domingo, 21 de febrero de 2010

UN MUNDO FELIZ (Aldous Huxley) - 16-

CAPÍTULO XV
El personal del Hospital de Moribundos de Park Lane estaba constituido por ciento sesenta y dos Deltas divididos en dos Grupos Bokanovsky de ochenta y cuatro hembras pelirrojas y setenta y dos mellizos varones, dolicocéfalos y morenos. A las seis de la tarde, cuando terminaban su jornada de trabajo, los dos grupos se reunían en el vestíbulo del hospital y el delegado subadministrador les distribuía su ración de soma.

Al salir del ascensor, el Salvaje se encontró en medio de ellos. Pero su mente estaba ausente; se hallaba con la muerte, con su dolor, con su remordimiento; maquinalmente, sin tener conciencia de lo que hacía, empezó a abrirse paso a codazos entre la muchedumbre.

-¡Eh! ¿A quién empujas?

-¿Adónde te figuras que vas?

Aguda, grave, de una multitud de gargantas separadas sólo dos voces chillaban o gruñían. Repetidos indefinidamente, como por una serie de espejos, dos rostros, uno de ellos como una luna barbilampiña, pecosa y aureolada de rojo, y el otro alargado, como una máscara de pico de ave, con barba de dos días, se volvían enojados a su paso. Sus palabras y los codazos que recibía en las costillas lograron devolver a John la conciencia del lugar donde se encontraba. Volvió a despertar a la realidad externa, miró a su alrededor, y reconoció lo que veía; lo reconoció con una sensación profunda de horror y de asco, como el repetido delirio de sus días y sus noches, la pesadilla de aquellas semejanzas perfectas, inidentificables, que pululaban por doquier. Mellizos, mellizos... Como gusanos, habían formado un enjambre profanador sobre el misterio de la muerte de Linda.

-¡Reparto de soma! -gritó una voz-. Con orden, por favor. Venga, de prisa.

Se había abierto una puerta, y alguien instalaba una mesa y una silla en el vestíbulo. La voz procedía de un dinámico joven Alfa, que había entrado llevando en brazos una pequeña arca de hierro, negra. Un murmullo de satisfacción brotó de labios de la multitud de mellizos que esperaban. Inmediatamente olvidaron al Salvaje. Su atención se hallaba ahora enteramente concentrada en la caja negra que el joven, tras haberla colocado encima de la mesa, la estaba abriendo. Levantó la tapa.

-¡Oooh...! -exclamaron los ciento sesenta y dos Deltas simultáneamente, como si presenciaran un castillo de fuegos artificiales.

El joven sacó de la caja negra un puñado de cajitas de hojalata.

-Y ahora -dijo el joven, perentoriamente-, acérquense, por favor. Uno por uno, y sin empujar.

Uno por uno, y sin empujar, los mellizos se acercaron a la mesa. Primero dos varones, después una hembra, después otro varón, después tres hembras, después...

El Salvaje seguía mirando. ¡Oh, maravilloso nuevo mundo! ¡Oh, maravilloso nuevo mundo! En su mente, la rítmicas palabras parecían cambiar de tono. Se habían mofado de él a través de su dolor y su remordimiento, con un horrible matiz de cínica irrisión. Riendo como malos espíritus, las palabras habían insistido en la abyección y la nauseabunda fealdad de aquella pesadilla. Y ahora, de pronto, sonaban como un clarín convocando a las armas. ¡Oh, maravilloso nuevo mundo!

-¡No empujen! -grito el delegado del subadministrador, enfurecido. Cerró de golpe la tapa de la caja negra-

Dejaré de repartir soma si no se portan bien.

Los Deltas rezongaron, se dieron con el codo unos a otros, y al fin permanecieron inmóviles y en silencio.

La amenaza había sido eficaz. A aquellos seres, la sola idea de verse privados del soma se les antojaba horrible.

-¡Eso ya está mejor! -dijo el joven.

Y volvió a abrir la caja.

Linda había sido una esclava; Linda había muerto; otros debían vivir en libertad y el mundo debía recobrar su belleza. Como una reparación, como un deber que cumplir. De pronto, el Salvaje vio luminosamente claro lo que debía hacer; fue como si hubiesen abierto de pronto un postigo o corrido una cortina.

-Vamos -dijo el delegado del subadministrador.

Otra mujer caqui dio un paso al frente. -¡Basta! -gritó el Salvaje, con sonora y potente voz-. ¡Basta!

Se abrió paso a codazos hasta la mesa; los Deltas lo miraban asombrados.

-¡Ford! -dijo el delegado del subadministrador, en voz baja-. ¡Es el Salvaje!

Lo sobrecogió el temor.

-Oídme, por favor -gritó el Salvaje, con entusiasmo-. Prestadme oído... -Nunca había hablado en público hasta entonces, y le resultaba difícil expresar lo que quería decir-. No toméis esta sustancia horrible. Es veneno, veneno.

-Bueno, Mr. Salvaje -dijo el delegado del subadministrador, sonriendo amistosamente-.

¿Le importaría que...?

-Es un veneno tanto para el cuerpo como para el alma.

-Está bien, pero tenga la bondad de permitirme que siga con el reparto. Sea buen muchacho.

-¡Jamás! -gritó el Salvaje.

-Pero, oiga, amigo...

-Tire inmediatamente ese horrible veneno.

Las palabras tire inmediatamente ese veneno se abrieron paso a través de las capas de incomprensión de los Deltas hasta alcanzar su conciencia. Un murmullo de enojo brotó de la multitud.

-He venido a traeros la paz -dijo el Salvaje, volviéndose hacia los mellizos-. He venido...

El delegado del subadministrador no oyó más; se había deslizado fuera del vestíbulo y buscaba un número de la guía telefónica.

-No está en sus habitaciones -resumió Bernard-. Ni en las mías, ni en las tuyas. Ni en el Aphroditcum; ni en el Centro, ni en la Universidad. ¿Adónde puede haber ido?

Helmholtz se encogió de hombros. Habían vuelto de su trabajo confiando que encontrarían al Salvaje esperándoles en alguno de sus habituales lugares de reunión; y no había ni rastro del muchacho. Lo cual era un fastidio, puesto que tenían el proyecto de llegarse hasta Biarritz en el deporticóptero de cuatro plazas de Helmholtz. Si el Salvaje no aparecía pronto, llegarían tarde a la cena.

-Le concederemos cinco minutos más -dijo Helmholtz-. Y si entonces no aparece...

El timbre del teléfono lo interrumpió. Descolel receptor.

-Diga.

Después, tras unos momentos de escucha, soltó un taco:

-¡Ford en su carromato! Voy en seguida. -¿Qué ocurre? -preguntó Bernard. -Era un tipo del Hospital de Lane Park, al que conozco -dijo Helmholtz-. Dice que el Salvaje está allá. Al parecer, se ha vuelto loco. En todo caso, es urgente. ¿Me acompañas?

Juntos corrieron por el pasillo hacia el ascensor.

-¿Cómo puede gustaros ser esclavos? -decía el Salvaje en el momento en que sus dos amigos entraron en el Hospital-. ¿Cómo puede gustaros ser niños? Sí, niños. Berreando y haciendo pucheros y vomitando -agregó, insultando, llevado por la exasperación ante su bestial estupidez, a quienes se proponía salvar.

Los Deltas le miraban con resentimiento.

