, como si un dedo pulsara una cuerda tensa, a punto de romperse, todo su cuerpo se estremecía en un súbito sobresalto nervioso.

El taxicóptero aterrizó en la azotea de la casa de Lenina. Al fin -pensó ésta, llena de exultación, al apearse-. Al fin. A pesar de que hasta aquel momento el Salvaje se había comportado de manera muy extraña. De pie bajo un farol, Lenina se miró en el espejo de mano. Al fin. Sí, la nariz le brillaba un poco. Sacudió los polvos de su borla. Mientras el Salvaje pagaba el taxi tendría tiempo de arreglarse. Lenina se empolvó la nariz, pensando: Es guapísimo. No tiene por qué ser tímido como Bemard... Y sin embargo... Cualquier otro ya lo hubiese hecho hace tiempo. Pero ahora, al fin... El fragmento de su rostro que se reflejaba en el espejito redondo le sonrió.

-Buenas noches -dijo una voz ahogada detrás de ella.

Lenina se volvió en redondo. El Salvaje se hallaba de pie en la puerta del taxi, mirándola fijamente; era evidente que no había cesado de mirarla todo el rato, mientras ella se empolvaba, esperando -pero, ¿a qué?-, o vacilando, esforzándose por decidirse, y pensando todo el rato, pensando... Lenina no podía imaginar qué clase de extraños pensamientos.

-Buenas noches, Lenina -repitió el Salvaje. -Pero, John... Creí que ibas a... Quiero decir que, ¿no vas a ...?

El Salvaje cerró la puerta y se inclinó para decir algo al piloto. El taxicóptero despegó.

Mirando hacia abajo por la ventanilla practicada en el suelo, del aparato, el Salvaje vio la cara de Lenina, levantada hacia arriba, pálida a la luz azulada de los faroles. Con la boca abierta, lo llamaba. Su figura, achaparrado por la perspectiva, se perdió en la distancia; el cuadro de la azotea, cada vez más pequeño, parecía hundirse en un océano de tinieblas.

Cinco minutos después, el Salvaje estaba en su habitación. Sacó de su escondrijo el libro roído por los ratones, volvió con cuidado religioso sus páginas manchadas y arrugadas, y empezó a leer Otelo. Recordaba que Otelo, como el protagonista de Tres semanas en helicóptero, era un negro.

trascrito por Alejandro

lunes, 18 de enero de 2010

UN MUNDO FELIZ (Aldous Huxley) - 11 -

CAPITULO X
Las manecillas de los cuatro mil relojes eléctricos de las cuatro mil salas del Centro de Blomsbury señalaban las dos y veintisiete minutos. La industriosa colmena, como el director se complacía en llamarlo, se hallaba en plena fiebre de trabajo. Todo el mundo estaba atareado, todo se movía ordenadamente. Bajo los microscopios, agitando furiosamente sus largas colas, los espermatozoos penetraban de cabeza dentro de los óvulos, y fertilizados, los óvulos crecían, se dividían, o bien, bokanovskificados, echaban brotes y constituían poblaciones enteras de embriones. Desde la Sala de Predestinación Social las cintas sin fin bajaban al sótano, y allá, en la penumbra escarlata, calientes, cociéndose sobre su almohada de peritoneo y ahítos de sucedáneo de la sangre y de hormonas, los fetos crecían, o bien, envenenados, languidecían hasta convertirse en futuros Epsilones. Con un débil zumbido los estantes móviles reptaban imperceptiblemente, semana tras semana, hacia donde, en la Sala de Decantación, los niños recién desenfrascados exhalaban su primer gemido de horror y sorpresa.

Las dínamos jadeaban en el subsótano, y los ascensores subían y bajaban. En los once pisos de las Guarderías era la hora de comer. Mil ochocientos niños, cuidadosamente etiquetados, extraían, simultáneamente, de mil ochocientos biberones, su medio litro de secreción externa pasteurizada.

Más arriba, en las diez plantas sucesivas destinadas a dormitorios, los niños y niñas que todavía eran lo bastante pequeños para necesitar una siesta, se hallaban tan atareados como todo el mundo, aunque ellos no lo sabían, escuchando inconscientemente las lecciones hipnopédicas de higiene y sociabilidad, de conciencia de clases y de vida erótica. Y más arriba aún, había las salas de juego, donde, por ser un día lluvioso, novecientos niños un poco mayores se divertían jugando con ladrillos, modelando con ladrillos, modelando con arcilla, o dedicándose a jugar al escondite o a los corrientes juegos eróticos.

¡Zummm ... ! La colmena zumbaba, atareada, alegremente. ¡Alegres eran las canciones que tarareaban las muchachas inclinadas sobre los tubos de ensayo! Los predestinadores silboteaban mientras trabajaban, y en la Sala de Decantación se contaban chistes estupendos por encima de los frascos vacíos. Pero el rostro del director, cuando entró en la Sala de Fecundación con Henry Foster, aparecía grave, severo, petrificado.

-Un escarmiento público -decía-. Y en esta sala, porque en ella hay más trabajadores de casta alta que en ninguna otra de las del Centro. Le he dicho que viniera a verme aquí a las dos y media.

-Cumple su tarea admirablemente -dijo Henry, con hipócrita generosidad.

