martes, 17 de noviembre de 2009

UN MUNDO FELIZ (Aldous Huxley) -2 -

Un edificio gris, achaparrado, de sólo treinta y cuatro plantas. Encima de la entrada principal las palabras: Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres, y, en un escudo, la divisa del Estado Mundial: Comunidad, Identidad, Estabilidad.

La enorme sala de la planta baja se hallaba orientada hacia el Norte. Fría a pesar del verano que reinaba en el exterior y del calor tropical de la sala, una luz cruda y pálida brillaba a través de las ventanas buscando ávidamente alguna figura yaciente amortajada, alguna pálida forma de académica carne de gallina, sin encontrar más que el cristal, el níquel y la brillante porcelana de un laboratorio. La invernada respondía a la invernada. Las batas de los trabajadores eran blancas, y éstos llevaban las manos embutidas en guantes de goma de un color pálido, como de cadáver. La luz era helada, muerta, fantasmal. Sólo de los amarillos tambores de los microscopios lograba arrancar cierta calidad de vida, deslizándose a lo largo de los tubos y formando una dilatada procesión de trazos luminosos que seguían la larga perspectiva de las mesas de trabajo.

-Y ésta -dijo el director, abriendo la puerta- es la Sala de Fecundación.

Inclinados sobre sus instrumentos, trescientos Fecundadores se hallaban entregados a su trabajo, cuando el director de Incubación y Condicionamiento entró en la sala, sumidos en un absoluto silencio, sólo interrumpido por el distraído canturreo o silboteo solitario de quien se halla concentrado y abstraído en su labor. Un grupo de estudiantes recién ingresados, muy jóvenes, rubicundos e imberbes, seguía con excitación, casi abyectamente, al director, pisándole los talones. Cada uno de ellos llevaba un bloc de notas en el cual, cada vez que el gran hombre hablaba, garrapateaba desesperadamente. Directamente de labios de la ciencia personificada. Era un raro privilegio. El D.I.C. de la central de Londres tenía siempre un gran interés en acompañar personalmente a los nuevos alumnos a visitar los diversos departamentos.

-Sólo para darles una idea general -les explicaba.

Porque, desde luego, alguna especie de idea general debían tener si habían de llevar a cabo su tarea inteligentemente; pero no demasiado grande si habían de ser buenos y felices miembros de la sociedad, a ser posible. Porque los detalles, como todos sabemos, conducen a la virtud y la felicidad, en tanto que las generalidades son intelectualmente males necesarios. No son los filósofos sino los que se dedican a la marquetería y los coleccionistas de sellos los que constituyen la columna vertebral de la sociedad.

-Mañana -añadió, sonriéndoles con campechanía un tanto amenazadora- empezarán ustedes a trabajar en serio. Y entonces no tendrán tiempo para generalidades. Mientras tanto...

Mientras tanto, era un privilegio. Directamente de los labios de la ciencia personificada al bloc de notas. Los muchachos garrapateaban como locos.

Alto y más bien delgado, muy erguido, el director se adentro por la sala. Tenía el mentón largo y saliente, y dientes más bien prominentes, apenas cubiertos, cuando no hablaba, por sus labios regordetes, de curvas florcadas. ¿Viejo? ¿Joven? ¿Treinta? ¿Cincuenta? ¿Cincuenta y cinco? Hubiese sido difícil decirlo. En todo caso la cuestión no llegaba siquiera a plantearse; en aquel año de estabilidad, el 632 después de Ford, a nadie se le hubiese ocurrido preguntarlo.

-Empezaré por el principio -dijo el director.

Y los más celosos estudiantes anotaron la intención de director en sus blocs de notas: Empieza por el principio.

-Esto -siguió el director, con un movimiento de la mano- son las incubadoras. –Y abriendo una puerta aislante les enseñó hileras y más hileras de tubos de ensayo numerados-. La provisión semanal de óvulos -explicó-. Conservados a la temperatura de la sangre; en tanto que los gametos masculinos -y al decir esto abrió otra puerta- deben ser conservados a treinta y cinco grados de temperatura en lugar de treinta y siete.

La temperatura de la sangre esteriliza.

Los moruecos envueltos en termógeno no engendran corderillos.

Sin dejar de apoyarse en las incubadoras, el director ofreció a los nuevos alumnos, mientras los lápices corrían ilegiblemente por las páginas, una breve descripción del moderno proceso de fecundación. Primero habló, naturalmente, de sus prolegómenos quirúrgicos, la operación voluntariamente sufrida para el bien de la Sociedad, aparte el hecho de que entraña una prima equivalente al salario de seis meses; prosiguió con unas notas sobre la técnica de conservación de los ovarios extirpados de forma que se conserven en vida y se desarrollen activamente; pasó a hacer algunas consideraciones sobre la temperatura, salinidad y viscosidad óptimas; prendidos y maduros; y, acompañando a sus alumnos a las mesas de trabajo, les enseñó en la práctica cómo se retiraba aquel licor de los tubos de ensayo; cómo se vertía, gota a gota, sobre placas de microscopio especialmente caldeadas; cómo los óvulos que contenía eran inspeccionados en busca de posibles anormalidades, contados y trasladados a un recipiente poroso; cómo (y para ello los llevó al sitio donde se realizaba la operación) este recipiente era sumergido en un caldo caliente que contenía espermatozoos en libertad, a una concentración mínima de cien mil por centímetro cúbico, como hizo constar con insistencia; y cómo, al cabo de diez minutos, el recipiente era extraído del caldo y su contenido volvía a ser examinado; cómo, si algunos de los óvulos seguían sin fertilizar, era sumergido de nuevo, y, en caso necesario, una tercera vez; cómo los óvulos fecundados volvían a las incubadoras, donde los Alfas y los Betas permanecían hasta que eran definitivamente embotellados, en tanto que los Gammas, Deltas y Epsilones eran retirados al cabo de sólo treinta y seis horas, para ser sometidos al método de Bokanovsky.

-El método de Bokanovsky -repitió el director.

Y los estudiantes subrayaron estas palabras.

Un óvulo, un embrión, un adulto: la normalidad. Pero un óvulo boklanovskificado prolifera, se subdivide. De ocho a noventa y seis brotes, y cada brote llegará a formar un embrión perfectamente constituido y cada embrión se convertirá en un adulto normal. Una producción de noventa y seis seres humanos donde antes sólo se conseguía uno. Progreso.

-En esencia -concluyó el D. I. C.-, la bokanovskiflcación consiste en una serie de paros del desarrollo. Controlamos el crecimiento normal, y paradójicamente, el óvulo reacciona echando brotes.

Reacciona echando brotes. Los lápices corrían.