-¡Sí, vomitando! -gritó claramente. El dolor y el remordimiento parecían reabsorbidos en un intenso odio todopoderoso contra aquellos monstruos infrahumanos-. ¿No deseáis ser libres y ser hombres? ¿Acaso no entendéis siquiera lo que son la humanidad y la libertad? -El furor le prestaba elocuencia; las palabras acudían fácilmente a sus labios-.

¿No lo entendéis? -repitió; pero nadie contestó a su pregunta-. Bien, pues entonces - prosiguió, sonriendo- yo os lo enseñaré; y os liberaré tanto si queréis como si no.

Y abriendo de par en par la ventana que daba al patio interior del Hospital empezó a arrojar a puñados las cajitas de tabletas de soma.

Por un momento, la multitud caqui permaneció silenciosa, petrificada, ante el espectáculo de aquel sacrilegio imperdonable, con asombro y horror.

-Está loco -susurró Bernard, con los ojos fuera de las órbitas-. Lo matarán. Lo...

Súbitamente se levantó un clamor de la multitud, y una ola en movimiento avanzó amenazadoramente hacia el Salvaje.

-¡Ford le ayude! -dijo Bernard, y apartó los ojos.

-Ford ayuda a quien se ayuda.

Y, soltando una carcajada, una auténtica carcajada de exaltación, Helmholtz Watson se abrió paso entre la multitud.

-¡Libres, libres! -gritaba el Salvaje.

Y con una mano seguía arrojando soma por la ventana, mientras con la otra pegaba puñetazos a las caras gemelas de sus atacantes.

-¡Libres!

Y vio a Helmholtz a su lado -¡el bueno de Helmholtz!-, pegando puñetazos también.

-¡Hombres al fin!

Y, en el intervalo, el Salvaje seguía arrojando puñados de cajitas de tabletas por la ventana abierta.

-¡Sí, hombres, hombres!

Hasta que no quedó veneno. Entonces levantó en alto la caja y la mostró, vacía, a la multitud. -¡Sois libres!

Aullando, los Deltas cargaron con furor redoblado.

Vacilando, Bernard se dijo: Están perdidos, y llevado por un súbito impulso, corrió hacia delante para ayudarles; luego lo pensó mejor y se detuvo; después, avergonzado, avanzó otro paso; de nuevo cambió de parecer y se detuvo, en una agonía de indecisión humillante. Estaba pensando que sus amigos podían morir asesinados si él no los ayudaba, pero que también él podía morir si los ayudaba, cuando (¡alabado sea Ford!) hizo irrupción la policía con las máscaras puestas, que les prestaban el aspecto estrafalario de unos cerdos de ojos saltones.

Bernard corrió a su encuentro, agitando los brazos; aquello era actuar, hacer algo. Gritó ¡Socorro! varias veces, cada vez más fuerte, como para hacerse la ilusión de que ayudaba en algo:

-¡Socorro, socorro, socorro!

Los policías lo apartaron de su paso y se lanzaron a su tarea. Tres agentes, que llevaban sendos aparatos pulverizadores en la espalda, empezaron a esparcir vapores de soma por los aires. Otros dos se afanaron en torno del Aparato de Música Sintética portátil. Otros cuatro, armados con sendas pistolas de agua cargadas con un poderoso anestésico, se habían abierto paso entre la multitud, y derribaban metódicamente, a jeringazos, a los luchadores más encarnizados.

-¡Rápido, rápido! -chillaba Bernard-. ¡Les matarán si no se dan prisa! Les...! Oh!

Irritado por sus chillidos, uno de los policías le lanzó un disparo de su pistola de agua. Bernard permaneció unos segundos tambaleándose sobre unas piernas que parecían haber perdido los huesos, los tendones y los músculos para convertirse en simples columnas de gelatina y al fin agua pura, y se desplomó en el suelo como un fardo.

Súbitamente, del aparato de Música Sintética surgió una Voz que empezó a hablar. La Voz de la Razón, la Voz de los Buenos Sentimientos. El rollo de pista sonora soltaba su Discurso Sintético Anti-Algazaras número 2 (segundo grado). Desde lo más profundo de un corazón no existente, la Voz clamaba: ¡Amigos míos, amigos míos!, tan patéticamente, con tal entonación de tierno reproche que, detrás de sus máscaras antigás, hasta, a los policías se les llenaron de lágrimas los ojos.

-¿Qué significa eso? -proseguía la Voz-. ¿Por qué no sois felices y no sois buenos los unos para con los otros, todos juntos? Felices y buenos -repetía la Voz-. En paz, en paz.

-Tembló, descendió hasta convertirse en un susurro y expiró momentáneamente-. ¡Oh, cuánto deseo veros felices! -empezó de nuevo, con ardor-. ¡Cómo deseo que seáis buenos! Por favor, sed buenos y...

Dos minutos después, la Voz y el vapor de soma habían producido su efecto. Con los ojos anegados en lágrimas, los Deltas se besaban y abrazaban mutuamente, media docena de mellizos en un solo abrazo. Hasta Helmholtz y el Salvaje estaban a punto de llorar. De la Administración llegó una nueva carga de cajitas de soma; a toda prisa se procedió a repartirlas, y al son de las bendiciones cariñosas, abaritonadas, de la Voz, los mellizos se dispersaron, berreando, como si el corazón fuera a hacérseles pedazos.

-Adiós, adiós, mis queridísimos amigos. ¡Ford os salve! Adiós, adiós, mis queridísimos...

Cuando el último Delta hubo salido, el policía desconectó el aparato, y la Voz angélica enmudeció.

--¿Seguirán ustedes sin ofrecer resistencia? -preguntó el sargento-. ¿O tendré que anestesiarles?

Y levantó amenazadoramente su pistola de agua.

-No ofreceremos resistencia -contestó el Salvaje, secándose alternativamente la sangre que brotaba de un corte que tenía en los labios, de un arañazo en el cuello y de un mordisco en la mano izquierda.

Sin retirar el pañuelo de la nariz, que sangraba en abundancia, Helmholtz asintió con la cabeza.

Bernard acababa de despertar, y, tras comprobar que había recobrado el movimiento de las piernas, eligió aquel momento para intentar escabullirse sin llamar la atención.

-¡Eh, usted! -gritó el sargento.

Y un policía, con su máscara porcina, cruzó corriendo la sala y puso una mano en el hombro del joven.

Bernard se volvió, procurando asumir una expresión de inocencia indignada. ¿Que él escapaba? Ni siquiera lo había soñado.

-Aunque no acierto a imaginar qué puede desear de mí -dijo al sargento.

-Usted es amigo de los prisioneros, ¿no es cierto?

-Bueno... -dijo Bernard; y vaciló. No, no podía negarlo-. ¿Por qué no había de serlo? - preguntó.

-Pues sígame -dijo el sargento.

Y abrió la marcha hacia la puerta y hacia el coche celular que esperaba ante la misma.

domingo, 14 de febrero de 2010

UN MUNDO FELIZ (Aldous Huxley) - 15 -

CAPITULO XIV
El Hospital de Moribundos, de Park Lane, era una torre de sesenta plantas, recubierto de azulejos color de prímula. Cuando el Salvaje se apeó del taxicóptero, un convoy de vehículos fúnebres aéreos, pintados de alegres colores, despegó de la azotea y voló en dirección a poniente, rumbo al Crematorio de Slough, cruzando el parque. Ante la puerta del ascensor, el portero principal le dio la información requerida, y John bajó a la sala 81 (la Sala de la senilidad galopante, como le explicó el portero), situada en el piso séptimo.