-Lo sé. Razón de más para mostrarme severo con él. Su eminencia intelectual entraña las correspondientes responsabilidades morales. Cuanto mayores son los talentos de un hombre más grande es su poder de corromper a los demás. Y es mejor que sufra uno solo a que se corrompan muchos. Considere el caso desapasionadamente, Mr. Foster, y verá que no existe ofensa tan odiosa como la heterodoxia en el comportamiento. El asesino sólo mata al individuo, y, al fin y al cabo, ¿qué es un individuo? -Con un amplio ademán señaló las hileras de microscopios, los tubos de ensayo, las incubadoras-.

Podemos fabricar otro nuevo con la mayor facilidad; tantos como queramos. La heterodoxia amenaza algo mucho más importante que la vida de un individuo; amenaza a la propia Sociedad. Sí, a la propia Sociedad -repitió-. Pero, aquí viene.

Bernard había entrado en la sala y se acercaba a ellos pasando por entre las hileras de fecundadores. Su expresión jactancioso, de confianza en sí mismo, apenas lograba disimular su nerviosismo. La voz con que dijo: Buenos días, director sonó demasiado fuerte, absurdamente alta; y cuando, para corregir su error, dijo: Me pidió usted que acudiera aquí para hablarme, lo hizo con voz ridículamente débil.

-Sí, Mr. Marx -dijo el director enfáticamente-. Le pedí que acudiera a verme aquí. Tengo entendido que regresó usted de sus vacaciones anoche.

-Sí -contestó Bernard.

-Ssssí -repitió el director, acentuando la s, en un silbido como de serpiente. Luego, levantando súbitamente la voz, trompeteó-: Señoras y caballeros, señoras y caballeros.

El tarareo de las muchachas sobre sus tubos de ensayo y el silboteo abstraído de los microscopistas cesaron súbitamente. Se hizo un silencio profundo; todos volvieron las miradas hacia el grupo central.

-Señoras y caballeros -repitió el director-, discúlpenme si interrumpo sus tareas. Un doloroso deber me obliga a ello. La seguridad y la estabilidad de la Sociedad se hallan en peligro. Sí, en peligro, señoras y caballeros. Este hombre -y señaló acusadoramente a Bernard-, este hombre que se encuentra ante ustedes, este Alfa-Más a quien tanto le fue dado, y de quien, en consecuencia, tanto cabía esperar, este colega de ustedes, o mejor, acaso este que fue colega de ustedes, ha traicionado burdamente la confianza que pusimos en él. Con sus opiniones heréticas sobre el deporte y el soma, con la escandalosa heterodoxia de su vida sexual, con su negativa a obedecer las enseñanzas de Nuestro Ford y a comportarse fuera de las horas de trabajo como un bebé en su frasco –y al llegar a este punto el director hizo la señal de la T- se ha revelado como un enemigo de la Sociedad, un elemento subversivo, señoras y caballeros. Contra el Orden y la Estabilidad, un conspirador contra la misma Civilización. Por esta razón me propongo despedirle, despedirle con ignominia del cargo que hasta ahora ha venido ejerciendo en este Centro; y me propongo asimismo solicitar su transferencia a un Subcentro del orden más bajo, y, para que su castigo sirva a los mejores intereses de la sociedad, tan alejado como sea posible de cualquier Centro importante de población. En Islandia tendrá pocas oportunidades de corromper a otros con su ejemplo antifordiano –el director hizo una pausa; después, cruzando los brazos, se volvió solemnemente hacia Bernard-. Marx -dijo-, ¿puede usted alegar alguna razón por la cual yo no deba ejecutar el castigo que le he impuesto?

-Sí, puedo -contestó Bernard, en voz alta. -Diga cuál es, entonces -dijo el director, un tanto asombrado, pero sin perder la dignidad majestuosa de su actitud.

-No sólo la diré, sino que la exhibiré. Pero está en el pasillo. Un momento. -Bernard se acercó rápidamente a la puerta y la abrió bruscamente-. Entre -ordenó.

Y la razón alegada entró y se hizo visible.

Se produjo un sobresalto, una suspensión del aliento de todos los presentes y, después, un murmullo de asombro y de horror; una chica joven chilló; estaba de pie encima de una silla para ver mejor, y, al vacilar, derramó dos tubos de ensayo llenos de espermatozoos. Abotagado, hinchado, entre aquellos cuerpos juveniles y firmes y aquellos rostros correctos, un monstruo de mediana edad, extraño y terrorífico, Linda, entró en la sala, sonriendo picaronamente con su sonrisa rota y descolorida, y moviendo sus enormes caderas en lo que pretendía ser una ondulación voluptuosa. Bernard andaba a su lado.

-Aquí está -dijo Bernard, señalando al director.

-¿Cree que no lo habría reconocido? -preguntó Linda, irritada; después, volviéndose hacia el director, agregó-: Claro que te reconocí, Tomakín; te hubiese reconocido en cualquier sitio, entre un millar de personas. Pero tal vez tú me habrás olvidado. ¿No te acuerdas? ¿No, Tomakín? Soy tu Linda. -Linda lo miraba con la cabeza ladeada, sonriendo todavía, pero con una sonrisa que progresivamente, ante la expresión de disgusto petrificado del director, fue perdiendo confianza hasta desaparecer del todo-. ¿No te acuerdas de mí, Tomakín? -repitió Linda, con voz temblorosa. Sus ojos aparecían ansiosos, agónicos. El rostro abotagado se deformó en una mueca de intenso dolor-. ¡Tomakín!

