martes, 27 de octubre de 2009

UN CUENTO DE KHALIL GIBRAN

"Yo estaba caminando por el jardín de un asilo de locos, cuando encontré a un joven leyendo un libro de filosofía. Por su forma y por la salud que mostraba no combinaba mucho con los otros internos. Me senté a su lado y le pregunté: ¿Qué estás haciendo aquí?

Paulo Coelho

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El me miró sorprendido, pero viendo que yo no era uno de los médicos respondió:
"Es muy simple. Mi padre, un brillante abogado, quería que yo fuera como él.
Mi tío que tenía un alto puesto comercial, quería que yo siguiera su ejemplo.
Mi madre deseaba que yo fuera la imagen de su adorado padre.
Mi hermana siempre me citaba a su marido como ejemplo de un hombre de éxito.
Mi hermano trataba de entrenarme para que yo fuera un buen atleta como él.
Y lo mismo ocurría con mis profesores en la escuela, el maestro de piano, el tutor de inglés; todos estaban convencidos y seguros de que eran el mejor ejemplo a seguir. Nadie me miraba como se debe mirar a un hombre, sino como se mira un espejo. Así fue que decidí internarme en este asilo. Por lo menos aquí puedo ser yo mismo."


jueves, 22 de octubre de 2009

CUIDADO CON LOS RECUERDOS

Llego a Madrid a las ocho de la mañana. Me voy a quedar apenas algunas horas, no tiene sentido telefonear a los amigos o arreglar algún encuentro. Resuelvo caminar solo por lugares que me gustan y termino fumando un cigarrillo en un banco del parque Retiro.

-Usted parece que no está aquí –me dijo un anciano, sentándose a mi lado.

-Estoy aquí –respondo. –Sólo que doce años atrás, en 1986. Sentado en este mismo banco con un amigo pintor, Anastasio Ranchal. Los dos estamos mirando a mi mujer, Christina, que bebió más de la cuenta y hace como que baila flamenco.

-Aproveche –dijo el anciano. –Pero no se olvide de que el recuerdo es como la sal: en la cantidad adecuada le da sabor a la comida; pero si se exagera, estropea el alimento. Quien vive demasiado en el pasado, gasta su presente en recordar.

Paulo Coelho

sábado, 2 de mayo de 2009

HOY FUI FELIZ

Hoy fui feliz

Cuando sumido en las sombras,
a un costado de la realidad,
encontré tu rostro
y me trajiste la claridad
de lo amado

Hoy fui feliz
cuando te reconocí,
cuando te asomaste a mis ojos,
me apretaste la mano
y me dijiste "te quiero"

Hoy fui feliz
cuando por fin me di cuenta
que todas las almas que amo,
y que viven dentro mio,
están en ti

Alejandro




domingo, 26 de octubre de 2008

OSCURIDAD

Formas negras maliciosas golpean el casco de la nave. Flota en el aire un olor acre y al mismo tiempo dulzón, malsano; sentimos como si estuviéramos metidos en un sótano sucio y sin ventilación donde se estuvieran descomponiendo restos de mugrientos trapos húmedos en algún rincón, con sus olores mezclados con el tufo de un animal muerto. Necesitamos aire, la respiración se nos hace dificultosa y el asco nos eriza todos los pelos del cuerpo, pero todo está abierto y afuera el día está hermoso y el mar brilla como nunca bajo los rayos del sol. No es falta de aire ni es encierro lo que está ocurriendo; sentimos que inmundos efluvios nos envuelven tratando de meterse dentro de nosotros.

No esperábamos un ataque, se nos vino de repente y no estábamos bien preparados. A pesar de estar alertas a las señales que delatan la intromisión del mal, esta vez no lo vimos venir.

La oscuridad logró infiltrarse en nuestras mentes creando desarmonía entre Ankh y yo, logrando que se corte nuestra conexión con la Jerarquía, y nos dejó aislados y a su merced. Éste es su plan de acción favorito, el más efectivo, y siniestro, pues si logra que quedemos aislados, se nos hace muy difícil vencerla, y si no lo logramos, eso significaría o el fracaso de nuestra misión o una demora fatal de tristes consecuencias. También significaría un tremendo dolor para nosotros en todos los niveles, desde el humano, donde nuestra vida juntos, tan largamente cultivada y cuidada, se haría pedazos, hasta nuestra evolución espiritual, que resentiría un estancamiento muy peligroso.