El director señaló a un lado. En una ancha cinta que se movía con gran lentitud, un portatubos enteramente cargado se introducía en una vasta caja de metal, de cuyo extremo emergía otro portatubos igualmente repleto. El mecanismo producía un débil zumbido. El director explicó que los tubos de ensayo tardaban ocho minutos en atravesar aquella cámara metálica. Ocho minutos de rayos X era lo máximo que los óvulos podían soportar. Unos pocos morían; de los restantes, los menos aptos se dividían en dos; después a las incubadoras, donde los nuevos brotes empezaban a desarrollarse; luego, al cabo de dos días, se les sometía a un proceso de congelación y se detenía su crecimiento. Dos, cuatro, ocho, los brotes, a su vez, echaban nuevos brotes; después se les administraba una dosis casi letal de alcohol; como consecuencia de ello, volvían a subdividirse -brotes de brotes de brotes- y después se les dejaba desarrollar en paz, puesto que una nueva detención en su crecimiento solía resultar fatal. Pero, a aquellas alturas, el óvulo original se había convertido en un número de embriones que oscilaba entre ocho y noventa y seis, un prodigioso adelanto, hay que reconocerlo, con respecto a la Naturaleza. Mellizos idénticos, pero no en ridículas parejas, o de tres en tres, como en los viejos tiempos vivíparos, cuando un óvulo se escindía de vez en cuando, accidentalmente; mellizos por docenas, por veintenas a un tiempo.

-Veintenas -repitió el director; y abrió los brazos como distribuyendo generosas dádivas-. Veintenas.

Pero uno de los estudiantes fue lo bastante estúpido para preguntar en qué consistía la ventaja,

-¡Pero, hijo mío! -exclamó el director, volviéndose bruscamente hacia él-. ¿De veras no lo comprende? ¿No puede comprenderlo? -Levantó una mano, con expresión solemne-. El Método Bokanovsky es uno de los mayores instrumentos de la estabilidad social.

Uno de los mayores instrumentos de la estabilidad social.

Hombres y mujeres estandardizados, en grupos uniformes. Todo el personal de una fábrica podía ser el producto de un solo óvulo bokanovskificado.

-¡Noventa y seis mellizos trabajando en noventa y seis máquinas idénticas! -La voz del director casi temblaba de entusiasmo-. Sabemos muy bien adónde vamos. Por primera vez en la historia. -Citó la divisa planetario-: Comunidad, Identidad, Estabilidad.- Grandes palabras-. Si pudiéramos bokanovskificar indefinidamente, el problema estaría resuelto.

Resuelto por Gammas en serie, Deltas invariables, Epsilones uniformes. Millones de mellizos idénticos. El principio de la producción en masa aplicado, por fin, a la biología.

-Pero, por desgracia -añadió el director-, no podemos bokanovskificar indefinidamente.

Al parecer, noventa y seis era el límite, y setenta y dos un buen promedio. Lo más que podían hacer, a falta de poder realizar aquel ideal, era manufacturar tantos grupos de mellizos idénticos como fuese posible a partir del mismo ovario y con gametos del mismo macho. Y aun esto era difícil.

-Porque, por vías naturales, se necesitan treinta años para que doscientos óvulos alcancen la madurez. Pero nuestra tarea consiste en estabilizar la población en este momento, aquí y ahora. ¿De qué nos serviría producir mellizos con cuentagotas a lo largo de un cuarto de siglo?

Evidentemente, de nada. Pero la técnica de Podsnap había acelerado inmensamente el proceso de la maduración. Ahora cabía tener la seguridad de conseguir como mínimo ciento cincuenta óvulos maduros en dos años. Fecundación y bokanovskiflcación –es decir, multiplicación por setenta y dos-, aseguraban una producción media de casi once mil hermanos y hermanas en ciento cincuenta grupos de mellizos idénticos; y todo ello en el plazo de dos años.

-Y, en casos excepcionales, podemos lograr que un solo ovario produzca más de quince mil individuos adultos.

Volviéndose hacia un joven rubio y coloradote que en aquel momento pasaba por allá, lo llamó:

-Mr. Foster. ¿Puede decimos cuál es la marca de un solo ovario, Mr. Foster?

-Dieciséis mil doce en este Centro -contestó Mr. Foster sin vacilar. Hablaba con gran rapidez, tenía unos ojos azules muy vivos, y era evidente que le producía un intenso placer citar cifras-. Dieciséis mil doce, en ciento ochenta y nueve grupos de mellizos idénticos. Pero, desde luego, se ha conseguido mucho más -prosiguió atropelladamente- en algunos centros tropicales. Singapur ha producido a menudo más de dieciséis mil quinientos; y Mombasa ha alcanzado la marca de los diecisiete mil. Claro que tienen muchas ventajas sobre nosotros. ¡Deberían ustedes ver cómo reacciona un ovario de negra a la pituitarial Es algo asombroso, cuando uno está acostumbrado a trabajar con material europeo. Sin embargo -agregó, riendo (aunque en sus ojos brillaba el fulgor del combate y avanzaba la barbilla retadoramente)-, sin embargo, nos proponemos batirles, si podemos. Actualmente estoy trabajando en un maravilloso ovario Delta-Menos. Sólo cuenta dieciocho meses de antigüedad. Ya ha producido doce mil setecientos hijos, decantados o en embrión. Y sigue fuerte. Todavía les ganaremos.

-¡Éste es el espíritu que me gusta! -exclamó el director; y dio unas palmadas en el hombro de Mr. Foster-. Venga con nosotros y permita a estos muchachos gozar de los beneficios de sus conocimientos de experto.

Mr. Foster sonrió modestamente.

-Con mucho gusto -dijo.

Y siguieron la visita. En la Sala de Envasado reinaba una animación armoniosa y una actividad ordenada. Trozos de peritoneo de cerda, cortados ya a la medida adecuada, subían disparados en pequeños ascensores, procedentes del Almacén de órganos de los sótanos. Un zumbido, después un chasquido, y las puertas del ascensor se abrían de golpe; el Forrador de Envases sólo tenía que alargar la mano, coger el trozo, introducirlo en el frasco, alisarlo, y antes de que el envase debidamente forrado por el interior se hallara fuera de su alcance, transportado por la cinta sin fin, un zumbido, un chasquido, y otro trozo de peritoneo era disparado desde las profundidades, a punto para ser deslizado en el interior de otro frasco, el siguiente de aquella lenta procesión que la cinta transportaba.

Después de los Forradores había los Matriculadores. La procesión avanzaba; uno a uno, los óvulos pasaban de sus tubos de ensayo a unos recipientes más grandes; diestramente, el forro de peritoneo era cortado, la morula situada en su lugar, vertida la solución salina... y ya el frasco había pasado y les llegaba la vez a los etiquetadores. Herencia, fecha de fertilización, grupo de Bokanovsky al que pertenecía, todos estos detalles pasaban del tubo de ensayo al frasco. Sin anonimato ya, con sus nombres a través de una abertura de la pared, hacia la Sala de Predestinación Social.

-Ochenta y ocho metros cúbicos de fichas -dijo Mr. Foster, satisfecho, al entrar.

-Que contienen toda la información de interés -agregó el director.

-Puestas al día todas las mañanas.

-Y coordinadas todas las tardes.

-En las cuales se basan los cálculos.

-Tantos individuos, de tal y tal calidad -dijo Mr. Foster.

-Distribuidos en tales y tales cantidades. -El óptimo porcentaje de Decantación en cualquier momento dado.

-Permitiendo compensar rápidamente las pérdidas imprevistas.