Era una vasta sala pintada de amarillo y brillantemente iluminada por el sol, que contenía una veintena de camas, todas ellas ocupadas. Linda agonizaba en buena compañía; en buena compañía y con todos los adelantos modernos. El aire se hallaba constantemente agitado por alegres melodías sintéticas. A los pies de la cama, de cara a su moribundo ocupante, había un aparato de televisión. La televisión funcionaba, como un grifo abierto, desde la mañana a la noche. Cada cuarto de hora, por un procedimiento automático se variaba el perfume de la sala.

-Procuramos -explicó la enfermera que había recibido al Salvaje en la puerta-, procuramos crear una atmósfera tan agradable como sea posible, algo así como un intercambio entre un hotel de primera clase y una sala de sensorama, ¿comprende lo que quiero decir?

-¿Dónde está Linda? -preguntó el Salvaje, haciendo caso omiso de tan corteses explicaciones.

La enfermera se mostró ofendida.

-Lleva usted mucha prisa -dijo.

-¿Cabe alguna esperanza? -preguntó John.

-¿De que no muera, quiere decir?

-John afirmó. No, claro que no. Cuando envían a alguien aquí, no hay...

-Sorprendida ante la expresión de dolor y la palidez del rostro del muchacho, la enfermera se interrumpió-.

Bueno, ¿qué le pasa? -preguntó. No estaba acostumbrada a aquellas reacciones en sus visitantes, que, por cierto, eran muy escasos, como es lógico-. No se encontrará mal, ¿verdad?

John denegó con la cabeza.

-Es mi madre -dijo, con voz apenas audible.

La enfermera le miró con ojos aterrorizados, llena de sobresalto, e inmediatamente desvió la mirada, sonrojada como una ascua.

-Acompáñeme a donde está Linda -dijo el Salvaje, haciendo un esfuerzo por hablar en tono normal.

Sin perder su sonrojo, la enfermera lo llevó hacia el otro extremo de la sala. Rostros todavía lozanos y sonrosados (porque la sensibilidad era un proceso tan rápido que no tenía tiempo de marchitar las mejillas, y sólo afectaba al corazón y el cerebro) se volvían a su paso. Su avance era seguido por los ojos impávidos, sin expresión, de unos seres sumidos en la segunda infancia. El Salvaje, al mirar a aquellos agonizantes, se estremeció.

Linda yacía en la última cama de la larga hilera, contigua a la pared. Recostada sobre unas almohadas, contemplaba las semifinales del Campeonato de tenis Riemann Sudamericano, que se jugaba en silenciosa y reducida reproducción en la pantalla del aparato de televisión instalado a los pies de su cama. Las pequeñas figuras corrían de un lado a otro del pequeño rectángulo del cristal iluminado, sin hacer ruido, como peces en un acuario: habitantes mudos, pero agitados, de otro mundo.

Linda contemplaba el espectáculo sonriendo vagamente, sin comprender. Su rostro pálido y abotagado, mostraba una expresión de estupidizada felicidad. De vez en cuando sus párpados se cerraban, y parecía adormilarse por unos segundos. Después, con un ligero sobresalto, se despertaba de nuevo, y volvía al acuario de Ios Campeonatos de Tenis, a la versión que ofrecía la Super-Voz-Wurlitzeriana de Abrázame hasta drogarme, amor mío, al cálido aliento de verbena que brotaba el ventilador colocado por encima de su cabeza. Despertaba a todo esto, o, mejor, a un sueño del cual formaba parte todo esto, transformado y embellecido por el soma que circulaba por su sangre, y sonreía con su sonrisa quebrada y descolorida de dicha infantil.

-Bueno, tengo que irme -dijo la enfermera. Está a punto de llegar el grupo de niños. Además, debo atender al número 3. -Y señaló hacia un punto de la sala-. Morirá de un momento a otro. Bueno, está usted en su casa.

Y se alejó rápidamente.

El Salvaje tomó asiento al lado de la cama.

-Linda -murmuró, acogiéndole una mano.

Al oír su nombre, la anciana se volvió. En sus ojos brilló el conocimiento. Apretó la mano de su hijo, sonrió y movió los labios; después, súbitamente, la cabeza le cayó hacia delante. Se había dormido. John permaneció a su lado, mirándola, buscando a través de aquella piel envejecida -y encontrándola-, aquella cara joven, radiante, que se asomaba sobre su niñez, en Malparís, recordando (y John cerró los ojos) su voz, sus movimientos, todos los acontecimientos de su vida en común. Arre, estreptococos, a Bambari-T... ¡Qué bien cantaba su madre! Y aquellos versos infantiles, ¡cuán mágicos y misteriosos se le antojaban!

Vitamina A, vitamina B, vitamina C,

la grasa está en el hígado y el bacalao en el mar.

Recordando aquellas palabras y la voz de Linda al pronunciarlas, las lágrimas acudían a los ojos de John. Después, las lecciones de lectura: El crío está en el frasco; el gato duerme. Y las Instrucciones Elementales para Obreros Beta en el Almacén de Embriones. Y las largas veladas junto al fuego, o, en verano, en la azotea de la casita, cuando ella le contaba aquellas historias sobre el Otro Lugar, fuera de la Reserva: aquel hermosísimo Otro Lugar cuyo recuerdo, como el de un cielo, de un paraíso de bondad y de belleza, John conservaba todavía intacto, inmune al contacto de la realidad de aquel Londres real, de aquellos hombres y mujeres civilizados de carne y hueso.

El súbito sonido de unas voces agudas le indujo a abrir los ojos, y, después de secarse rápidamente las lágrimas, miró a su alrededor. Vio entrar en la sala lo que parecía un río interminable de mellizos idénticos de ocho años de edad. Iban acercándose, mellizo tras mellizo, como en una pesadilla. Sus rostros, su rostro repetido -porque entre todos sólo tenían uno- miraba con expresión de perro falderillo, todo orificio de nariz y ojos saltones y descoloridos. El uniforme de los niños era caqui. Todos iban con la boca abierta. Entraron chillando y charlando por los codos. En un momento la sala quedó llena de ellos. Hormigueaban entre las camas, trepaban por ellas, pasaban por debajo de las mismas, a gatas, miraban la televisión o hacían muecas a los pacientes.

Linda los asombró y casi los asustó. Un grupo de chiquillos se formó a los pies de su cama, mirando con la curiosidad estúpida y atemorizada de animales súbitamente enfrentados con lo desconocido.

-¡OH, mirad, mirad! -Hablaban en voz muy alta, asustados-. ¿Qué le pasa? ¿Por qué está tan gorda?

Nunca hasta entonces habían visto una cara como la de Linda; nunca habían visto más que caras juveniles y de piel tersa, y cuerpos esbeltos y erguidos. Todos aquellos sexagenarios moribundos tenían el aspecto de jovencitas. A los cuarenta y cuatro años, Linda parecía, por contraste, un monstruo de sensibilidad fláccida y deformada.

-¡Es horrible! -susurraban los pequeños espectadores-. ¡Mirad qué dientes!

De pronto de debajo de la cama surgió un mellizo de cara de torta, entre la silla de John y la pared, y empezó a mirar de cerca la cara de Linda, sumida en el sueño.

-¡Vaya...! -empezó.

Pero su frase acabó prematuramente en un chillido. El Salvaje lo había agarrado por el cuello, lo había levantado por encima de la silla, y con un buen sopapo en las orejas lo había despedido lejos, aullando.

Sus gritos atrajeron a la enfermera jefe, que acudió corriendo.