- Sirio, me siento mal. Tengo náuseas y me duele la cabeza como si fuera a estallar. No sé, de repente tengo ganas de llorar... ¡Y ese olor!, parece que lo tuviera en la nariz, en la garganta...
- Es asqueroso – le respondo, sintiendo un calor como de fuego que me sube por la nuca. Estoy comenzando a sentirme mal también yo, pero no físicamente: es una ira sorda que trato de disimular sin poder lograrlo. Veo todo rojo. Procuro serenarme y limpiar mi mente para poder luchar contra eso que se nos vino encima, procuro reaccionar, pero siento que es tarde, que la suciedad se me coló hasta los huesos.

Ankh comienza a dar vueltas por el camarote, visiblemente alterada y con un nerviosismo contagioso. Toca todo, levanta los libros que están sobre el escritorio y los vuelve a dejar, revisa los cajones de los muebles buscando alguna pócima que la saque de ese estado, sin encontrar nada... La tensión se palpa en el ambiente y mi agresividad aumenta momento a momento hasta hacerme olvidar que nosotros no somos así, que hay algo externo que está actuando sobre nosotros que, si no logramos transmutarlo, terminará ocasionando un desastre. O tal vez sí tenía conciencia de ello, pero esa fuerza oscura había ya tomado dominio sobre mí hasta tal punto que parecía no importarme nada. La tensión atenaza mis músculos, me duelen los hombros y la espalda y mis ojos, irritados, se niegan a seguir abiertos.

–¡Ankh, por favor, no sigas con eso!– le pido en un tono que quiere ser amable mientras el fastidio y la falta de voluntad real de calmar los ánimos bulle en mi interior.
-¿Qué no siga con qué?- Me contesta Ankh con un fingido aire a la vez indiferente y desafiante, despreciativo, que suena como un insulto...

Tanto Ankh como yo sabíamos que si nos permitíamos estallar con la violencia que sentíamos, que la oscuridad nos hacía sentir, las consecuencias podrían ser irreparables: yo me sumergiría en una profunda depresión hostil y ella optaría por largarse y abandonar todo lo que habíamos construido juntos, cediendo a un impulso ciego que luego lamentaría, cuando ya fuese tarde para volver atrás.

Afortunadamente la protección invisible que siempre está con nosotros, aún cuando no la invoquemos, hace que hasta en los peores momentos haya un rayo de luz en la más densa oscuridad; un rayo de luz que nos pide que tomemos conciencia de qué es lo que en realidad está pasando, que utilicemos nuestras armas para cortar los lazos con los que la oscuridad nos ha envuelto y volvamos al camino, magullados y cansados, pero más unidos que antes.

Al fin logro serenarme con un tremendo esfuerzo de voluntad. Voy a popa y me siento en silencio. Enderezo mi columna, cierro los ojos e invoco la protección del Sr. Miguel y de mi Maestro. Laboriosamente voy aquietando mi mente y cuando logro un mínimo de calma, comienzo a elevarme, acelerando mi tónica vibratoria y dejando atrás todo aquello que no me pertenece, que me fue impuesto desde afuera. Sé que si no logro trasmutar esas energías oscuras, cuando vuelva, cuando acabe la meditación, la infección continuará, por lo que realizo el ritual del perdón y corto los lazos oscuros que me unen a esas fuerzas negras y los que pudieran implicar algún resentimiento contra Ankh, ya que, aunque sabía que ella no era culpable de lo que se nos vino encima, era necesario cortar cualquier lazo oscuro y transmutarlo en luz, ya que en la apariencia era ella la que me atacaba, y la personalidad, la parte humana de uno, muchas veces no sabe distinguir entre apariencia y realidad. De manera que efectué el ritual perdonando tanto a las fuerzas del mal que nos atacaban como a Ankh, que no era más que una víctima de ellas, como yo. Cortados los lazos y trasmutados en Luz y Divino amor, invoqué la llama violeta para purificar mis cuerpos físico y sutiles.