-Rápidamente -repitió Mr. Foster-. ¡Si supieran ustedes la cantidad de horas extras que tuve que emplear después del último terremoto en el Japón!

Rió de buena gana y movió la cabeza.

-Los Predestinadores envían sus datos a los Fecundadores.

-Quienes les facilitan los embriones que solicitan.

-Y los frascos pasan aquí para ser predestinados concretamente.

-Después de lo cual vuelven a ser enviados al Almacén de Embriones.

-Adonde vamos a pasar ahora mismo.

Y, abriendo una puerta, Mr. Foster inició la marcha hacia una escalera que descendía al sótano.

La temperatura seguía siendo tropical. El grupo penetró en un ambiente iluminado con una luz crepuscular. Dos puertas y un pasadizo con un doble recodo aseguraban al sótano contra toda posible infiltración de la luz.

-Los embriones son como la película fotográfica -dijo Mr. Foster, jocosamente, al tiempo que empujaba la segunda puerta-. Sólo soportan la luz roja.

Y, en efecto, la bochornosa oscuridad en medio de la cual los estudiantes le seguían ahora era visible y escarlata como la oscuridad que se divisa con los ojos cerrados en plena tarde veraniega. Los voluminosos estantes laterales, con sus hileras interminables de botellas, brillaban como cuajados de rubíes, y entre los rubíes se movían los espectros rojos de mujeres y hombres con los ojos purpúreos y todos los síntomas del lupus. El zumbido de la maquinaria llenaba débilmente los aires.

-Deles unas cuantas cifras, Mr. Foster - dijo el director, que estaba cansado de hablar.

A Mr. Foster le encantó darles unas cuantas cifras.

Doscientos veinte metros de longitud, doscientos de anchura y diez de altura. Señaló hacia arriba. Como gallinitas bebiendo agua, los estudiantes levantaron los ojos hacia el elevado techo.

Tres grupos de estantes: a nivel del suelo, primera galería y segunda galería.

La telaraña metálica de las galerías se perdía a lo lejos, en todas direcciones, en la oscuridad. Cerca de ellas, tres fantasmas rojos se hallaban muy atareados descargando damajuanas de una escalera móvil.

La escalera que procedía de la Sala de Predestinación Social.

Cada frasco podía ser colocado en uno de los quince estantes, cada uno de los cuales, aunque a simple vista no se notaba, era un tren que viajaba a razón de trescientos treinta y tres milímetros por hora. Doscientos sesenta y siete días, a ocho metros diarios. Dos mil ciento treinta y seis metros en total. Una vuelta al sótano a nivel del suelo, otra en la primera galería, media en la segunda, y, la mañana del día doscientos sesenta y siete, luz de día en la Sala de Decantación. La llamada existencia independiente.

-Pero en el intervalo -concluyó Mr. Foster- nos las hemos arreglado para hacer un montón de cosas con ellos. Ya lo creo, un montón de cosas.

-Éste es el espíritu que me gusta -volvió a decir el director-. Demos una vueltecita. Cuénteselo usted todo, Mr. Foster.

Y Mr. Foster se lo contó todo.

Les habló del embrión que se desarrollaba en su lecho de peritoneo. Les dio a probar el rico sucedáneo de la sangre con que se alimentaba. Les explicó por qué había de estimularlo con placentina y tiroxina. Les habló del extracto de corpus luteum. Les enseñó las mangueras por medio de las cuales dicho extracto era inyectado automáticamente cada doce metros, desde cero hasta 2.040. Habló de las dosis gradualmente crecientes de pituitaria administradas durante los noventa y seis metros últimos del recorrido. Describió la circulación materna artificial instalada en cada frasco, en el metro ciento doce, les enseñó el depósito de sucedáneo de la sangre, la bomba centrífuga que mantenía al líquido en movimiento por toda la placenta y lo hacía pasar a través del pulmón sintético y el filtro de los desperdicios. Se refirió a la molesta tendencia del embrión a la anemia, a las dosis masivas de extracto de estómago de cerdo y de hígado de potro fetal que, en consecuencia, había que administrar.

Les enseñó el sencillo mecanismo por medio del cual, durante los dos últimos metros de cada ocho, todos los embriones eran sacudidos simultáneamente para que se acostumbraran al movimiento. Aludió a la gravedad del llamado trauma de la decantación y enumeró las precauciones que se tomaban para reducir al mínimo, mediante el adecuado entrenamiento del embrión envasado, tan peligroso shock. Les habló de las pruebas de sexo llevadas a cabo en los alrededores del metro doscientos. Explicó el sistema de etiquetaje: una T para los varones, un círculo para las hembras, y un signo de interrogación negro sobre fondo blanco para los destinados a hermafroditas.

-Porque, desde luego -dijo Mr. Foster-, en la gran mayoría de los casos la fecundidad no es más que un estorbo. Un solo ovario fértil de cada mil doscientos bastaría para nuestros propósitos. Pero queremos poder elegir a placer. Y, desde luego, conviene siempre dejar un buen margen de seguridad. Por esto permitimos que hasta un treinta por ciento de embriones hembra se desarrollen normalmente. A los demás les administramos una dosis de hormona sexual femenina cada veinticuatro metros durante lo que les queda de trayecto. Resultado: son decantados como hermafroditas, completamente normales en su estructura, excepto -tuvo que reconocer- que tienen una ligera tendencia a echar barba, pero estériles. Con una esterilidad garantizada. Lo cual nos conduce por fin -prosiguió Mr. Foster- fuera del reino de la mera imitación servil de la Naturaleza para pasar al mundo mucho más interesante de la invención humana.

Se frotó las manos. Porque, desde luego, ellos no se limitaban meramente a incubar embriones; cualquier vaca podría hacerlo.

-También predestinamos y condicionamos. Decantamos nuestros críos como seres humanos socializados, como Alfas o Epsilones, como futuros poceros o futuros... -Iba a decir futuros Interventores Mundiales, pero rectificando a tiempo, dijo- ... futuros Directores de Incubadoras.

El director agradeció el cumplido con una sonrisa.

Pasaban en aquel momento por el metro 320 del Estante nº 11. Un joven Beta-Menos, un mecánico, estaba atareado con un destornillador y una llave inglesa, trabajando en la bomba de sucedáneo de la sangre de una botella que pasaba. Cuando dio vuelta a las tuercas, el zumbido del motor eléctrico se hizo un poco más grave. Bajó más aún, y un poco más.., Otra vuelta a la llave inglesa, una mirada al contador de revoluciones, y terminó su tarea. El hombre retrocedió dos pasos en la hilera e inició el mismo proceso en la bomba del frasco siguiente.

-Está reduciendo el número de revoluciones por minuto -explicó Mr. Foster-. El sucedáneo circula más despacio; por consiguiente, pasa por el pulmón a intervalos más largos; por tanto, aporta menos oxígeno al embrión. No hay nada como la escasez de oxígeno para mantener a un. embrión por debajo de lo normal.

Y volvió a frotarse las manos.

-¿Y para qué quieren mantener a un embrión por debajo de lo normal? -preguntó un estudiante ingenuo.