Linda le tendió los brazos. Algunos empezaron a reír por lo bajo.

-¿Qué significa -empezó el director- esta monstruosa...?

-¡Tomakín!

Linda corrió hacia delante, arrastrando tras de sí su manta, arrojó los brazos al cuello del director y ocultó el rostro en su pecho.

Levantóse una incontenible oleada de carcajadas.

-¿... esta monstruosa broma de mal gusto? -gritó el director.

Con el rostro encendido, intentó desasirse del abrazo de la mujer, que se aferraba a él desesperadamente.

-¡Pero si soy Linda, soy Linda! -las risas ahogaron su voz-. ¡Me hiciste un crío! –chilló Linda, por encima del rugir de las carcajadas.

Hubo un siseo súbito, de asombro; los ojos vagaban incómodamente, sin saber adónde mirar. El director palideció súbitamente, dejó de luchar, y, todavía con las manos en las muñecas de Linda, se quedó mirándola a la cara, horrorizado.

-Sí, un crío.... y yo fui su madre.

Linda lanzó aquella obscenidad como un reto en el silencio ultrajado; después, separándose bruscamente de él, abochornada, se cubrió la cara con las manos, sollozando.

-No fue mía la culpa, Tomakín. Porque yo siempre hice mis ejercicios, ¿no es verdad? ¿No es verdad?

Siempre... No comprendo cómo... ¡Si tú supieras cuán horrible fue, Tomakín...! A pesar de todo, el niño fue un consuelo para mí. -Y, volviéndose hacia la puerta, llamó-: ¡John!

John entró inmediatamente, hizo una breve pausa en el umbral, miró a su alrededor, y después, corriendo silenciosamente sobre sus mocasines de piel de ciervo, cayó de rodillas a los pies del director y dijo en voz muy clara:

-¡Padre!

Esta palabra (porque la voz padre, que no implicaba relación directa con el desvío moral que extrañaba el hecho de alumbrar un hijo, no era tan obscena como grosera; era una incorrección más escatológica que pornográfica), la cómica suciedad de esta palabra alivió la tensión, que había llegado a hacerse insoportable.

Las carcajadas estallaron, estruendosas, casi histéricas, encadenadas, como si no debieran cesar nunca. ¡Padre! ¡Y era el director! ¡Padre! ¡Oh, Ford! Era algo estupendo. Las risas se sucedían, los rostros parecían a punto de desintegrarse, y hasta los ojos se cubrían de lágrimas. Otros seis tubos de ensayo llenos de espermatozoos fueron derribados. ¡Padre!

Pálido, con los ojos fuera de sus órbitas, el director miraba a su alrededor en una agonía de humillación enloquecedora.

¡Padre! Las carcajadas, que habían dado muestras de desfallecer, estallaron más fuertes que nunca. El director se tapó los oídos con ambas manos y abandonó corriendo la sala.

trascrito por Alejandro

jueves, 14 de enero de 2010

Los agujeros negros son “Totalidades Negras y Blancas” según Haramein: la implicación para tu vida diaria

El genio Nassim Haramein predijo hace quince años que en el centro de cada galaxia hay un “agujero negro” (en inglés, “black hole”), cosa que la Ciencia ha demostrado hoy día como cierta. Esa y otras afirmaciones progresivamente confirmadas por la ciencia oficial hacen del simpático Nassim el genio por excelencia de nuestro tiempo. Su teoría se basa en que toda espiral (una galaxia, un tornado, un sistema solar, un átomo…), que es la geometría básica de la Vida, está rotando sobre un eje, la fuente de donde obtiene la energía. Ese detalle, que pasó desapercibido a Einstein y la ciencia oficial, le llevó a Nassim a proponer que, en realidad, el “agujero negro” es parte de un “agujero blanco”, es decir, que el lugar de máxima oscuridad es donde, al mismo tiempo, hay más luz. Lo que ha llevado a proponer sustituir el término “black hole” por el de “black whole” (se pronuncian prácticamente igual pero el segundo significa “Totalidad Negra”). En resumidas cuentas, el llamado agujero negro (como las manchas solares) sería el lugar por donde se traspasa el sistema hacia otra dimensión y el lugar por donde fluye la energía desde otro Sol… como anticiparon los mayas. Es decir, la puerta de entrada a la LUZ.

Traspasado a nuestra vida diaria, esto nos llevaría a que el “agujero negro” (es decir, una crisis personal) es el pasadizo espiral de Alicia (en el país de las maravillas) hacia una nueva Realidad, es decir, el camino hacia la Luz o la Iluminación (no confundir con los Iluminati, queridos conspiranoicos).

Bajo mi perspectiva personal, e interpretando esta Verdad Cósmica revelada por Nassim, todos nos encontramos a lo largo de nuestra vida con un “problema” (o desafío) que, si no lo has resuelto correctamente en un momento de tu vida, se vuelve a aparecer prácticamente igual que en otro momento.

Ese, ¡escúchalo bien!, es tu “pasadizo” a otra Dimensión de conciencia, es decir, de Vida. Cada uno tendrá su desafío pero lo que tienen en común es que detrás de él está aquello que más miedo te da perder o aquello que te puede hacer perder la confianza en ti mismo, o sumirte en una depresión… Que te puede tumbar, vaya.