Este trabajo con los rayos es una actividad que realizamos todos los días al levantarnos y al acostarnos por la noche, pero pocas veces he experimentado los síntomas de la actividad de mis centros de energía como en esta ocasión. Las lágrimas mojaban mi ropa hasta empapar la camisa y sonoros bostezos y eructos hacían evidente la carga que llevaba encima. Al sentir que la claridad del Espíritu volvía a ocupar su sitial en mí, comencé a trabajar sobre Ankh.

Hay ocasiones en que es mejor trabajar a distancia, pues todo intento de hacerlo en presencia de la persona afectada sólo crea resistencia y agresividad que impiden el éxito del ritual. Por esa razón no me moví de donde estaba y aprovechando la poderosa conexión que había logrado con la ayuda de las potencias de la Luz, invoqué a los protectores de Ankh; con su auxilio visualicé su persona y la envolví en la llama violeta junto con todo lo que le rodeaba: el camarote, los muebles, los útiles del escritorio, en fin, todo. Me costó bastante hasta que pude percibir la llama violeta fuerte y brillante operando en ella y su entorno, y mantuve su acción hasta que percibí que se calmaba, que su mente y su corazón se serenaban y la paz volvía a su ser, hasta que su aura volvía a resplandecer grande y fuerte, poderosa. Como siempre, después del rayo violeta invoqué el rayo blanco y el celeste turquesa para completar el ritual de purificación y armonización de los cuerpos sutiles. Para concluir cerré un manto electrónico blanco de protección sobre ella, pidiendo a sus protectores el auxilio necesario.

Cuando volví al camarote ya la Luz brillaba y un ambiente de paz y de amor había reemplazado a las oscuras miasmas que una hora antes nos habían invadido enajenándonos de nuestra realidad espiritual.

Es hermoso cuando se gana una batalla. Aún cuando sabemos que la guerra continúa, la conciencia del poder del Amor y de la Luz y el saber que somos parte de ese poder nos hacen sentir integrados y firmes, nos hacen sentir que llegaremos a puerto y que lo haremos más sabios y más fuertes que cuando partimos.

Alejandro

domingo, 19 de octubre de 2008

ESCAPE A LA HEREDAD DE SHU (final)

Cuando se comparte la vida con personas amadas y los valores y las necesidades espirituales son similares, hasta las situaciones más difíciles son tomadas con calma y uno agradece no estar sólo. Por otro lado, se había recibido una sugerencia de Dangma, que estaba acompañado nada menos que por el primer Melchizedek, y una sugerencia de ese nivel debe ser tomada como un mandato, ya que si bien tenemos libre albedrío, ya hacía mucho tiempo que todos nosotros, la tripulación de la nave, habíamos ofrendado ese libre albedrío a las potencias superiores en bien de nuestra propia evolución y de la misión que vinimos a cumplir. Por otro lado, no se nos pedía ese sacrificio para agradar a ningún dios ni para que diéramos muestras de valor. Aquí había una situación realmente grave y la sugerencia de que nos fuéramos era para nuestra propia protección. Y era urgente.

No había tiempo para buscar otro lugar y tampoco disponíamos de medios económicos para ello, por lo que nos decidimos a aceptar la oferta de Shu y acatamos la orden, sabiendo que lo que se venía después iba a ser duro. Pero las cosas son como son y no como uno quiere que sean, y aunque sentimos un gran duelo y algo de ansiedad por el cambio tan bruscamente impuesto, dos días después y bajo una gran lluvia, estábamos en la heredad de Shu, sin más equipaje que un par de bolsas de mano y la ropa que llevábamos puesta (que por cierto llegó mojada)

Realmente el lugar era tal como lo había descrito Shu: algo abandonado de los debidos cuidados y con dos cabañas bastante sólidas y cómodas y un hermoso bosque de pinos que le daba un encanto especial y un aroma estimulante. No había luz eléctrica ni agua potable cuando llegamos en medio de la tormenta, así que nos arreglamos con una simple lámpara alimentada a petróleo y debimos pedir agua a los vecinos (tampoco sabíamos si era potable, pero si ellos la bebían...)