-¿Qué le ha hecho usted? -preguntó, enfurecida-. No permitiré que pegue a los niños.

-Pues entonces apártelos de esta cama. -La voz del Salvaje temblaba de indignación-.

¿Qué vienen a hacer esos mocosos aquí? ¡Es vergonzoso!

-¿Vergonzoso? ¿Qué quiere decir? Así les condicionamos ante la muerte. Y le advierto - prosiguió amenazadoramente- que si vuelve usted a poner obstáculos a su acondicionamiento, lo haré echar por los porteros.

El Salvaje se levantó y avanzó dos pasos hacia ella. Sus movimientos y la expresión de su rostro eran tan amenazadores que la enfermera, presa de terror, retrocedió. Haciendo un gran esfuerzo, John se dominó, y, sin decir palabra, se volvió en redondo y sentase de nuevo junto a la cama.

Más tranquila, pero con una dignidad todavía un tanto insegura, la enfermera dijo:

-Ya le he advertido; de modo que ande con cuidado.

Sin embargo, alejó de la cama a los excesivamente curiosos mellizos y los hizo unirse al juego del ratón y el gato que una de sus colegas había organizado al otro externo de la sala.

La Super-Voz-Wurlitzeriana había aumentado de volumen hasta llegar a un crescendo sollozante, y de pronto la verbena fue sustituida en el sistema de olores canalizados por un intenso perfume de pachulí. Linda se estremeció, despertó, miró unos instantes, con expresión asombrada, a los semifinalistas, levantó el rostro para olfatear una o dos veces el nuevo perfume que llenaba el aire y de pronto sonrió, con una sonrisa de éxtasis infantil.

-¡Popé! -murmuró; y cerró los ojos-. ¡Oh, cuánto me gusta, cuánto me gusta...!

Suspiró y se recostó de nuevo en las almohadas.

-Pero, ¡Linda! -imploró el Salvaje- ¿No me conoces?

John sintió una leve presión de la mano en respuesta a la suya. Las lágrimas asomaron a sus ojos. Se inclinó y la besó. Los labios de Linda se movieron.

-¡Popé! -susurró de nuevo.

Y John sintió como si le hubiese arrojado a la cara una paleta de basura.

La ira hirvió súbitamente en él. Frustrado por segunda vez, la pasión de su dolor había encontrado otra salida, se había transformado en una pasión de furor agónico.

-¡Soy John! -gritó-. ¡Soy John!

Y en la furia dolorida llegó a cogerla por los hombros y a sacudirla.

Lentamente los ojos de Linda se abrieron, y le vio, le vio.

-¡John!

Pero situó aquel rostro real, aquellas manos reales y violentas en un mundo imaginario, entre los equivalentes íntimos y privados del pachulí y la Super-Wurlitzer, entre los recuerdos transfigurados y las sensaciones extrañamente traspuestas que constituían el universo de su sueño. Sabía que era John, su hijo, pero le veía como un intruso en el Malpaís paradisíaco donde ella pasaba sus vacaciones de soma con Popé. John estaba enojado porque ella quería a Popé, la sacudía de aquella manera porque Popé estaba en la cama, con ella, como si en ello hubiese algo malo, como si no hiciera lo mismo todo el mundo civilizado.

-Todo el mundo pertenece a...

La voz de Linda murió súbitamente, convirtiéndose en un ronquido casi inaudible- la boca se le abrió, y Linda hizo un esfuerzo desesperado para llenar de aire sus pulmones. Pero era como si hubiese olvidado la técnica de la respiración. Intentó gritar y no brotó sonido alguno de sus labios; sólo el terror impreso en sus ojos abiertos revelaba el grado de su sufrimiento. Se llevó las manos a la garganta, y después clavó las uñas en el aire, aquel aire que ya no podía respirar, aquel aire que, para ella, había cesado de existir.

El Salvaje se hallaba de pie y se inclinó hacia ella.

-¿Qué te pasa, Linda? ¿Qué tienes?

Su voz tenía un tono de imploración, como si John pudiera ser tranquilizado.

La mirada que Linda le lanzó aparecía cargada de un terror indecible; de terror y, así se lo pareció a él, de reproche. Linda intentó incorporarse en la cama, pero cayó sobre las almohadas. Su rostro se deformó horriblemente y sus labios cobraron un intenso color azul.

El Salvaje se volvió y corrió al otro extremo de la sala.

-¡De prisa! ¡De prisa! -gritó-. ¡De prisa!

De pie en el centro del ruedo de mellizos que jugaban al ratón y al gato, la enfermera jefe se volvió. El primer impulso de asombro cedió lugar inmediatamente a la desaprobación.

-¡No grite! ¡Piense en esos niños! -dijo, frunciendo el ceño-. Podría descondicionarles... Pero ¿qué hace?

John había roto el círculo para penetrar en él. -¡Cuidado! -gritó la enfermera.

Un niño rompió a llorar.

-¡De prisa! ¡Corra! -John cogió a la enfermera por un brazo, arrastrándola consigo-. ¡Corra! Ha ocurrido algo. La he matado.

Cuando llegaron al otro extremo de la sala, Linda ya había muerto.

El Salvaje permaneció un momento en un silencio helado, después cayó de hinojos junto a la cama y, cubriéndose la cara con las manos, sollozó irreprimiblemente.

La enfermera permanecía de pie, indecisa, mirando, ora a la figura arrodillada junto a la cama (¡escandalosa exhibición!), ora a los mellizos (¡pobrecillos!) que habían cesado en su juego y miraban boquiabiertos y con los ojos desorbitados aquella escena repugnante que tenía lugar en torno de la cama número 20. ¿Debía hablar a aquel hombre? ¿Debía intentar inculcarle el sentido de la decencia? ¿Debía recordarle dónde se encontraba y el daño que podía causar a aquellos pobres inocentes? ¡Destruir su condicionamiento ante la muerte con aquella explosión asquerosa de dolor, como si la muerte fuese algo horrible, como si alguien pudiera llegar a importar tanto! Ello podía inculcar a aquellos chiquillos ideas desastrosas sobre la muerte, podía trastornarles e inducirles a reaccionar en forma enteramente errónea, horriblemente antisocial.

La enfermera, avanzando un paso, tocó a John en el hombro.

-¿No puede reportarse? -le dijo en voz baja airada.

Pero, mirando a su alrededor, vio que media docena de mellizos se habían levantado ya y se acercaban a ellos. La enfermera salió apresuradamente al paso de sus alumnos en peligro.

-Vamos, ¿quién quiere una barrita de chocolate? -preguntó en voz alta y alegre.

-¡Yo! -gritó a coro todo el grupo Bokanovsky.

La cama número 20 había sido olvidada. ¡Oh, Dios mío, Dios mío, Dios mío...! , repetía el Salvaje para sí, una y otra vez.

En el caos del dolor y remordimiento que llenaban su mente, eran las únicas palabras que lograba articular.

-¡Dios mío! -susurró en voz alta-. ¡Dios... -Pero ¿qué dice? -preguntó, muy cerca, una voz clara y aguda, entre los murmullos de la Super-Wulitzer.

El Salvaje se sobresaltó violentamente y, descubriendo su rostro, miró a su alrededor. Cinco mellizos caqui, cada uno con una larga barrita de chocolate en la mano derecha, sus cinco rostros idénticos embadurnados de chocolate, formaban círculo a su alrededor, mirándole con ojos saltones y perrunos.