¡Estúpido! -exclamó el director, rompiendo un largo silencio-. ¿No se le ha ocurrido pensar que un embrión de Epsilon debe tener un ambiente Epsilon y una herencia Epsilon también?

Evidentemente, no se le había ocurrido. Quedó abochornado.

Cuanto más baja es la casta -dijo Mr. Foster-, menos debe escasear el oxígeno. El primer órgano afectado es el cerebro. Después el esqueleto. Al setenta por ciento del oxígeno normal se consiguen enanos. A menos del setenta, monstruos sin ojos. Que no sirven para nada -concluyó Mr. Foster.

En cambio (y su voz adquirió un tono confidencial y excitado), si lograran descubrir una técnica para abreviar el período de maduración, ¡qué gran triunfo, qué gran beneficio para la sociedad!

-Piensen en el caballo- dijo.

Los alumnos pensaron en el caballo.

El caballo alcanza la madurez a los seis años; el elefante, a los diez. En tanto que el hombre, a los trece años aún no está sexualmente maduro, y sólo a los veinte alcanza el pleno conocimiento. De ahí la inteligencia humana, fruto de este desarrollo retardado.

Pero en los Epsilones -dijo Mr. Foster, muy acertadamente- no necesitamos inteligencia humana.

No la necesitaban, y no la fabricaban. Pero, aunque la mente de un Epsilon alcanzaba la madurez a los diez años, el cuerpo del Epsilon no era apto para el trabajo hasta los dieciocho. Largos años de inmadurez superflua y perdida. Si el desarrollo físico pudiera acelerarse hasta que fuera tan rápido, digamos, como el de una vaca, ¡qué enorme ahorro para la comunidad!

¡Enorme! -murmuraron los estudiantes.

El entusiasmo de Mr. Foster era contagioso.

Después se puso más técnico; habló de una coordinación endocrina anormal que era la causa de que los hombres crecieran tan lentamente, y sostuvo que esta anormalidad se debía a una mutación germinal. ¿Cabía destruir los efectos de esta mutación germinal? ¿Cabía devolver al individuo Epsilon, mediante una técnica adecuada, a la normalidad de los perros y de las vacas? Este era el problema.

Pilkinton, en Mombasa, había producido individuos sexualmente maduros a los cuatro años y completamente crecidos a los seis y medio. Un triunfo científico. Pero socialmente inútil. Los hombres y las mujeres de seis años eran demasiado estúpidos, incluso para realizar el trabajo de un Epsilon.

Y el método era de los del tipo todo o nada; o no se lograba modificación alguna, o tal modificación era en todos los sentidos. Todavía estaban luchando por encontrar el compromiso ideal entre adultos de veinte años y adultos de seis. Y hasta entonces sin éxito.

Su ronda a través de la luz crepuscular escarlata les había llevado a las proximidades del metro 170 del Estante 9. A partir de aquel punto, el Estante 9 estaba cerrado, y los frascos realizaban el resto de su viaje en el interior de una especie de túnel, interrumpido de vez en cuando por unas aberturas de dos o tres metros de anchura.

-Condicionamiento con respecto al calor- explicó Mr. Foster.

Túneles calientes alternaban con túneles fríos. El frío se aliaba a la incomodidad en la forma de intensos rayos X. En el momento de su decantación, los embriones sentían horror por el frío. Estaban predestinados a emigrar a los trópicos, a ser mineros, tejedores de seda al acetato o metalúrgicos. Más adelante, enseñarían a sus mentes a apoyar el criterio de su cuerpo.

Nosotros los condicionamos de modo que tiendan hacia el calor -concluyo Mr. Foster-. Y nuestros colegas de arriba les enseñarán a amarlo.

Y éste -intervino el director sentenciosamente-, éste es el secreto de la felicidad y la virtud: amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento tiende a esto: a lograr que la gente ame su inevitable destino social.

En un boquete entre dos túneles, una enfermera introducía una jeringa larga y fina en el contenido gelatinoso de un frasco que pasaba. Los estudiantes y sus guías permanecieron observándola unos momentos.

-Muy bien, Lenina -dijo Mr. Foster cuando, al fin, la joven retiró la jeringa y se incorporó.

La muchacha se volvió, sobresaltada. A pesar del lapsus y de los ojos de púrpura, se advertía que era excepcionalmente hermosa.

Su sonrisa, roja también, voló hacia él, en una hilera de rojos dientes.

-Encantadora, encantadora -murmuró el director.

Y, dándole una o dos palmaditas, recibió en correspondencia una sonrisa deferente, a él destinada.

-¿Qué les da? -preguntó Mr. Foster, procurando adoptar un tono estrictamente profesional-Lo de siempre: el tifus y la enfermedad del sueño.

-Los trabajadores del trópico empiezan a ser inoculados en el metro 150 -explicó Mr. Foster a los estudiantes-. Los embriones todavía tienen agallas. Inmunizamos al pez contra las enfermedades del hombre futuro. -Luego, volviéndose a Lenina, añadió-: A las cinco menos diez, en el tejado, esta tarde, como de costumbre.

-Encantadora -dijo el director una vez más.

Y, con otra palmadita, se alejó en pos de los otros.

En el estante número 10, hileras de la próxima generación de obreros químicos eran sometidos a un tratamiento para acostumbrarlos a tolerar el plomo, la sosa cáustica, el asfalto, la clorina... El primero de una hornada de doscientos cincuenta mecánicos de cohetes aéreos en embrión pasaba en aquel momento por el metro mil cien del estante 3. Un mecanismo especial mantenía sus envases en constante rotación.

-Para mejorar su sentido del equilibrio -explicó Mr. Foster-. Efectuar reparaciones en el exterior de un cohete en el aire es una tarea complicada. Cuando están de pie, reducimos la circulación hasta casi matarlos, y doblamos el flujo del sucedáneo de la sangre cuando están cabeza abajo. Así aprenden a asociar esta posición con el bienestar; de hecho, sólo son felices de verdad cuando están así. Y ahora -prosiguió Mr. Foster-, me gustaría enseñarles algún condicionamiento interesante para intelectuales Alfa-Más. Tenemos un nutrido grupo de ellos en el estante número S. Es el nivel de la Primera Galería -gritó a dos muchachos que habían empezado a bajar a la planta-. Están por los alrededores del metro 900 -explicó-. No se puede efectuar ningún condicionamiento intelectual eficaz hasta que el feto ha perdido la cola.

Pero el director había consultado su reloj.

-Las tres menos diez -dijo-. Me temo que no habrá tiempo para los embriones intelectuales. Debemos subir a las Guarderías antes de que los niños despierten de la siesta de la tarde.

Mr. Foster pareció decepcionado.

-Al menos, una mirada a la Sala de Decantación -imploró.