Una semana después, Shu envió a un hombre a reparar las bombas y limpiar los pozos de agua. Era evidente que el ultimo huésped de las cabañas se había marchado con disgusto, ya que se encontraron varias señales de sabotaje en las instalaciones, lo que hizo que tuviéramos que invertir varios días en reparaciones.

Los terrenos de la heredad de Shu eran muy amplios y la finca poseía numerosos árboles frutales, de los que algunos estaban en tiempo de recolección: naranjos, mandarinos, limoneros, papayos y otros, de manera que tuvimos suficiente fruta para alimentarnos; también había algunas hortalizas que fueron bien recibidas. Sin embargo la noche en la que llegamos no pudimos ver nada, ya que la oscuridad era la reina del lugar y la lluvia torrencial nos instaba a quedarnos bajo techo.

Cenamos lo que habíamos llevado en nuestras bolsas, nos refrescamos un poco del cansancio del viaje, y salimos a la galería a meditar. Ésta iba a ser una meditación muy especial, ya que se estaba señalando para nosotros un cambio trascendental en nuestras vidas. Era un tiempo lleno de interrogantes, lleno de confianza en quién nos había enviado a ese sitio, pero también de dudas acerca de nuestra propia capacidad de enfrentar una situación que nos dejaba al desnudo frente a nuestras más elementales necesidades. ¿Qué íbamos a hacer en un medio totalmente desconocido, donde no teníamos a nadie que nos de una mano y donde nuestras artes y ciencias no tenían mayor aplicación?. Nos sentíamos tan descolocados en esa nueva vida que ninguno de nosotros se atrevía a mencionar sus dudas y ansiedades al otro, pensando que si no lo hablábamos, no incrementaríamos en el compañero sus propios temores. No fue así. Los dos sentíamos lo mismo y el estado de confusión no hacía más que incrementarse a cada momento, aunque teníamos la seguridad de estar haciendo lo correcto, lo que nos fue indicado, y de encontrarnos a salvo de un suceso amenazante del que no conocíamos su origen, su posible desarrollo ni sus consecuencias.

Al fin salimos a la galería, nos sentamos en los sillones de mimbre y nos pusimos, en silencio, a observar cómo caía la lluvia y a escuchar el sonido que hacía al golpear sobre el techo de chapas y en los pequeños charcos que se formaban un poco más allá de la seguridad de la galería. Dejamos la lámpara dentro de la cabaña para apreciar mejor la oscuridad de la noche, llena de asechanzas, pero también de promesas de una nueva etapa en nuestras vidas, etapa que aún desconocíamos por completo y se presentaba azarosa y envuelta en misterio en nuestros pensamientos.

– Ankh, ¿vamos a meditar?- Pregunto. –Sí, ya es tiempo- responde Ankh. Así que enderezamos la espalda, cerramos los ojos y respiramos profundamente varias veces hasta aquietar el pensamiento. Relajamos la nuca, los hombros y la espalda, buscando una posición cómoda pero firme, que nos permitiera relajar todo el cuerpo. Los pies bien apoyados y la espalda recta.

Había algo en el ambiente (más allá de lo que nuestra precaria situación provocaba como respuesta en nuestro psiquismo) que tenía algo de solemne. Podíamos percibir la importancia de lo que estábamos haciendo, pero de una forma nebulosa, incierta, y aún así poderosa. Solicitamos la debida protección (la Luz siempre protege a la Luz) y trazamos mentalmente tres círculos concéntricos de luz azul en nuestro derredor e invocamos al Arcángel Miguel, pidiéndole que vitalice los círculos de protección con su poder. Abrimos los chakras, y entonando OM, el mantram de la creación, comenzamos a elevarnos.