Las miradas de los cinco mellizos coincidieron con la de John, y los cinco sonrieron simultáneamente. Uno de ellos señaló la cama con su barrita de chocolate.

-¿Está muerta? -preguntó.

El Salvaje los miró un momento en silencio. Después, en silencio, se levantó, y en silencio se dirigió lentamente hacia la puerta.

-¿Está muerta? -repitió el mellizo curioso, trotando a su lado.

El Salvaje lo miró, y, sin decir palabra, lo apartó de sí de un empujón. El mellizo cayó al suelo e inmediatamente empezó a chillar. El Salvaje ni siquiera se volvió.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Información de consumo rápido Leer noticias: La forma más perfecta de convertirse en un robot

En su objetivo esencial, la noticia "express", la "comida rápida" de la información, no está orientada a alimentar el conocimiento sino a engordar la ignorancia masiva. Es el recurso más efectivo que utiliza la estructura mediática para reconvertir al cerebro humano en un microchip repetidor de eslóganes al servicio de la dominación sin el uso de las armas.

Por Manuel Freytas (*)

En el sistema (nivelado como "mundo único"), sólo un minoría elabora (y consume) análisis o interpretaciones sobre los acontecimientos que se suceden en el planeta.

A nivel masivo, las "noticias" o la "información" publicada se sintetizan en títulos, volantas, y párrafos cortos que se resumen en sí mismos. Nacen y mueren a la misma velocidad de la lectura.

No hay contexto, no hay historia, no hay relación ni causalidad entre acontecimiento y acontecimiento, y, las noticias, como las imágenes, sólo se fijan (y quedan) en la retina mientras las miramos, las leemos o las escuchamos.

Para las agencias, diarios y grandes cadenas mediáticas (locales o internacionales), este formato de "consumo" es lo ideal.

La gente, dicen sus ejecutivos, siempre anda apurada. Y les hacemos el mundo fácil y simple de digerir.

Así se niveló mundialmente la comunicación "express", la información de "consumo rápido", solo títulos, párrafos cortos, hechos memorizados fáciles de digerir y recordar.

Y el "gran público" (el demandante masivo de información "express") se acostumbró a asimilar información "suelta" (sin porqué ni para qué) y sin analizar ni reflexionar sobre su autenticidad y origen.

Fácil y cortito, es la fórmula impuesta. Una especie de "mundo de eslóganes", que el "gran público" repite como un loro electrónico en su vida privada, en su trabajo, y en todos los chats y redes sociales donde le dejan inscribirse.

Y la información "express", nivelada y manipulada a escala global, creó un mundo a su imagen y semejanza: El mundo de los "opinadores" compulsivos programados por los eslóganes sueltos de las noticias "express".

Y como emergente lógico, la función de la reflexión y el análisis (natural del humano), fue reemplazada por el "comentario" sin sostén, y por la especulación con los rumores y las teorías conspirativas sin fundamento racional.

Hay una primera explicación técnica: La función del periodismo del sistema no es promover el conocimiento (la comprensión razonada) de la noticia, sino promover el "debate" sin reglas, la discusión irracional y esquizofrénica (sin análisis ni información procesada) de los títulos difundidos como "imágenes sueltas" para producir atracción comercial.

Programar lectores, televidentes, o internautas con eslóganes que confrontan con otros eslóganes, es la función y misión esencial que surge de la estructura operativa del periodismo masivo que vende "noticias" como si fueran hamburguesas en la góndola.

Y se produce el milagro buscado: El público masivo, el alienado programado (AP), consume información "express" de la misma manera que consume música, espectáculos, productos, hasta presidentes y normas de vida vendidos como si fueran desodorante de ambiente.

Esa sensación de "libertad sin fronteras" que les deja a los "opinadores" compulsivos la información de consumo rápido (como la comida chatarra de Mc Donalds) les permite, con total impunidad, "criticar" o "juzgar" casi cualquier acontecimiento sin tener información ni elementos fundantes de análisis sobre lo que se discute.

En este contexto, es muy común, por ejemplo, que un AP (alienado programado) "opine" sobre el conflicto de Irán sin saber siquiera identificarlo en el mapa.

En su objetivo esencial, la noticia "express", la "comida rápida" de la información, no está orientada a alimentar el conocimiento sino a engordar la ignorancia masiva.

Es el recurso más efectivo que utiliza la estructura mediática para reconvertir al cerebro humano en un microchip repetidor de eslóganes, mientras el sistema, gobiernos, bancos y empresas capitalistas (que financian a la estructura mediática) siguen depredando y haciendo negocios en el mundo real.

Desde el punto de vista de su utilización mediática, la noticia "express" se fundamenta y abreva en las técnicas del control mental.

Operativamente, el control mental es una técnica orientada a captar y/o manipular la conducta de las personas, controlando sus emociones y su capacidad de "reflexión", con la finalidad de direccionar comportamientos (sociales o individuales) hacia los fines buscados por el "controlador" (Gobiernos, grupos de poder, etc).

Este modelo de manipulación de conducta social (el control mental) se resume en el "pensamiento de manada", donde el individuo resigna su capacidad de "pensamiento propio" a cambio de protección por parte del líder (programador) del grupo.

Y el control mental, para que sea exitoso, necesita del "pensamiento sectario", cuya estructura está compuesta por un "receptor pasivo" (el manipulado con el control mental) y un "emisor activo (el líder programador).

En este caso, el consumidor alienado de noticias "express" es el receptor pasivo, mientras que la estructura mediática de programación es el emisor activo.

De manera tal que, dentro de este esquema funcional, no hay una identificación crítica con la noticia (un feed back entre emisor y receptor), sino una memorización pasiva orientada a impedir la comprensión totalizada de los acontecimientos sobre los que aparentemente se "informa".

El resultante (que se puede verificar fácilmente): El lector, televidente o radioescucha se convierte en un difusor pasivo de títulos (vaciados de contenidos críticos y reflexivos) que se retroalimentan como órdenes en el cerebro masivo.

Esto crea la atomización esquizofrénica, y permite, por ejemplo, que el receptor, pase, sin ninguna conexión reflexiva ni emocional, de una noticia sobre la muerte de 200.000 personas en Haití, a otra sobre la última producción discográfica de un cantante de moda.

Y este fenómeno explica, a su vez, la indiferencia de las mayorías frente a exterminios militares en masa de seres humanos indefensos (como los de Israel en Gaza) que, sin mediar la alienación atomizante mediática, producirían reacciones masivas contra sus perpetradores.

Este efecto se produce por una operación reduccionista y atomizante con las noticias "express". Por ejemplo: Si yo titulo "Israel está en guerra con Hamás", sin aclarar que Israel es la potencia agresora y Hamás el agredido, lavo las operaciones de exterminio del Estado judío de toda connotación genocida.

Trasladada a cualquier otro plano, la función de las noticias "sueltas" (descontextualizadas y sin conexión entre sí) está orientada a impedir que las mayorías (a través del pensamiento reflexivo) tomen conciencia de quién es el dominador y quien el dominado.

Esta es la razón que justifica el bombardeo diario con "titulares" que presentan los acontecimientos descuartizados y despojados de todo sentido de totalidad interpretativa.

Destruido su pensamiento crítico (por medio de la información descontextualizada y sin historia) el alienado programado se masifica y se nivela en trasmisor pasivo de un único mensaje: El que difunde (a modo de un "Gran Hermano") la estructura mediática que comercia con las "noticias".

La estructura del "pensamiento de manada" se traduce en un axioma funcional: El sistema no quiere que pienses por ti mismo, sino que obedezcas órdenes.