-Bueno, está bien. -El director sonrió con indulgencia-. Pero sólo una ojeada.


transcrito por Alejandro

martes, 10 de noviembre de 2009

UN MUNDO FELIZ (Aldous Huxley) -1 -

A partir de hoy, y a razón de un capítulo por semana, comienzo a publicar para el deleite de todos una obra maestra de la literatura de anticipación. Como podemos ver, la realidad del día a día nos muestra lo cerca que estamos de "vivir en la novela"
Alejandro


PRÓLOGO


El remordimiento crónico, y en ello están acordes todos los moralistas, es un sentimiento sumamente indeseable. Si has obrado mal, arrepiéntete, enmienda tus yerros en lo posible y encamina tus esfuerzos a la tarea de comportarte mejor la próxima vez. Pero en ningún caso debes entregarte a una morosa meditación sobre tus faltas. Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse.
También el arte tiene su moral, y muchas de las reglas de esta moral son las mismas que las de la ética corriente, o al menos análogas a ellas. El remordimiento, por ejemplo, es tan indeseable en relación con nuestra creación artística como en relación con las malas acciones. En el futuro, la maldad debe ser perseguida, reconocida, y, en lo posible, evitada. Llorar sobre los errores literarios de veinte años atrás, intentar enmendar una obra fallida para darle la perfección que no logró en su primera ejecución, perder los años de la madurez en el intento de corregir los pecados artísticos cometidos y legados por esta persona ajena que fue uno mismo en la juventud, todo ello, sin duda, es vano y fútil. De aquí que este nuevo UN MUNDO FELIZ sea exactamente igual al viejo. Sus defectos como obra de arte son considerables; mas para corregirlos debería haber vuelto a escribir el libro, y al hacerlo, como un hombre mayor, como otra persona que soy, probablemente hubiese soslayado no sólo algunas de las faltas de la obra, sino también algunos de los méritos que poseyera originalmente. Así, resistiéndome a la tentación de revolcarme en los remordimientos artísticos, prefiero dejar tal como está lo bueno y lo malo del libro y pensar en otra cosa.

Sin embargo, creo que sí merece la pena, al menos, citar el más grave defecto de la novela, que es el siguiente. Al Salvaje se le ofrecen sólo dos alternativas: una vida insensata en Utopía, o la vida de un primitivo en un poblado indio, una vida más humana en algunos aspectos, pero en otros casi igualmente extravagante y anormal. En la época en que este libro fue escrito, esta idea de que a los hombres se les ofrece el libre albedrío para elegir entre la locura de una parte y la insania de otra, se me antojaba divertida y la consideraba como posiblemente cierta. Sin embargo, en atención a los efectos dramáticos, a menudo se permite al Salvaje hablar más racionalmente de lo que su educación entre los miembros practicantes de una religión, que es una mezcla del culto a la fertilidad y de la ferocidad de los Penitentes, le hubiese permitido hacerlo en realidad. Ni siquiera su conocimiento de Shakespeare basta para justificar sus expresiones. Y al final, naturalmente, se les hace abandonar la cordura, su Penitentismo nativo recobra la autoridad sobre él, y el Salvaje acaba en una autotortura de maniático y un suicidio de desesperación. Y así, después de todo, murieron miserablemente, con gran satisfacción por parte del divertido y pirrónico esteta que era el autor de la fábula.

Actualmente no siento deseos de demostrar que la cordura es imposible. Por el contrario, aunque sigo estando no menos tristemente seguro de que en el pasado la cordura es un fenómeno muy raro, estoy convencido de que cabe alcanzarla y me gustaría verla en acción más a menudo.
Por haberlo dicho en varios libros míos recientes, y, sobre todo, por haber compilado una antología de lo que los cuerdos han dicho sobre la cordura y sobre los medios por los cuales puede lograrse, un eminente crítico académico ha dicho de mí que constituyo un triste síntoma del fracaso de una clase intelectual en tiempos de crisis. Supongo que ello implica que el profesor y sus colegas constituyen otros tantos alegres síntomas de éxito. Los bienhechores de la humanidad merecen ser honrados y recordados perpetuamente. Construyamos un Panteón para profesores. Podríamos levantarlo entre las ruinas de una de las ciudades destruidas de Europa o el Japón; sobre la entrada del osario yo colocaría una inscripción, en letras de dos metros de altura, con estas simples palabras: Consagrado a la memoria de los Educadores del Mundo. Su MONUMENTUM REQUIRIS CIRCUMSPICE.

Pero volviendo al futuro... Si ahora tuviera que volver a escribir este libro, ofrecería al Salvaje una tercera alternativa. Entre los cuernos utópico y primitivo de este dilema, yacería la posibilidad de la cordura, una posibilidad ya realizada, hasta cierto punto, en una comunidad de desterrados o refugiados del MUNDO FELIZ, que viviría en una especie de Reserva. En esta comunidad, la economía sería descentralista y al estilo de Henry George, y la política kropotkiniana y cooperativista. La ciencia y la tecnología serían empleadas como si, lo mismo que el Sabbath, hubiesen sido creadas para el hombre, y no (como en la actualidad) el hombre debiera adaptarse y esclavizarse a ellas.
La religión sería la búsqueda consciente e inteligente del Fin último del hombre, el conocimiento unitivo del Tao o Logos inmanente, la transcendente Divinidad de Brahma. Y la filosofía de la vida que prevalecería sería una especie de Alto Utilitarismo, en el cual el principio de la Máxima Felicidad sería supeditado al principio del Fin último, de modo que la primera pregunta a formular y contestar en toda contingencia de la vida sería: ¿Hasta qué punto este pensamiento o esta acción contribuye o se interfiere con el logro, por mi parte y por parte del mayor número posible de otros Individuos, del Fin último del hombre?
Educado entre los primitivos, el Salvaje (en esta hipotética nueva versión del libro) no sería trasladado a Utopía hasta después de que hubiese tenido oportunidad de adquirir algún conocimiento de primera mano acerca de la naturaleza de una sociedad compuesta de individuos que cooperan libremente, consagrados al logro de la cordura. Con estos cambios, UN MUNDO FELIZ poseería una perfección artística y (si cabe emplear una palabra tan trascendente en relación con una obra de ficción) filosófica, de la cual, en su forma actual, evidentemente carece.