La manera en que se presenta en tu vida esta repetición es tan increíble que si se lo contaras a alguien no se lo podría creer. Y ahí reside, precisamente, el mágico juego. Sólo tú puedes resolverlo. Es tu desafío. No lo puedes compartir con nadie. Desafía a tu miedo y a tu poder del Guerrero (espiritual).

Se trata de romper con algún paradigma en tu manera de actuar y que puede atender al odio, los celos, el rencor, la envidia, la rabia, la ira, la lujuria… Se presenta en tu vida con el fin de sanar una herida del pasado y la manera de superarlo es VIVIENDO eso que te da miedo vivir.

¡Ojo! Hay gente que confunde este desafío con otros puramente masoquistas, como engancharse a la droga o tener una pareja que te maltrate. O, incluso, se puede buscar una distracción (como un deporte de riesgo) para no afrontar el asunto en sí mismo. Este tipo de desafíos no son tales porque no te van a enseñar nada (o, más bien, te van a enseñar el lado oscuro de la vida. No me refiero a los deportes de riesgo, obviamente).

El verdadero desafío está en vivir la envidia, los celos, la rabia o el sentimiento que sea “tu punto débil” sin apegarte a él. Es decir, perdonándote por sentirlo y perdonando a la persona que te hizo sentir eso pues, de alguna manera, es tu Maestra, o sea, quien te ha permitido vivirlo. El secreto está, no en reprimir esos sentimientos como dice alguna corriente de la Nueva Era, sino en VIVIRLOS CONSCIENTEMENTE hasta que lo TRANSMUTAS. Es decir, que si tu problema es la envidia, la vivas con toda la intensidad que sientas pero siendo consciente de que eres un envidioso. Y lo mismo con la ira o con la lujuria. Ahí, en ese momento en el que te des cuenta, te podrás reír de ti mismo… Y te habrás curado… Y pasarás a otra prueba.

Después de 40 años, os puedo decir que esto que os acabo de contar el Secreto de la Vida y el sendero más certero para la Iluminación.

PD: Dependiendo de la magnitud del “atasco” en la tubería en espiral de tu memoria, recomiendo tres métodos para desatascarla.

1-Respiración Renacimiento (también conocida como Rebirthing).

2-Sesión de ayahuasca (con un chamán que te ofrezca confianza).

3-Una regresión (hay mucho farsante, así que elige bien. Yo no he hecho ninguna, así que no puedo recomendar).

transcrito por Alejandro

UN MUNDO FELIZ (Aldous Huxley) - 10 -

CAPÍTULO IX
Tras aquel día de absurdo y horror, Lenina consideró que se había ganado el derecho a unas vacaciones completas y absolutas. En cuanto volvieron a la hospedería, se administró seis tabletas de medio gramo de soma, se echó en la cama, y al cabo de diez minutos se había embarcado hacia la eternidad lunar. Por lo menos tardaría dieciocho horas en volver a la realidad.

Entretanto, Bernard yacía meditabundo y con los ojos abiertos en la oscuridad. No se durmió hasta mucho después de la medianoche. Pero su insomnio no había sido estéril. Tenía un plan.

Puntualmente, a la mañana siguiente, a las diez, el ochavón del uniforme verde se apeó del helicóptero. Bernard le esperaba entre las pitas.

-Miss Crowne está de vacaciones de soma -explicó-. No estará de vuelta antes de las cinco. Por tanto, tenemos siete horas para nosotros.

Podían volar a Santa Fe, realizar su proyecto y estar de vuelta en Malpaís mucho antes de que Lenina despertara.

-¿Estará segura aquí? -preguntó.

-Segura como un helicóptero -le tranquilizó el ochavón.

Subieron al aparato y despegaron inmediatamente. A las diez y treinta y cuatro aterrizaron en la azotea de la Oficina de Correos de Santa Fe; a las diez y treinta y siete Bernard había logrado comunicación con el Despacho del Interventor Mundial, en Whitehall; a las diez y treinta y nueve hablaba con el cuarto secretario particular; a las diez y cuarenta y cuatro repetía su historia al primer secretario, y a las diez y cuarenta y siete y medio, la voz grave, resonante, del propio Mustafá Mond sonó en sus oídos.

-He osado pensar -tartamudeó Bemard- que su Fordería podía juzgar el asunto de suficiente interés científico...

-En efecto, juzgo el asunto de suficiente interés científico -dijo la voz profunda-. Tráigase a esos dos individuos a Londres con usted.

-Su Fordería no ignora que necesitaré un permiso especial...

-En este momento -dijo Mustafá Mond- se están dando las órdenes necesarias al Guardián de la Reserva.

Vaya usted inmediatamente al Despacho del Guardián. Buenos días, Mr. Marx.

Siguió un silencio. Bernard colgó el receptor y subió corriendo a la azotea.

El joven se hallaba ante la hospedería. -¡Bernard! -llamó-. ¡Bernard! No hubo respuesta.

Caminando silenciosamente sobre sus mocasines de piel de ciervo, subió corriendo la escalera e intentó abrir la puerta. Pero estaba cerrada.

¡Se había marchado! Aquello era lo más terrible que le había ocurrido en su vida. La muchacha le había invitado a ir a verles, y ahora se habían marchado. John se sentó en un peldaño y lloró.