Estas órdenes (en la era del control mental) no son militares sino "persuasivas". No actúan por imposición física (la tortura y el miedo a la muerte), sino por imposición psicológica (la "persuasión" social).

La etapa de la "colonización de las sociedades" con el consumo de productos, comenzada en la década del 60, posibilitó la era de la "colonización mental" con el consumo de información perfeccionada con el advenimiento masivo de Internet y de las comunicaciones globalizadas en la década del 90.

Cuando el sistema capitalista trasnacional, por medio del consumo, niveló un "modelo único de pensamiento", sentó las bases psicosociales para el control político-ideológico por medio de la información periodística manipulada por operaciones psicológicas.

De manera tal, que las técnicas y estrategias del control mental se revalorizaron dentro de métodos científicos de direccionamiento de conducta de masas, y se convirtieron en una eficiente estrategia de dominio sin el uso de las armas.

Mediante la manipulación y direccionamiento de conducta por medios psicológicos el individuo-masa se convierte en "soldado cooperante" de los planes de dominio y control social establecidos por el capitalismo trasnacional y la potencia imperialista regente de turno.

Es a la vez, víctima y victimario, de las operaciones psicológicas, ya que se convierte en una célula consumista-trasmisora tanto de planes de consumismo capitalista como de planes de control y represión social manipulados sin el uso de las armas.

Las noticias "express", la información de "consumo rápido", son la columna vertebral de esta estrategia.

sábado, 6 de febrero de 2010

UN MUNDO FELIZ (Aldous Huxley) - 14 -

CAPITULO XIII

Henry Foster apareció a través de la luz crepuscular del Almacén de Embriones.

-¿Quieres ir al sensorama esta noche? Lenina denegó con la cabeza, sin decir nada.

-¿Sales con otro?

A Henry le interesaba siempre saber cómo se emparejaban sus amigos.

-¿Con Benito, acaso? -preguntó.

Lenina volvió a denegar con la cabeza.

Henry observó la expresión fatigada de aquellos ojos purpúreos, la palidez de la piel bajo el brillo de lupus, y la tristeza que se revelaba en las comisuras de aquellos labios escarlata, que se esforzaban por sonreír.

-¿No estarás enferma? -preguntó, un tanto preocupado, temiendo que Lenina sufriera alguna de las escasas enfermedades infecciosas que aún subsistían.

Por tercera vez Lenina negó con la cabeza.

-De todos modos, deberías ir a ver al médico -dijo Henry-. Una visita al doctor libra de todo dolor -agregó, cordialmente, acompañando el dicho hipnopédico con una palmada en el hombro-. Tal vez necesites un Sucedáneo de Embarazo -sugirió-. O un fuerte tratamiento extra de S. P. V. Ya sabes que a veces la potencia del sucedáneo de Pasión Violenta no está a la altura de...

-¡Oh, por el amor de Ford! -dijo Lenina, rompiendo su testarudo silencio-. ¡Cállate de una vez!

Y volviéndole la espalda ocupóse de nuevo en sus embriones.

¿Conque un tratamiento de S.V.P.? Lenina se hubiese echado a reír, de no haber sido porque estaba a punto de llorar. ¡Como si no tuviera bastante con su propia P.V.! Mientras llenaba una jeringuilla suspiró prohibidamente. John... -murmuró para sí-, John... Después se preguntó: ¡Ford! ¿Le habré dado a éste la inyección contra la enfermedad del sueño? ¿O no se la he dado todavía? No podía recordarlo. Al fin decidió no correr el riesgo de administrar una segunda dosis, y pasó al frasco siguiente de la hilera.

Veintidós años, ocho meses y cuatro días más tarde, un joven y prometedor administrador Alfa-Menos, en Muanza-Muanza, moriría de tripanosomiasis, el primer caso en más de medio siglo. Suspirando, Lenina siguió con su tarea.

Una hora después, en el Vestuario, Fanny protestaba enérgicamente:

-Es absurdo que te abandones a este estado. Sencillamente absurdo -repitió-. Y todo, ¿por qué? ¡Por un hombre, por un solo hombre!

-Pero es el único que quiero.

-Como si no hubiese millones de otros hombres en el mundo.

-Pero yo no los quiero.

-¿Cómo lo sabes si no lo has intentado? -Lo he intentado.

-Pero, ¿con cuántos? -preguntó Fanny, encogiéndose despectivamente de hombros-. ¿Con uno? ¿Con dos?

-Con docenas de ellos. Y fue inútil -dijo Lenina, moviendo la cabeza.

-Pues debes perseverar -le aconsejó Fanny, sentenciosamente. Pero era evidente que su confianza en sus propias prescripciones había sido un tanto socavada-. Sin perseverancia no se consigue nada.

-Pero entretanto...

-No pienses en él.

-No puedo evitarlo.

-Pues toma un poco de soma. -Ya lo tomo.

-Pues sigue haciéndolo.

-Pero en los intervalos sigo queriéndole. Siempre le querré.

-Bueno, pues si es así -dijo Fanny con decisión-, ¿por qué no vas y te haces con él? Tanto si quiere como si no.

-¡Si supieras cuán terriblemente raro estuvo!

-Razón de más para adoptar una línea de conducta firme.

-Es muy fácil decirlo.

-No te quedes pensando tonterías. Actúa. -La voz de Fanny sonaba como una trompeta; parecía una conferenciante de la A. M. F. dando una charla nocturna a un grupo de Beta-Menos adolescente-. Sí, actúa, inmediatamente. Hazlo ahora mismo.

-Me daría vergüenza -dijo Lenina.

-Basta que tomes medio gramo de soma antes de hacerlo. Y ahora voy a darme un baño.

El timbre sonó, y el Salvaje, que esperaba con impaciencia que Helmholtz fuese a verle aquella tarde (porque, habiendo decidido por fin hablarle a Helmholtz de Lenina, no podía aplazar ni un momento más sus confidencias), saltó sobre sus pies y corrió hacia la puerta.

-Presentía que eras tú, Helmholtz -gritó, al tiempo que abría.

En el umbral, con un vestido de marinera blanco, de satén al acetato, y un gorrito redondo, blanco también, ladeado picaronamente hacia la izquierda, se hallaba Lenina.

-¡Ohl -exclamó el Salvaje, como si alguien acabara de asestarle un fuerte porrazo.

Medio gramo había bastado para que Lenina olvidara sus temores y su turbación.

-Hola, John -dijo, sonriendo.

Y entró en el cuarto. Maquinalmente, John cerró la puerta y la siguió. Lenina se sentó.

Sobrevino un largo silencio.

-Tengo la impresión de que no te alegras mucho de verme, John -dijo Lenina al fin.

-¿Que no me alegro?

El Salvaje la miró con expresión de reproche; después, súbitamente, cayó de rodillas ante ella y, cogiendo la mano de Lenina, la besó reverentemente.

-¿Que no me alegro? ¡Oh, si tú supieras! -susurró; y arriesgándose a levantar los ojos hasta su rostro, prosiguió-: Admirada Lenina, ciertamente la cumbre de lo admirable, digna de lo mejor que hay en el mundo.

Lenina le sonrió con almibarada ternura.

-¡Oh, tú, tan perfecta -Lenina se inclinaba hacia él con los labios entreabiertos-, tan perfecta y sin par fuiste creada -Lenina se acercaba más y más a él- con lo mejor de cada una de las criaturas! -Más cerca todavía.