Fue la experiencia de meditación más maravillosa que jamás hayamos tenido. Ni bien logramos aquietar la mente y comenzar a elevarnos, Ankh vio (tiene la capacidad de ver las dimensiones sutiles y de canalizar mensajes de nuestros guías y protectores) lo que nunca en nuestras vidas pudimos haber imaginado ni en nuestras más delirantes fantasías: Comenzaron a acercarse el Maestro de Ankh, Kûthûmi, y el mío, Paramhansa Yoganandaji, y multitud incontable de otros seres de Luz. Un coro inmenso de hermosas voces comenzó a cantar OM y la voz del Cristo nos decía: - Esta vez, por haber demostrado obediencia y una fe inquebrantable, somos nosotros los que les reverenciamos cantando el OM. Estamos complacidos de ustedes dos. – No recordamos qué más se nos dijo; la vivencia fue tan fuerte que solo hemos podido retener esas palabras del Cristo y aunque hubo más, ya lo mencionado era algo excesivo para nosotros, no porque dudásemos de nuestra propia identidad espiritual, sino porque ante tanta grandeza el alma se sobrecoge de humildad, tanto como se disuelve en amor.

Al terminar la meditación quedamos en silencio, mirando la noche, sin atrevernos a hablar por temor a romper la inefable magia que aún nos envolvía. No podría decir cuanto tiempo estuvimos así, sentados en silencio, con los ojos empañados y un sentimiento de exaltación y agradecimiento nunca antes vivido, hasta que decidí comenzar a escribir en el archivo el informe de la experiencia con que fuimos regalados.

Alejandro

domingo, 12 de octubre de 2008

ESCAPE A LA HEREDAD DE SHU (primera parte)

Fue una orden directa. Estábamos meditando conectados con la Jerarquía en alguna dimensión más allá de la 5D (no sé con cuál, pero era elevada) cuando comenzó a saturar el ambiente un sentimiento de tensión expectante que el perfume del incienso y las poderosas energías a las que estábamos conectados no llegaban a disipar.

Chandra habló: -Aquí está un ser que se quiere comunicar con Ankh. Dice que no puede hacerlo porque ella no se lo permite, no se abre. Es un joven rubio que dice llamarse Dangma y refiere que fue su hijo en su última encarnación. Manifiesta que es muy importante.

Ankh palideció. Su hijo había desencarnado en condiciones dramáticas: había sido secuestrado y asesinado por secuaces de la oscuridad hacía ya diez años, y aunque otras veces había recibido mensajes de Dangma, nunca dejaban de impactarle emocionalmente con una mezcla de dolor y alegría, de profunda seguridad en su alma y dudas en su mente. Un sentimiento muy difícil de definir y de entender para quien no haya pasado la experiencia de perder un hijo en tal crueles e infames circunstancias. Cuando ello ocurría, Ankh se preguntaba a sí misma si se había vuelto loca... si su dolor fabulaba alucinaciones para consolarse a sí misma, o si era real el hecho de estar oyendo en su propia mente las palabras de su hijo diciéndole: –¡Deja ya de llorar, madre! Yo estoy bien. Y no quisieras saber lo que se trabaja aquí. ¡Qué me van a venir con eso del arpa y las nubes, aquí se está siempre ocupado!

Y esa mezcla de certeza profunda y dudas acerca de su estado de salud mental hacía que se sintiese completamente enajenada. Sin embargo, comprobar en sí misma que la muerte no existe y que su hijo estaba siempre cuando ella lo necesitaba, era no sólo un consuelo sino una profunda alegría y una contribución al despertar de su consciencia.

Chandra dijo: -Viene acompañado de un ser con aspecto de anciano que apoya un brazo en sus hombros, como protegiéndolo o guiándolo. Dice que es el "abuelo Melchizedek” y que te quedes tranquila, que ahora Dangma se encuentra a su cuidado. Dangma pide que te transmita lo siguiente: “Que tienen que irse de este lugar; que no es seguro y pronto ocurrirán sucesos que pueden poner en peligro vuestra misión y vuestra vida. Que él les va a ayudar”

Ankh, visiblemente perturbada por la presencia del que fue su hijo y se convirtió luego en su guía y protector, y por el tenor del mensaje recibido, preguntó: -¿Y donde vamos a irnos si no tenemos medios para hacerlo? ¿Cuándo debemos irnos? ¿Qué es lo que va a pasar?

Dangma le responde a través de Chandra: - Deben irse ahora, antes de que transcurran tres días. Shu les va a ceder un espacio seguro, lejos del peligro que se acerca. Lo que va a pasar no es algo que les pueda comunicar, sólo que tienen que irse.

Shu, impávido, asintió con la cabeza.