Media hora después se le ocurrió echar una ojeada por la ventana. Lo primero que vio fue una maleta verde con las iniciales L. C. pintadas en la tapa. El júbilo se levantó en su interior como una hoguera. Cogió una piedra. El cristal roto cayó estrepitosamente al suelo. Un momento después, John se hallaba dentro del cuarto. Abrió la maleta verde; e inmediatamente se encontró respirando el perfume de Lenina, llenándose los pulmones con su ser esencial. El corazón le latía desbocadamente; por un momento, estuvo a punto de desmayarse. Después, agachándose sobre la preciosa caja, la tocó, la levantó a la luz, la examinó. Las cremalleras del otro par de pantalones cortos de Lenina, de pana de viscosa, de momento le plantearon un problema que, una vez resuelto, le resultó una delicia. ¡Zis!, y después izas!, izis!, v después izas! Estaba entusiasmado. Sus zapatillas verdes eran lo más hermoso que había visto en toda su vida. Desplegó un par de pantaloncillos interiores, se ruborizó y volvió a guardarlos inmediatamente; pero besó un pañuelo de acetato perfumado y se puso una bufanda al cuello. Abriendo una caja, levantó una nube de polvos perfumados. Las manos le quedaron enharinadas. Se las limpió en el pecho, en los hombros, en los brazos desnudos. ¡Delicioso perfume! Cerró los ojos y restregó la mejilla contra su brazo empolvado. Tacto de fina piel contra su rostro, perfume en su nariz de polvos delicados... su presencia real.

-¡Lenina! -susurró-. ¡Lenina!

Un ruido lo sobresaltó; se volvió con expresión culpable. Guardó apresuradamente en la maleta todo lo que había sacado de ella, y cerró la tapa; volvió a escuchar, mirando con los ojos muy abiertos. Ni una sola señal de vida; ni un sonido. Y, sin embargo, estaba seguro de haber oído algo, algo así como un suspiro, o como el crujir de una madera. Se acercó de puntillas a la puerta, y, abriéndola con cautela, se encontró ante un vasto descansillo. Al otro lado de la meseta había otra puerta, entornada. Se acercó a ella, la empujó, y asomó la cabeza.

Allá, en una cama baja, con el cobertor bajado, vestida con un breve pijama de una sola pieza, yacía Lenina, profundamente dormida y tan hermosa entre sus rizos, tan conmovedoramente infantil con sus rosados dedos de los pies y su grave cara sumida en el sueño, tan confiada en la indefensión de sus manos suaves y sus miembros relajados, que las lágrimas acudieron a los ojos de John.

Con una infinidad de precauciones completamente innecesarias -por cuanto sólo un disparo de pistola hubiera podido obligar a Lenina a volver de sus vacaciones de soma antes de la hora fijada-, John entró en el cuarto, se arrodilló en el suelo, al lado de la cama, miró, juntó las manos, y sus labios se movieron.

-Sus ojos -murmuró.

Sus ojos, sus cabellos, su mejilla, su andar, su voz;

los manejas en tu discurso;

ioh, esa mano a cuyo lado son los blancos tinta

cuyos propios reproches escribe; ante cuyo suave tacto

parece áspero el plumón de los cisnes... !

Una mosca revoloteaba cerca de ella; John la ahuyentó.

-Moscas -recordó.

En el milagro blanco de la mano de mi querida Julieta

pueden detenerse y robar gracia inmortal de sus labios,

que, en su pura modestia de vestal,

se sonrojan creyendo pecaminosos sus propios besos.

Muy lentamente, con el gesto vacilante de quien se dispone a acariciar un ave asustadiza y posiblemente peligrosa, John avanzó una mano.

Ésta permaneció suspendida, temblorosa, a dos centímetros de aquellos dedos inmóviles, al mismo borde del contacto. ¿Se atrevería? ¿Se atrevería a profanar con su indignísima mano aquella...? No, no se atrevió. El ave era demasiado peligrosa. La mano retrocedió, y cayó, lacia. ¡Cuán hermosa era Lenina! ¡Cuán bella!

Luego, de pronto, John se encontró pensando que le bastaría coger el tirador de la cremallera, a la altura del cuello, y tirar de él hacia abajo, de un solo golpe... Cerró los ojos y movió con fuerza la cabeza, como un perro que se sacude las orejas al salir del agua. ¡Detestable pensamiento! John se sintió avergonzado de sí mismo. Pura modestia de vestal...

Oyóse un zumbido en el aire. ¿Otra mosca que pretendía robar gracias inmortales? ¿Una avispa, acaso? John miró a su alrededor, y no vio nada. El zumbido fue en aumento, y pronto resultó evidente que se oía en el exterior. ¡El helicóptero! Presa de pánico, John saltó sobre sus pies y corrió al otro cuarto, saltó por la ventana abierta y corriendo por el sendero que discurría entre las altas pitas llegó a tiempo de recibir a Bernard Marx en el momento en que éste bajaba del helicóptero.


trascrito por Alejandro

sábado, 9 de enero de 2010

LA ÚLTIMA LÁGRIMA. Por: Cristian Gibran Dracon

A Jesús Enrique García Utrilla

Porque su frase: “...usualmente cuando las personas están tristes nada hacen. Solo lloran su condición, pero cuando se enfadan provocan el cambio” me motivó y perdurara en mi eternidad. Gracias genio.