Pero UN MUNDO FELIZ es un libro acerca del futuro, y, aparte sus cualidades artísticas o filosóficas, un libro sobre el futuro puede interesarnos solamente si sus profecías parecen destinadas, verosímilmente, a realizarse. Desde nuestro punto de mira actual, quince años más abajo en el plano inclinado de la historia moderna, ¿hasta qué punto parecen plausibles sus pronósticos? ¿Qué ha ocurrido en este doloroso intervalo que confirme o invalide las previsiones de 1931?
Inmediatamente se nos revela un gran y obvio fallo de previsión. UN MUNDO FELIZ no contiene referencia alguna a la fisión nuclear. Y, realmente, es raro que no la contenga; porque las posibilidades de la energía atómica eran ya tema de conversaciones populares algunos años antes de que este libro fuese escrito. Mi viejo amigo Robert Nichols incluso había escrito una comedia de éxito sobre este tema, y recuerdo que también yo lo había mencionado en una narración publicada antes de 1930. Así, pues, como decía, es muy extraño que los cohetes y helicópteros del sigloVII de Nuestro Ford no sean movidos por núcleos desintegrados. Este fallo no puede excusarse; pero sí cabe explicarlo fácilmente. El tema de UN MUNDO FELIZ no es el progreso de la ciencia en cuanto afecta a los individuos humanos. Los logros de la física, la química y la mecánica se dan, tácitamente, por sobrentendidos. Los únicos progresos científicos que se describen específicamente son los que entrañan la aplicación a los seres humanos de los resultados de la futura investigación en biología, psicología y fisiología. La liberación de la energía atómica constituye una gran revolución en la historia humana, pero no es (a menos que nos volemos a nosotros mismos en pedazos poniendo así punto final a la historia) la última revolución ni la más profunda.
Esta revolución realmente revolucionaria deberá lograrse, no en el mundo externo, sino en las almas y en la carne de los seres humanos. Viviendo como vivió en un período revolucionario, el marqués de Sade hizo uso con gran naturalidad de esta teoría de las revoluciones con el fin de racionalizar su forma peculiar de insania. Robespierre había logrado la forma más superficial de revolución: la política. Yendo un poco más lejos, Babeuf había intentado la revolución económica. Sade se consideraba a sí mismo como el apóstol de la revolución auténticamente revolucionaria, más allá de la mera política y de la economía, la revolución de los hombres, las mujeres y los niños individuales, cuyos cuerpos debían en adelante pasar a ser propiedad sexual común de todos, y cuyas mentes debían ser lavadas de todo pudor natural, de todas las inhibiciones, laboriosamente adquiridas, de la civilización tradicional. Entre sadismo y revolución realmente revolucionaria no hay, naturalmente, una conexión necesaria o inevitable.
Sade era un loco, y la meta más o menos consciente de su revolución eran el caos y la destrucción universales. Las personas que gobiernan el Mundo feliz pueden no ser cuerdas (en lo que podríamos llamar el sentido absoluto de la palabra), pero no son locos de atar, y su meta no es la anarquía, sino la estabilidad social. Para lograr esta estabilidad llevan a cabo, por medios científicos, la revolución final, personal, realmente revolucionaria.

En la actualidad nos hallamos en la primera fase de lo que quizá sea la penúltima revolución. Su próxima fase puede ser la guerra atómica, en cuyo caso no vale la pena que nos preocupemos por las profecías sobre el futuro. Pero cabe en lo posible que tengamos la cordura suficiente, si no para dejar de luchar unos con otros, al menos para comportarnos tan racionalmente como lo hicieron nuestros antepasados del siglo XVIII.
Los horrores inimaginables de la Guerra de los Treinta Años enseñaron realmente una lección a los hombres, y durante más de cien años los políticos y generales de Europa resistieron conscientemente la tentación de emplear sus recursos militares hasta los límites de la destrucción o (en la mayoría de los casos) para seguir luchando hasta la total aniquilación del enemigo. Hubo agresores, desde luego, ávidos de provecho y de gloria; pero hubo también conservadores, decididos a toda costa a conservar intacto su mundo. Durante los últimos treinta años no ha habido conservadores; sólo ha habido radicales nacionalistas de derecha y radicales nacionalistas de izquierda.
El último hombre de Estado conservador fue el quinto marqués de Lansdowne; y cuando escribió una carta a The Times sugiriendo que la Primera Guerra Mundial debía terminar con un compromiso, como habían terminado la mayoría de las guerras del siglo XVIII, el director de aquel diario, otrora conservador, se negó a publicarla. Los radicales nacionalistas no salieron con la suya, con las consecuencias que todos conocemos: bolchevismo, fascismo, inflación, depresión, Hitler, la Segunda Guerra Mundial, la ruina de Europa y todos los males imaginables menos el hambre universal.
Suponiendo, pues, que seamos capaces de aprender tanto de Hiroshima como nuestros antepasados de Magdeburgo, podemos esperar un período, no de paz, ciertamente, pero sí de guerra limitada y sólo parcialmente ruinosa. Durante este período cabe suponer que la energía nuclear estará sujeta al yugo de los usos industriales. El resultado de ello será, evidentísimamente, una serie de cambios económicos y sociales sin precedentes en cuanto a su rapidez y radicalismo. Todas las formas de vida humana actuales estarán periclitadas y será preciso improvisar otras nuevas formas adecuadas al hecho –no humano- de la energía atómica. Procusto moderno, el científico nuclear preparará el lecho en el cual deberá yacer la Humanidad; y si la Humanidad no se adapta al mismo..., bueno, será una pena para la Humanidad. Habrá que forcejear un poco y practicar alguna amputación, la misma clase de forcejeos y de amputaciones que se están produciendo desde que la ciencia aplicada se lanzó a la carrera; sólo que esta vez, serán mucho más drásticos que en el pasado. Estas operaciones, muy lejos de ser indoloras, serán dirigidas por gobiernos totalitarios sumamente centralizados. Será inevitable; porque el futuro inmediato es probable que se parezca al pasado inmediato, y en el pasado inmediato los rápidos cambios tecnológicos, que se produjeron en una economía de producción masiva y entre una población predominantemente no propietaria, han tendido siempre a producir un confusionismo social y económico. Para luchar contra la confusión el poder ha sido centralizado y se han incrementado las prerrogativas del Gobierno. Es probable que todos los gobiernos del mundo sean más o menos enteramente totalitarios, aun antes de que se logre domesticar la energía atómica; y parece casi seguro que lo serán durante el progreso de domesticación de dicha energía y después del mismo.

Desde luego, no hay razón alguna para que el nuevo totalitarismo se parezca al antiguo. El Gobierno, por medio de porras y piquetes de ejecución, hambre artificialmente provocada, encarcelamientos en masa y deportación también en masa no es solamente inhumano (a nadie, hoy día, le importa demasiado este hecho); se ha comprobado que es ineficaz, y en una época de tecnología avanzada la ineficacia es un pecado contra el Espíritu Santo. Un Estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada en los actuales estados totalitarios a los Ministerios de Propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela. Pero sus métodos todavía son toscos y acientíficos. La antigua afirmación de los jesuitas, según los cuales si se encargaban de la educación del niño podían responder de las opiniones religiosas del hombre, fue dictada más por el deseo que por la realidad de los hechos. Y el pedagogo moderno probablemente es menos eficiente en cuanto a condicionar los reflejos de sus alumnos de lo que lo fueron los reverendos padres que educaron a Voltaire. Los mayores triunfos de la propaganda se han logrado, no haciendo algo, sino impidiendo que ese algo se haga. Grande es la verdad, pero más grande todavía, desde un punto de vista práctico, el silencio sobre la verdad. Por el simple procedimiento de no mencionar ciertos temas, de bajar lo que Mr. Churchill llama un telón de acero entre las masas y los hechos o argumentos que los jefes políticos consideran indeseables, la propaganda totalitarista ha influido en la opinión de manera mucho más eficaz de lo que lo hubiese conseguido mediante las más elocuentes denuncias y las más convincentes refutaciones lógicas.
Pero el silencio nobasta. Si se quiere evitar la persecución, la liquidación y otros síntomas de fricción social, es preciso que los aspectos positivos de la propaganda sean tan eficaces como los negativos. Los más importantes Proyectos Manhattan del futuro serán vastas encuestas patrocinadas por los gobiernos sobre lo que los políticos y los científicos que intervendrán en ellas llamarán el problema de la felicidad; en otras palabras, el problema de lograr que la gente ame su servidumbre. Sin seguridad económica, el amor a la servidumbre no puede llegar a existir; en aras a la brevedad, doy por sentado resolver el problema de la seguridad permanente. Pero la seguridad tiende muy rápidamente a darse por sentada. Su logro es una revolución meramente superficial, externa. El amor a la servidumbre sólo puede lograrse como resultado de una revolución profunda, personal, en las mentes y los cuerpos humanos.