Shu no es una persona muy demostrativa y hay que hacer verdaderos esfuerzos para saber qué es lo que está sintiendo y pensando en cada momento. Sin embargo, esta vez esperábamos alguna reacción que mostrara su interior... su naturaleza emocional. Pero fue una esperanza vana, Shu actuaba como si lo que estaba pasando ocurriera todos los días; es más, actuaba como si ya supiera lo que iba a pasar y estuviera esperando, simplemente, que ocurriera.

Terminada la reunión, y luego de proteger nuestros cuerpos sutiles y cerrar las puertas astrales, Ankh, presa de una profunda emoción mezcla de agradecimiento, alarma y desorientación, pregunta a Shu acerca de qué es lo que él podía ofrecernos como refugio: -Shu, ¿qué tienes en mente?, ¿cuál es ese lugar donde debemos ir?, ¿es tuyo?

Buscando atajar tanta emoción, Shu se apresura en responder: -Tengo una heredad a cuatrocientos Km. de aquí. Está bastante descuidada, pero tiene dos cabañas en las que podrán estar hasta que pase el peligro y puedan volver.

Intercedo en la conversación, luchando por hacerme escuchar por sobre las voces del resto del grupo, que estaba tan impactado como Ankh (después de todo éramos Ankh y yo los que nos encontrábamos en situación de dejar todo e irnos Dios sabe donde) -¿Y de qué vamos a vivir?, ¿qué tipo de trabajo podemos tener en medio de tus labradíos?.

Shu, inconmovible, responde: -Pueden trabajar la tierra. También pueden enseñar a los labriegos acerca del camino de la Luz

-Nosotros no somos campesinos. Sabemos labrar una huerta familiar, pero de allí a vivir de lo que produce la tierra... Y me parece hermoso transmitir a nuestros vecinos lo que nos fue enseñado, pero con eso no vamos a subsistir-, respondo ansioso, expectante y naturalmente confuso, dada la índole de la situación que se presentaba y mi ignorancia completa de las labores del campo. Lo que se estaba presentando en nuestros destinos era un cambio completo de vida para el que no estábamos preparados o, al menos, creíamos no estarlo.

Todo el grupo escuchaba con atención esta breve discusión y algunos de los compañeros aportaban sus opiniones. Hubo algunas ideas tan increíblemente superficiales que uno no sabía si reír o llorar. ¡Como si se estuviera hablando de elegir el color con que se iba a pintar la sala de meditación! De todas formas, la mayoría del grupo trató sinceramente de ayudar y hubo sugerencias valiosas que fueron tomadas muy en cuenta.

Alejandro

martes, 7 de octubre de 2008

SIRIO (FINAL)

Tenía catorce años cuando fue iniciado en templo del conocimiento, y pronto me vi sumergido en el cumplimiento de estrictas normas de ética, prácticas de profunda meditación y estudios de las intangibles pero poderosas Leyes Cósmicas, y un sinfín de conocimientos sobre todos los niveles del saber humano y supra humano.
No sabía entonces cuáles eran las razones de tan intenso adiestramiento, del cúmulo de información que se me brindaba, de las prácticas por las que debí pasar (cada vez más comprometidas y peligrosas) y que yo sabía que muy pocos mortales debían enfrentar.