A Mario Ibarra, Luís Rodríguez, Javier Chaine y Daniel Rangel

Amigos no tengo más que decir que los extraño y ocupan ya un lugar privilegiado en mi memoria. Sin duda me gustaría expresar que añoro compartir más momentos de risa a su costado, pero las circunstancias nos obligan a tener un presente muy complejo en cuanto a tiempos y espacios. Gracias por soportarme y de una manera indirecta contribuir a esta filosofía de vida que hoy me invade. Puedo decir, con descaro y a su vez con mucho orgullo, que soy un individuo con pocos amigos pero siempre he pensado que los amigos son como los dedos de las manos ¿o de mis pies?


A Abril Alarcón Andrade

Porque tu naturalidad física y espiritual me llenan de tranquilidad en cada plática, en cada llamada. Gracias artista.


Recordando la promesa que te hice sin tu presencia pero si con tu esencia al lado mío, ya que parte de ese juramento fue que todos los días de mi existencia, te recordaré a pesar del dolor que esto me cause, que signifique oprimir las yagas que tu partida dejó en mi ser… Sin importar nada de ello, hoy volví a ver tu sonrisa en un instante, en un parpadeo, en un suspiro, en un anhelo.

Quisiera contarte que es todo lo que ha pasado desde aquel 23 de marzo, donde realizamos la llamada que puso fin a esta historia, donde toda aquella charla a través del celular demostró lo que paso durante cinco años. Lloramos, reímos, reñimos, analizamos, mentimos, prometimos, suplicamos, nos celamos y al final llegamos a lo mismo, decir adiós en una total confusión, con un hermetismo tal que hoy día trato de buscar respuesta y me dan escalofríos. Al pensar en el futuro podría descifrar cosas positivas para ti, cosas que con una enorme ufanía invaden mi sonrisa, pero al revisar mi futuro y qué es lo que quiero de él, no puedo ver nada; mi única excusa burda es que el pretérito y lo venidero no existen, pero solo es un “bastón” para evadir mis metas y propósitos. Platicarte lo que ha pasado parece muy distante; son ya nueve meses sin tu voz, sin tu olor, sin tu palpitar tan acelerado que siempre emanabas al abrazarte. Nueve meses de levantarme sin ser mi primera llamada del día… nueve meses sin que me platiques qué soñaste o cómo dormiste; nueve meses sin viajar a tu colonia, a tu casa. Nueve meses de buscarte y encontrarte en cada canción, nueve meses de pronunciar tu nombre sin que nadie pronuncie el mío, nueve meses de recuerdos, nueve meses de estar irritado con todo aquel que me interrumpa cuando pienso en ti… nueve meses de estar muerto en vida.

Al principio de este rompimiento pensé que todo se trataba de una lección, la cual merecía. Con cada uno de los castigos impuestos por ti, no supe aprovechar ni demostrar las simplicidades del amor, de una relación que empezó como un juego al besarte aquella noche la mano, en tono de “me gustas”, y tú me regalaste una tierna sonrisa. Nuestro primer beso a las afueras de tu casa, poniéndole fin con aquella misma sonrisa. Me equivoqué, amor mío, es lo único que puedo decir. Sé que no sirve de nada, por eso tu tranquilidad y tu felicidad que dependen de alguna pequeña manera en parte mía, en no buscarte para que no recuerdes nada amargo, que ahora en adelante todo sea dulce y con buen sabor.

Mi caminar después de tu partida es lleno de altibajos, y con muchas contrariedades sigo refugiado en esta depresión severa, con medicamentos para controlar mi nivel de ansiedad, con terapia para tratar de desahogar todo lo que vengo cargando antes y después de ti. Por una parte comencé a conocer gente; indirectamente las condiciones impuestas por la sociedad me orillan a convivir, a conocer personas para las cuales pasé de ser desconocido a alguien famoso, pero por otra la parte más fuerte mi cerebro me orilla al lado contrario, a encerrarme en mi cuarto, en mis ideas, en mis recuerdos.

Son incontables las horas que paso en este pequeño espacio que ocupo en la casa de mis padres, donde devoro libros, donde analizo muchas veces cosas de las que jamás voy a obtener respuestas… anagramas en que ni los mismos historiadores tienen pruebas fehacientes de sus teorías, temas que parecen simples pero te adentras en ellos y se vierten complejos, sobre lo bueno y lo malo, sus arquetipos, si la historia que sabemos acerca de todas nuestras raíces es cierta o solo escuchamos y aprendemos por obligación.

Dentro del panorama que ahora la vida me ha puesto, conocí a una persona muy sabia -“JEGU” son sus iníciales. Trato de analizar el significado de esta persona en mi vida, pero lo único que concluyo es que mis conocimientos son de un Neanderthal a comparación de él. A pesar de ser un genio, su nivel de tolerancia y humanidad son inexplicables; cuando llegué a este nuevo ambiente, él fue el único que me recibió con los brazos abiertos sin verme como competencia o como un rival; muchas tardes he platicado con él sobre los temas que me quitan la tranquilidad, sobre lo que he estado viviendo… el alivio que me provoca mantener una charla con él es de verdad muy preocupante, ni el medicamento me hace sentir lo que las palabras de este culto individuo. Demasiadas tardes he platicado anécdotas, secretos que ni yo mismo repetía por temor a que alguien por error escuchara, así fuera el lugar más privado que conociera. El afecto y la confianza fue creciendo con este colega, llegando a compartir la mesa con él y su familia, estrecharnos la mano y sentir en ese saludo el lazo de amistad que habíamos forjado.