Pero el Salvaje se levantó bruscamente-. Por eso -dijo, hablando sin mirarla-, quisiera hacer algo primero...

-Quiero decir, demostrarte que soy digno de ti. Ya sé que no puedo serlo, en realidad. Pero, al menos, demostrarte que no soy completamente indigno. Quisiera hacer algo.

-Pero, ¿por qué consideras necesarios...? -empezó Lenina.

Mas no acabó la frase. En su voz había sonado cierto matiz de irritación. Cuando una mujer se ha inclinado hacia delante, acercándose más y más, con los labios entreabiertos, para encontrarse de pronto, porque un zoquete se pone de pie, inclinada sobre la nada.... bueno, tiene todos los motivos para sentirse molesta, aun con medio gramo de soma en la sangre.

-En Malpaís -murmuraba incoherentemente el Salvaje-, había que llevar a la novia la piel de un león de las montañas... Quiero decir cuando uno desea casarse. O de un lobo.

-En Inglaterra no hay leones -dijo Lenina en tono casi ofensivo.

-Y aunque los hubiera -agregó el Salvaje con súbito resentimiento y despecho-, supongo que los matarían desde los helicópteros o con gas venenoso. Y esto no es lo que yo quiero, Lenina. -Se cuadró, se aventuró a mirarla y descubrió en el rostro de ella una expresión de incomprensión irritada. Turbado, siguió, cada vez con menos coherencia-. Haré algo. Lo que tú quieras. Hay deportes que son penosos, ya lo sabes.

Pero el placer que proporcionan compensa sobradamente. Esto es lo que me pasa. Barrería los suelos por ti, si lo desearas.

-¡Pero, si aquí tenemos aspiradoras! -dijo Lenina, asombrada-. No es necesario.

-Ya, ya sé que no es necesario. Pero se puede ejecutar ciertas bajezas con nobleza. Me gustaría soportar algo con nobleza. ¿Me entiendes?

-Pero si hay aspiradoras...

-No, no es esto.

-... y semienanos Epsilones que las manejan -prosiguió Lenina-, ¿por qué...?

-¿Por qué? Pues... ¡por ti! ¡Por ti! Sólo para demostrarte que yo...

-¿Y qué tienen que ver las aspiradoras con los leones...?

-Para demostrarte cuánto...

-... o con el hecho de que los leones se alegren de verme?

Lenina se exasperaba progresivamente.

-...para demostrarte cuánto te quiero, Lenina -estalló John, casi desesperadamente.

Como símbolo de la marea ascendente de exaltación interior, la sangre subió a las mejillas de Lenina.

-¿Lo dices de veras, John?

-Pero no quería decirlo -exclamó el Salvaje, uniendo con fuerza las manos en una especie de agonía-. No quería decirlo hasta que... Escucha, Lenina; en Malpaís la gente se casa.

-¿Se qué?

De nuevo la irritación se había deslizado en el tono de su voz. ¿Con qué le salía ahora?

-Se unen para siempre. Prometen vivir juntos para siempre.

-¡Qué horrible idea!

Lenina se sentía sinceramente disgustada.

-Sobreviviendo a la belleza exterior, con un alma que se renueva más rápidamente de lo que la sangre decae...

-¿Cómo?

-También así lo dice Shakespeare. Si rompes su nudo virginal antes de que todas las ceremonias santificadoras puedan con pleno y solemne rito ...

-¡Por el amor de Ford, John, no digas cosas raras! No entiendo una palabra de lo que dices. Primero me hablas de aspiradoras; ahora de nudos. Me volverás loca. –Lenina saltó sobre sus pies, y, como temiendo que John huyera de ella físicamente, como le huía mentalmente, lo cogió por la muñeca-. Contéstame a esta pregunta: ¿me quieres realmente? ¿Sí o no?

Se hizo un breve silencio; después, en voz muy baja, John dijo:

-Te quiero más que a nada en el mundo.

-Entonces, ¿por qué demonios no me lo decías -exclamó Lenina; y, su exasperación era tan intensa que clavó las uñas en la muñeca de John en lugar de divagar acerca de nudos, aspiradoras y leones y de hacerme desdichada durante semanas enteras?

Le soltó la mano y lo apartó de sí violentamente.

-Si no te quisiera tanto -dijo-, estaría furiosa contigo.

Y, de pronto, le rodeó el cuello con los brazos; John sintió sus labios suaves contra los suyos. Tan deliciosamente suaves, cálidos y eléctricos que inevitablemente recordó los besos de Tres semanas en helicóptero. ¡Oooh! ¡Oooh!, la estereoscópica rubia, y ¡Aaah!, iaaah!, el negro super-real. Horror, horror, horror... John intentó zafarse del abrazo, pero Lenina lo estrechó con más fuerza.

-¿Por qué no me lo decías? -susurró, apartando la cara para poder verle.

Sus ojos aparecían llenos de tiernos reproches.

Ni la mazmorra más lóbrega, ni el lugar más adecuado -tronaba poéticamente la voz de la conciencia-, ni la más poderosa sugestión de nuestro deseo. ¡Jamás, jamás!, decidió John.

-¡Tontuelol -decía Lenina-. ¡Con lo que yo te deseaba! Y si tú me deseabas también, ¿por qué no...?

-Pero, Lenina... -empezó a protestar John.

Y como inmediatamente Lenina deshizo su abrazo y se apartó de él, John pensó por un momento que había comprendido su muda alusión.

Pero cuando Lenina se desabrochó la cartuchera de charol blanco y la colgó cuidadosamente del respaldo de una silla, John empezó a sospechar que se había equivocado.

-¡Lenina! -repitió, con aprensión.

Lenina se llevó una mano al cuello y dio un fuerte tirón hacia abajo. La blanca blusa de marino se abrió por la costura; la sospecha se transformó en certidumbre.

-Lenina, ¿qué haces?

¡Zas, zas! La respuesta de Lenina fue muda. Emergió de sus pantalones acampanados. Su ropa interior, de una sola pieza, era como una leve cáscara rosada. La T de oro del Archichantre Comunal brillaba en su pecho.

Por esos senos que a través de las rejas de la ventana penetran en los ojos de los hombres... Las palabras cantarinas, tonantes, mágicas, la hacían aparecer doblemente peligrosa, doblemente seductora. ¡Suaves, suaves, pero cuán penetrantes! Horadando la razón, abriendo túneles en las más firmes decisiones... Los juramentos más poderosos son como paja ante el fuego de la sangre. Abstente, o de lo contrario...

¡Zas! La rosada redondez se abrió en dos, como una manzana limpiamente partida. Unos brazos que se agitaban, el pie derecho que se levanta; después el izquierdo, y la sutil prenda queda en el suelo, sin vida y como deshinchada.

Con los zapatos y las medias puestas y el gorrito ladeado en la cabeza, Lenina se acercó a él:

-¡Amor mío, si lo hubieses dicho antes!

Lenina abrió los brazos.

Pero en lugar de decir también: ¡Amor mío! y de abrir los brazos, el Salvaje retrocedió horrorizado, rechazándola con las manos abiertas, agitándolas como para ahuyentar a un animal intruso y peligroso.

Cuatro pasos hacia atrás, y se encontró acorralado contra la pared.

-¡Cariño! -dijo Lenina; y, apoyando las manos en sus hombros, se arrimó a él-. Rodéame con tus brazos -le ordenó-. Abrázame hasta drogarme, amor mío. –También ella tenía poesía a su disposición, conocía palabras que cantaban, que eran como fórmulas mágicas y batir de tambores-. Bésame. -Lenina cerró los ojos, y dejó que su voz se convirtiera en un murmullo soñoliento-. Bésame hasta que caiga en coma. Abrázame, amor mío...