Para llevar a cabo esta revolución necesitamos, entre otras cosas, los siguientes descubrimientos e inventos. En primer lugar, una técnica mucho más avanzada de la sugestión, mediante el condicionamiento de los infantes y, más adelante, con la ayuda de drogas, tales como la escopolamina. En segundo lugar, una ciencia, plenamente desarrollada, de las diferencias humanas, que permita a los dirigentes gubernamentales destinar a cada individuo dado a su adecuado lugar en la jerarquía social y económica. (Las clavijas redondas en agujeros cuadrados tienden a alimentar pensamientos peligrosos sobre el sistema social y a contagiar su descontento a los demás.) En tercer lugar (puesto que la realidad, por utópica que sea, es algo de lo cual la gente siente la necesidad de tomarse frecuentes vacaciones), un sustitutivo para el alcohol y los demás narcóticos, algo que sea al mismo tiempo menos dañino y más placentero que la ginebra o la heroína. Y finalmente (aunque éste sería un proyecto a largo plazo, que exigiría generaciones de dominio totalitario para llegar a una conclusión satisfactoria), un sistema de eugenesia a prueba de tontos, destinado a estandardizar el producto humano y a facilitar así la tarea de los dirigentes.

En UN MUNDO FELIZ esta uniformización del producto humano ha sido llevada a un extremo fantástico, aunque quizá no imposible. Técnica e ideológicamente, todavía estamos muy lejos de los bebés embotellados y los grupos de Bokanovsky de adultos con inteligencia infantil. Pero por los alrededores del año 600 de la Era Fordiana, ¿quién sabe qué puede ocurrir? En cuanto a los restantes rasgos característicos de este mundo más feliz y más estable -los equivalentes del soma, la hipnopedia y el sistema científico de castas-, probablemente no se hallan más que a tres o cuatro generaciones de distancia. Ya hay algunas ciudades americanas en las cuales el número de divorcios iguala al número de bodas. Dentro de pocos años, sin duda alguna, las licencias de matrimonio se expenderán como las licencias para perros, con validez sólo para un período de doce meses, y sin ninguna ley que impida cambiar de perro o tener más de un animal a la vez. A medida que la libertad política y económica disminuye, la libertad sexual tiende, en compensación, a aumentar. Y el dictador (a menos que necesite carne de cañón o familias con las cuales colonizar territorios desiertos o conquistados) hará bien en favorecer esta libertad. En colaboración con la libertad de soñar despiertos bajo la influencia de los narcóticos, del cine y de la radio, la libertad sexual ayudará a reconciliar a sus súbditos con la servidumbre que es su destino.
Sopesándolo todo bien, parece como si la Utopía se hallara más cerca de nosotros de lo que nadie hubiese podido imaginar hace sólo quince años. Entonces, la situé para dentro de seiscientos años en el futuro. Hoy parece posible que tal horror se implante entre nosotros en el plazo de un solo siglo. Es decir, en el supuesto de que sepamos reprimir nuestros impulsos de destruirnos en pedazos en el entretanto.
Ciertamente, a menos que nos decidamos a descentralizar y emplear la ciencia aplicada, no como un fin para el cual los seres humanos deben ser tenidos como medios, sino como el medio para producir una raza de individuos libres, sólo podremos elegir entre dos alternativas: o cierto número de totalitarismos nacionales, militarizados, que tendrán sus raíces en el terror que suscita la bomba atómica, y, en consecuencia, la destrucción de la civilización (o, si la guerra es limitada, la perpetuación del militarismo); o bien un solo totalitarismo supranacional cuya existencia sería provocada por el caos social que resultaría del rápido progreso tecnológico en general y la revolución atómica en particular, que se desarrollaría, a causa de la necesidad de eficiencia y estabilidad, hasta convertirse en la benéfica tiranía de la Utopía. Usted es quien paga con su dinero, y puede elegir a su gusto.



martes, 27 de octubre de 2009

UN CUENTO DE KHALIL GIBRAN

"Yo estaba caminando por el jardín de un asilo de locos, cuando encontré a un joven leyendo un libro de filosofía. Por su forma y por la salud que mostraba no combinaba mucho con los otros internos. Me senté a su lado y le pregunté: ¿Qué estás haciendo aquí?

Paulo Coelho

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El me miró sorprendido, pero viendo que yo no era uno de los médicos respondió:
"Es muy simple. Mi padre, un brillante abogado, quería que yo fuera como él.
Mi tío que tenía un alto puesto comercial, quería que yo siguiera su ejemplo.
Mi madre deseaba que yo fuera la imagen de su adorado padre.
Mi hermana siempre me citaba a su marido como ejemplo de un hombre de éxito.
Mi hermano trataba de entrenarme para que yo fuera un buen atleta como él.
Y lo mismo ocurría con mis profesores en la escuela, el maestro de piano, el tutor de inglés; todos estaban convencidos y seguros de que eran el mejor ejemplo a seguir. Nadie me miraba como se debe mirar a un hombre, sino como se mira un espejo. Así fue que decidí internarme en este asilo. Por lo menos aquí puedo ser yo mismo."


jueves, 22 de octubre de 2009

CUIDADO CON LOS RECUERDOS

Llego a Madrid a las ocho de la mañana. Me voy a quedar apenas algunas horas, no tiene sentido telefonear a los amigos o arreglar algún encuentro. Resuelvo caminar solo por lugares que me gustan y termino fumando un cigarrillo en un banco del parque Retiro.

-Usted parece que no está aquí –me dijo un anciano, sentándose a mi lado.

-Estoy aquí –respondo. –Sólo que doce años atrás, en 1986. Sentado en este mismo banco con un amigo pintor, Anastasio Ranchal. Los dos estamos mirando a mi mujer, Christina, que bebió más de la cuenta y hace como que baila flamenco.

-Aproveche –dijo el anciano. –Pero no se olvide de que el recuerdo es como la sal: en la cantidad adecuada le da sabor a la comida; pero si se exagera, estropea el alimento. Quien vive demasiado en el pasado, gasta su presente en recordar.