El compartir muchas cosas de nuestra filosofía de vida no exentaba que a veces mantuviéramos debates sobre algunos temas, por ejemplo creencias, estados de ánimo, deportes. Tiene maneras muy sutiles pero a la vez directas de expresar sus opiniones u objeciones. Por ejemplo, una de ellas fue cuando expresé “mañana jugamos contra Estados Unidos” y me dijo “¿vas a jugar?“ Yo no comprendí en ese momento su sarcasmo, pero después de unos segundos apunté “¡ojala!, pero no creo que me den oportunidad”. De ahí comenzó a platicar su conocimiento sobre el fútbol, el libro que escribió acerca del fanatismo; después prosiguió preguntándome el por qué admiraba a ciertos equipos como el atlas; yo solo supe contestar que el estilo que siempre pregonaba ese equipo era ofensivo, sus jugadores solían ser de la cantera, con pocas contrataciones, muchas de ellas discretas. El sin embargo me escuchó, y dándose cuenta que yo tenía poca cultura acerca de la historia del equipo, me preguntó que si conocía la historia de los colores de este conjunto de Jalisco. Sinceramente respondí que no; me contó cómo es que a principios del siglo pasado los obreros de aquella ciudad estaban en huelga. Las banderas rojinegras colgadas a lo alto de cada una de las empresas eran el estandarte de lucha de esos trabajadores; su pliego petitorio era fácil de cumplir: un aumento salarial accesible, primordialmente. La huelga terminó y los trabajadores se preguntaron “¿qué hacemos con las telas rojinegras?”. Optaron en convertirlas en uniformes.

Sin duda me quedé asombrado. Así siguió con explicarme detalladamente de qué se trataba su libro acerca del fanatismo en la mente común de esta sociedad; concordamos en muchas de esas ideas, yo exponiendo como consigna mis conocimientos sobre psicología del mexicano, el contrapunteó con la psicología de las minorías activas.

De ahí se extendió la charla hasta tocar el tema de Jesucristo, que iba de la mano al estar hablando de fe a un pedestal con una figura vacía; me compartió que él fue, al igual que muchos, donde busco en un templo la salvación, o las claves para ser una mejor persona, un excelente padre… Perteneció a todo tipo de religión, donde la veneración y rituales eran similares aunque sí con diferentes nombres, alguna que otra con una modificación sobre imágenes y el símbolo de la cristiandad.

A mí me pareció prudente mencionar mi “experiencia” sobre este tema; fui un católico por herencia, por imposición; he leído la Biblia pero no me produce nada, no me nutre ni modifica nada el escuchar palabras para algunos tan sabias; el hecho es que para criticar y expresar sobre cualquier temática debes conocer el contenido de la misma: mi madre insistía que la base de la moral y la espiritualidad implicaba leer este librito con más de mil hojas, pero me parecía absurdo. La vida y la sabiduría se forman en cada caída, en la tempestad donde no solo es aprender a sobrellevarla si no caminar en ella. Me vi obligado a estudiar esta obra llena de fabulas y leyendas; con un amigo de la infancia recordaba que hacíamos juegos para divertirnos en la tediosa clase del catecismo, el preguntaba, yo tenía que contestar cantando o rimando: estábamos sentados en un área verde escuchando “la palabra del señor”, atentos, teniendo la mirada fija en el pasto, contando los minutos para irnos a casa. Mi compañero a lado mío me escribió en una hoja:… “¿frase más estúpida de librito?” Yo voltee asombrado y a mi vez soltando una risa de que alguien retara mi creatividad, así que contesté en un tono musical al estilo navideño:

si a alguno de ustedes,

Le falta sabiduría,

Pídasela a dios, y

Dios que da a todos generosamente

Y sin echarlo en cara

Se la concederá”

Esa frase la habían expuesto un par de niñas dos sábados antes; la frase era de Santiago 1:5. El catequista nos descubrió al ver que reíamos entre dientes. Nos apartó del grupo y nos puso como castigo el permanecer parados con los brazos extendidos, abriendo y cerrando los dedos; a mi compañero parecía no importarle, yo en cambio me sentí por un instante como Dimas y Gestas, fue como un flash back.

Mi colega solo se rió de aquella anécdota con la que terminé de platicar mis sucesos acerca de la fe; así pasaba la mayoría de las tardes platicando sobre varias cuestiones, muchos conocidas y otras de los cuales yo muchas veces optaba por callarme y escuchar cátedra, por respeto a que él es mucho mayor que yo, pero muy expectante de aprender algo que yo desconocía.

Respecto a la demás gente que me rodeaba, siempre mostré una cara de simpatía. Sé que ese nuevo ambiente era peligroso y lleno de personas simples, traicioneras, y con mucho interés por absorberte hasta lo último bueno que te pertenezca. Una mujer de aproximadamente 40 años me dijo que tenía la impresión que al llegar donde yo estaba era como ser una manzana verde muy bonita recién caída de un árbol, y al paso del tiempo en este ambiente te podrías, te agusanabas.