El Salvaje la cogió por las muñecas, le arrancó las manos de sus hombros y la apartó de sí a la distancia de un brazo.

-¡Uy, me haces daño, me... oh!

Lenina calló súbitamente. El terror le había hecho olvidar el dolor. Al abrir los ojos, había visto el rostro de John; no, no el suyo, sino el de un feroz desconocido, pálido, contraído, retorcido por un furor demente.

-Pero, ¿qué te pasa, John? -susurró Lenina.

El Salvaje no contestó. Se limitó a seguir mirándola a la cara con sus ojos de loco. Las manos que sujetaban las muñecas de Lenina temblaban. John respiraba afanosamente, de manera irregular. Débil, casi imperceptiblemente, pero aterrador, Lenina oyó de pronto su crujir de dientes.

-¿Qué te pasa? -dijo casi en un chillido.

Y, como si su grito lo hubiese despertado, John la cogió por los hombros y empezó a sacudirla.

-¡Ramera! -gritó-. ¡Ramera! ¡Impúdica buscona!

-¡Oh, no, no ... ! -protestó Lenina, con voz grotescamente entrecortado por las sacudidas.

-¡Ramera!

-¡Por favooor!

-¡Maldita ramera!

-Un graamo es meejor... -empezó Lenina.

El Salvaje la arrojó lejos de sí con tal fuerza que Lenina vaciló y cayó.

-Vete -gritó John, de pie a su lado, amenazadoramente-. Fuera de aquí, si no quieres que te mate.

Y cerró los puños. Lenina levantó un brazo para protegerse la cara.

-No, por favor, no, John...

-¡De prisa! ¡Rápido!

Con un brazo levantado todavía y siguiendo todos los movimientos de John con ojos de terror, Lenina se puso en pie, y semiagachada y protegiéndose la cabeza echó a correr hacia el cuarto de baño.

El ruido de la prodigiosa palmada con que John aceleró su marcha sonó como un disparo de pistola.

-¡Oh! -exclamó Lenina, pegando un salto hacia delante.

Encerrada con llave en el cuarto de baño, y a salvo, Lenina pudo hacer inventario de sus contusiones. De pie, y de espaldas al espejo, volvió la cabeza. Mirando por encima del hombro pudo ver la huella de una mano abierta que destacaba muy clara, en tono escarlata, sobre su piel nacarada. Se frotó cuidadosamente la parte dolorida.

Fuera, en el otro cuarto, el Salvaje medía la estancia a grandes pasos, de un lado para otro, al compás de los tambores y la música de las palabras mágicas. El reyezuelo se lanza a ella, y la dorada mosquita se comporta impúdicamente ante mis ojos. Enloquecedoramente, las palabras resonaban en sus oídos. Ni el vaso ni el sucio caballo se lanzan a ello con apetito más desordenado. De cintura para abajo son centauros, aunque sean mujeres de cintura para arriba. Hasta el ceñidor, son herederas de los dioses. Más abajo, todo es de los diablos. Todo: infierno, tinieblas, abismo sulfuroso, ardiente, hirviente, corrompido, consumido; ¡uf! Dame una onza de algalia, buen boticario, para endulzar mi imaginación.

-¡John! -osó decir una vocecilla que quería congraciarse al Salvaje, desde el baño-. ¡John! ¡Oh, tú, cizaña, que eres tan bella y hueles tan bien que los sentidos se perecen por ti! ¿Para escribir en él "ramera" fue hecho tan bello libro?

El cielo se tapa la nariz ante ella...

Pero el perfume de Lenina todavía flotaba a su alrededor, y la chaqueta de John aparecía blanca de los polvos que habían perfumado su aterciopelado cuerpo.

Impudica zorra, impudica zorra, impudica zorra. El ritmo inexorable seguía martilleando por su cuenta. Impúdica...

-John, ¿no podrías darme mis ropas?

El Salvaje recogió del suelo los pantalones acampanados, la blusa y la prenda interior.

-¡Abre! -ordenó, pegando un puntapié a la puerta.

-No, no quiero.

La voz sonaba asustada y desconfiada.

-Bueno, pues, ¿cómo podré darte la ropa?

-Pásala por el ventilador que está en lo alto de la puerta.

John así lo hizo, y después reanudó su impaciente paseo por la estancia. Impúdica zorra, impúdica zorra... El demonio de la Lujuria, con su redondo trasero y su dedo de patata...

-John.

El Salvaje no contestaba. Redondo trasero y dedo de patata.

-John...

-¿Qué pasa? -preguntó John, ceñudo.

-¿Te... te importaría darme mi cartuchera malthusiana?

Lenina permaneció sentada escuchando el rumor de los pasos en el cuarto contiguo y preguntándose cuánto tiempo podría seguir John andando de un lado para otro, si tendría que esperar a que saliera de su piso, o si, dejándole un tiempo razonable para que se calmara un tanto su locura, podría abrir la puerta del lavabo y salir a toda prisa.

Sus inquietas especulaciones fueron interrumpidas por el sonido del teléfono en el cuarto contiguo. El paseo de John se interrumpió bruscamente. Lenina oyó la voz del Salvaje dialogando con el silencio.

-Diga....

-Sí....

-Si no me usurpo el título a mí mismo, yo soy....

-Sí, ¿no me oyó? Mr. Salvaje al habla....

-¿Cómo? ¿Quién está enfermo? Claro que me interesa...

-Pero, ¿es grave? ¿Está mala de verdad? Iré inmediatamente...

-¿Que ya no está en sus habitaciones? ¿Adónde la han llevado.

-¡Oh, Dios mío: ¡Deme la dirección!

-Park Lane, tres, ¿no es eso? ¿Tres? Gracias.

Lenina oyó el ruido del receptor al ser colgado, y unos pasos apresurados. Una puerta se cerró de golpe.

Siguió un silencio. ¿Se habría marchado John?

Con infinitas precauciones, Lenina abrió la puerta medio centímetro y miró por la rendija; la visión del cuarto vacío la tranquilizó un tanto; abrió un poco más y asomó la cabeza; finalmente, entró de puntillas en el cuarto; se quedó escuchando atentamente, con el corazón desbocado; después echó a correr hacia la puerta de salida, la abrió, se deslizó al pasillo, la volvió a cerrar de golpe, y siguió corriendo. Y hasta que se encontró en el ascensor, bajando ya, no empezó a sentirse a salvo.

jueves, 4 de febrero de 2010

TODO GUERRERO DE LA LUZ (de Paulo Coelho)

Todo Guerrero de la Luz ya tuvo
alguna vez miedo de entrar en combate.
Todo Guerrero de la Luz ya traicionó
y mintió en el pasado.
Todo Guerrero de la Luz ya recorrió un
camino que no le pertenecía.
Todo Guerrero de la Luz ya sufrió por
cosas sin importancia.
Todo Guerrero de la Luz ya creyó que
no era un Guerrero de la Luz.

Todo Guerrero de la Luz ya falló
en sus obligaciones espirituales.
Todo Guerrero de la Luz ya dijo sí
cuando quería decir no .
Todo Guerrero de la Luz ya hirió
a alguien a quien amaba.
Por eso es un Guerrero de la Luz;
porque pasó por todo eso
y no perdió la esperanza
de ser mejor de lo que era.