Cuando recuerdo mi experiencia de vida, necesariamente se presentan ante mi los maestros que luego, sin títulos académicos ni nombramientos institucionales, fueron completando mi preparación, formándome, casi sin darse cuenta, en los secretos de la navegación en aguas tormentosas, en noches oscuras y también en radiantes días de sol, cuando el cuerpo no se siente y el espíritu se sumerge en dulces sonidos de belleza infinita. Adhâra, la maternal amiga que me guió por los asuntos prácticos del arte. Ella siempre vuelve a mis recuerdos cuando evoco los tiempos de aprendiz, ya que ha sabido despertar en mí un gran amor y un respeto profundo aquella alma sencilla y sabia que hasta sentía miedo (pánico) del alcance de sus capacidades mediumnímicas. Ella, que no tenía estudios de ningún tipo, era una experta navegante, ya que sus poderes de percepción eran tales que estaba constantemente informada, guiada y protegida por sus alianzas espirituales, que le “soplaban” al oído cuanto le era necesario saber en todo momento.
Heya, la bruja de Jalendara-deza, fue otro ser que colaboró en mi formación de guerrero, aunque es seguro que si hubiese conocido la estirpe espiritual a la que pertenezco, se habría dado cuenta de que, necesariamente, me ubicaría en el bando opuesto y, más tarde o más temprano, habríamos de probar fuerzas el uno contra la otra.
El interés de Heya en mí pasaba muy lejos de lo espiritual y aún, por supuesto, de cualquier consideración ética. El interés de Heya estaba centrado en su necesidad de adquirir un ayudante de gran poder pero poca experiencia, de manera de conducirlo hacia la oscuridad y usarlo para sus fines dentro de la magia negra, donde tan bien se desenvolvía. Había otro interés añadido y era el ver, de una vez por todas en su solitaria vida, materializadas sus fantasías sexuales en ritos demoníacos de cópula ceremonial, donde sus perversiones cobrarían para ella una justificación mágica. Además, yo no era en ese entonces, un hombre despreciable desde ese punto de vista, ya que tenía bastante atractivo para las mujeres, no por ser bello o de cuerpo atlético, sino por el magnetismo y el poder que emanaban de mi persona. Ese magnetismo y ese poder no eran, por supuesto de orden material, pero ejercían una seducción muy concreta.
Atraído por el barniz de eficiente sanadora de Heya, fui entrando, inadvertidamente, en contacto estrecho con ella hasta que me di cuenta hacia dónde apuntaba la bruja, con lo que di por terminada la relación y puse distancia entre ella y yo, rompiendo toda relación entre nosotros.
Sin embargo, el tiempo que pasé junto a Heya no fue del todo un desperdicio, pues es útil conocer las artes del enemigo y ella no podía evitar enseñarme, pues estaba tan inmersa en su objetivo de atraerme hacia su servicio, que no reparó en el riesgo al que se exponía ella y Jadoogar, su maestro en las oscuras artes.
Aún no había conocido a mi Gurú, pero ya mis alianzas espirituales cuidaban de mí instándome a evitar la tentación, a no querer probar cuán fuerte y puro podría llegar a ser, ya que esa exhibición de vanidad podría haberme costado muy caro, especialmente en aquellos tiempos de inexperiencia.

Todo lo fui asimilando con poderosa fijación porque, al ser experiencias de vida, se incorporaban a cada célula de mi cuerpo, a cada gota de mi sangre, hasta convertirse en parte de mí mismo, hasta no poder separar lo que se sabe de lo que se es, hasta ser uno con la experiencia misma sin tener jamás, en toda mi vida, añoranzas de “normalidad”, de ser como los demás seres de este mundo, pues siempre supe que era y soy diferente (no menos que las demás personas, no más tampoco que ellas, sólo diferente)
Repetidas veces mi salud mental y hasta mi vida física fueron puestas en juego, y repetidas veces salí airoso del desafío. Aunque durante muchas de estas experiencias la tensión subió a niveles extremadamente altos, sabía que no podía permitirme el miedo o la debilidad, ya que si lo hacía estabamos perdidos, yo y aquella alma que se me estaba confiando para su protección o para recibir el auxilio necesario en momentos de gran peligro.

Naturalmente, y como nunca oculté mi verdadera naturaleza, he pasado largos tiempos de soledad y repetidas veces no he tenido a quién recurrir cuando necesité una mano, un préstamo... o una oreja donde volcar tristezas. Sólo podía estar con los pocos que compartían el viaje conmigo (algunos tan solos como yo) y también con otros que, con una doble vida, se ocultaban bajo la máscara de la “normalidad”. Pero éstos no pudieron nunca saber quiénes eran en realidad ni probar su poder en la batalla, hasta que éste se fue diluyendo en la lectura de blandos libros escritos para adormecer al guerrero y, entre perfumes de incienso y música de relajación, dejaron que las fuerzas oscuras se complacieran de su desidia.
Con estas personas no se puede contar. No entienden o, mejor dicho, no quieren entender, ya que si lo hacen se ven comprometidos en una lucha que los aterroriza de tal modo que pueden llegar a perder la cordura que creen tener.

Alejandro