Empecé a conocer y probar en propia practica acciones que nunca había realizado: el cómo decirle a alguien “te ves muy bien”, darte la vuelta y mofarte de lo que traía puesto; nunca había estado en un gimnasio donde ahí también te das cuenta de la fragilidad de las relaciones interpersonales, la falsedad de muchas personas, donde la hipocresía, vanidad, y la envidia son la base principal del entorno.

No es que yo haya sido completamente sano antes de convivir con todas estas personas, si no que siempre, como parte de mi vida, trate de tener bien claro la sinceridad y el no estar observando que hace el otro, es decir supe discernir entre ser competente y competitivo; sobre todo a base de qué conseguiría cada uno de mis triunfos y fracasos.

Por supuesto sostuve pláticas con estas personas. Te das cuenta en dos o tres palabras la calaña de la persona con la que estás intercambiando ideas, de lo que son capaces y con qué medios conseguirán lo que les gusta, lo que desean, obvio sólo en esos momentos. No suelen ser personas muy profundas, más bien como superficiales, sin embargo una que otra, por ocasiones, muestra síntomas de humanidad, pero te adentras más en ello y te das cuenta que es lo mismo que las otras solo que con mas hipocresía.

Así pasaron cada uno de los meses restantes del año, con esta bipolaridad de ideas que aun no logro digerir. El día pasa aletargado, sin sabor, sin olor, al estar refugiado fines de semana completos en mi cuarto escuchando una y otra vez melodías, pero he aprendido algo: me refugié o más bien me atreví a escuchar canciones con sentido que detrás de ello hay cultura, aprendí que no todas las canciones tienen que hablar de amor o de lo contrario a ello y no porque sea malo, pero me parece que la pseudología fantástica muchas veces está apoderada de esas canciones vanas, que al igual que la gente que me rodea por ratos, son superficiales.

A mediados del año me sentía cansado, no la pasaba bien, el estrés se había apoderado de mi sistema nervioso y comencé a perder aun más el apetito, el sueño, las ganas de estar aquí. Tu recuerdo golpeaba mi ser y mi espíritu a su antojo.

Entendía que era un adicto, si, un dependiente de tu risa, de tus palabras, pero ya no podía hacer nada para remediar esta situación; estuve tentado a llamarte, a tomar el auto y buscarte sin tener miedo de que lo que vieran mis ojos no fuera a gustarme del todo. Sí, estoy enfermo, pero también comprendía en mi arrepentimiento que el amor no es una gratitud, ni un premio, el amor es simplemente una historia sin guión, y que se debe vivir y palpitar el minuto a minuto de éste, sin contemplar los 60 segundos anteriores o los que le siguen al que estás viviendo actualmente, eso aprendí sólo encerrado sin más ruido que mi respiración.

El primer fin de semana del mes de diciembre, tuve que hospedarme en un hotel de la ciudad de México para cumplir con unos compromisos laborales. Ese domingo fue más lento que muchos otros, y vino con mucha fuerza el recuerdo de lo que eran los domingos cuando me querías, dormido junto a ti, observando tu descansar; pero volví a la realidad: estaba en el hotel Montevideo ubicado en la avenida del mismo nombre, a un costado de la basílica de Guadalupe; las peregrinaciones pasaban desde el medio día. No puse mucha atención a aquel suceso; después de la comida regrese a mi cuarto y observaba la televisión buscando algo que nutriera mi ansiedad de hacer algo productivo.

Escuchaba ruido a la afueras del hotel; los peregrinos seguían en su recorrer y mientras observaba su caminar, recordé el libro que había leído hacía dos meses: era una obra llamada “Coatl“, escrita por Antonio Guadarrama Collado. Este autor mencionaba que su impresionante novela estaba basada en documentos reales, sobre profecías prehispánicas donde el misterio de una serpiente se hilvana peligrosamente con el milagro Guadalupano y la fe enfrentará la más dura prueba. Efectivamente todo el libro mantiene el suspenso donde todo comienza cuando un hallazgo arqueológico desentierra un misterio que ha sido celosamente guardado por la iglesia; este descubrimiento apunta a una profecía y la respuesta apunta a un humilde ayate sobre el cual fue edificada la fe cristiana en el continente americano.

Me preguntaba si estos peregrinos sabrían sobre la existencia de ese libro o se detenían a analizar lo que sabían de su virgen. Cuando volví de ese pensamiento vi llegar una caravana más corta de personas que venían caminando al frente de ellos. Una camioneta de redilas con una virgen guadalupana enorme tallada en un tronco de madera que parecía tener una gota derramada en su ojo izquierdo; la segunda intriga nació: ¿acaso la imagen que traían no valía tanto como la que venían a visitar? Las personas detrás de la camioneta parecían agotadas y llevaban una manta que decía: peregrinación Actopan Hidalgo “la ultima lagrima”. Observe señoras, niños en su mayoría, muchos descalzos pero todos llorando y mirando constantemente hacia el cielo como lanzando un vocativo de perdón. En ese momento, al cerrar la cortina de aquel cuarto de hotel, comprendí que yo seguía siendo un peregrino. Tal vez la gente que me rodeaba me observaba como un guadalupano que sigo idolatrando y extrañando a un fantasma, a ese ser que ya no existe más en mi realidad, que me hace ser igual que ellos, despertándome y pensando en ella como una diosa. Me parezco en todo a estos cristianos venerando algo que cree en mi mente, que seguramente tiene más devotos de su imagen.

Cristian Gibran Dracon