Paulo Coelho

sábado, 2 de mayo de 2009

HOY FUI FELIZ

Hoy fui feliz

Cuando sumido en las sombras,
a un costado de la realidad,
encontré tu rostro
y me trajiste la claridad
de lo amado

Hoy fui feliz
cuando te reconocí,
cuando te asomaste a mis ojos,
me apretaste la mano
y me dijiste "te quiero"

Hoy fui feliz
cuando por fin me di cuenta
que todas las almas que amo,
y que viven dentro mio,
están en ti

Alejandro




domingo, 26 de octubre de 2008

OSCURIDAD

Formas negras maliciosas golpean el casco de la nave. Flota en el aire un olor acre y al mismo tiempo dulzón, malsano; sentimos como si estuviéramos metidos en un sótano sucio y sin ventilación donde se estuvieran descomponiendo restos de mugrientos trapos húmedos en algún rincón, con sus olores mezclados con el tufo de un animal muerto. Necesitamos aire, la respiración se nos hace dificultosa y el asco nos eriza todos los pelos del cuerpo, pero todo está abierto y afuera el día está hermoso y el mar brilla como nunca bajo los rayos del sol. No es falta de aire ni es encierro lo que está ocurriendo; sentimos que inmundos efluvios nos envuelven tratando de meterse dentro de nosotros.

No esperábamos un ataque, se nos vino de repente y no estábamos bien preparados. A pesar de estar alertas a las señales que delatan la intromisión del mal, esta vez no lo vimos venir.

La oscuridad logró infiltrarse en nuestras mentes creando desarmonía entre Ankh y yo, logrando que se corte nuestra conexión con la Jerarquía, y nos dejó aislados y a su merced. Éste es su plan de acción favorito, el más efectivo, y siniestro, pues si logra que quedemos aislados, se nos hace muy difícil vencerla, y si no lo logramos, eso significaría o el fracaso de nuestra misión o una demora fatal de tristes consecuencias. También significaría un tremendo dolor para nosotros en todos los niveles, desde el humano, donde nuestra vida juntos, tan largamente cultivada y cuidada, se haría pedazos, hasta nuestra evolución espiritual, que resentiría un estancamiento muy peligroso.

- Sirio, me siento mal. Tengo náuseas y me duele la cabeza como si fuera a estallar. No sé, de repente tengo ganas de llorar... ¡Y ese olor!, parece que lo tuviera en la nariz, en la garganta...
- Es asqueroso – le respondo, sintiendo un calor como de fuego que me sube por la nuca. Estoy comenzando a sentirme mal también yo, pero no físicamente: es una ira sorda que trato de disimular sin poder lograrlo. Veo todo rojo. Procuro serenarme y limpiar mi mente para poder luchar contra eso que se nos vino encima, procuro reaccionar, pero siento que es tarde, que la suciedad se me coló hasta los huesos.

Ankh comienza a dar vueltas por el camarote, visiblemente alterada y con un nerviosismo contagioso. Toca todo, levanta los libros que están sobre el escritorio y los vuelve a dejar, revisa los cajones de los muebles buscando alguna pócima que la saque de ese estado, sin encontrar nada... La tensión se palpa en el ambiente y mi agresividad aumenta momento a momento hasta hacerme olvidar que nosotros no somos así, que hay algo externo que está actuando sobre nosotros que, si no logramos transmutarlo, terminará ocasionando un desastre. O tal vez sí tenía conciencia de ello, pero esa fuerza oscura había ya tomado dominio sobre mí hasta tal punto que parecía no importarme nada. La tensión atenaza mis músculos, me duelen los hombros y la espalda y mis ojos, irritados, se niegan a seguir abiertos.

–¡Ankh, por favor, no sigas con eso!– le pido en un tono que quiere ser amable mientras el fastidio y la falta de voluntad real de calmar los ánimos bulle en mi interior.
-¿Qué no siga con qué?- Me contesta Ankh con un fingido aire a la vez indiferente y desafiante, despreciativo, que suena como un insulto...

Tanto Ankh como yo sabíamos que si nos permitíamos estallar con la violencia que sentíamos, que la oscuridad nos hacía sentir, las consecuencias podrían ser irreparables: yo me sumergiría en una profunda depresión hostil y ella optaría por largarse y abandonar todo lo que habíamos construido juntos, cediendo a un impulso ciego que luego lamentaría, cuando ya fuese tarde para volver atrás.

Afortunadamente la protección invisible que siempre está con nosotros, aún cuando no la invoquemos, hace que hasta en los peores momentos haya un rayo de luz en la más densa oscuridad; un rayo de luz que nos pide que tomemos conciencia de qué es lo que en realidad está pasando, que utilicemos nuestras armas para cortar los lazos con los que la oscuridad nos ha envuelto y volvamos al camino, magullados y cansados, pero más unidos que antes.

Al fin logro serenarme con un tremendo esfuerzo de voluntad. Voy a popa y me siento en silencio. Enderezo mi columna, cierro los ojos e invoco la protección del Sr. Miguel y de mi Maestro. Laboriosamente voy aquietando mi mente y cuando logro un mínimo de calma, comienzo a elevarme, acelerando mi tónica vibratoria y dejando atrás todo aquello que no me pertenece, que me fue impuesto desde afuera. Sé que si no logro trasmutar esas energías oscuras, cuando vuelva, cuando acabe la meditación, la infección continuará, por lo que realizo el ritual del perdón y corto los lazos oscuros que me unen a esas fuerzas negras y los que pudieran implicar algún resentimiento contra Ankh, ya que, aunque sabía que ella no era culpable de lo que se nos vino encima, era necesario cortar cualquier lazo oscuro y transmutarlo en luz, ya que en la apariencia era ella la que me atacaba, y la personalidad, la parte humana de uno, muchas veces no sabe distinguir entre apariencia y realidad. De manera que efectué el ritual perdonando tanto a las fuerzas del mal que nos atacaban como a Ankh, que no era más que una víctima de ellas, como yo. Cortados los lazos y trasmutados en Luz y Divino amor, invoqué la llama violeta para purificar mis cuerpos físico y sutiles.

Este trabajo con los rayos es una actividad que realizamos todos los días al levantarnos y al acostarnos por la noche, pero pocas veces he experimentado los síntomas de la actividad de mis centros de energía como en esta ocasión. Las lágrimas mojaban mi ropa hasta empapar la camisa y sonoros bostezos y eructos hacían evidente la carga que llevaba encima. Al sentir que la claridad del Espíritu volvía a ocupar su sitial en mí, comencé a trabajar sobre Ankh.

Hay ocasiones en que es mejor trabajar a distancia, pues todo intento de hacerlo en presencia de la persona afectada sólo crea resistencia y agresividad que impiden el éxito del ritual. Por esa razón no me moví de donde estaba y aprovechando la poderosa conexión que había logrado con la ayuda de las potencias de la Luz, invoqué a los protectores de Ankh; con su auxilio visualicé su persona y la envolví en la llama violeta junto con todo lo que le rodeaba: el camarote, los muebles, los útiles del escritorio, en fin, todo. Me costó bastante hasta que pude percibir la llama violeta fuerte y brillante operando en ella y su entorno, y mantuve su acción hasta que percibí que se calmaba, que su mente y su corazón se serenaban y la paz volvía a su ser, hasta que su aura volvía a resplandecer grande y fuerte, poderosa. Como siempre, después del rayo violeta invoqué el rayo blanco y el celeste turquesa para completar el ritual de purificación y armonización de los cuerpos sutiles. Para concluir cerré un manto electrónico blanco de protección sobre ella, pidiendo a sus protectores el auxilio necesario.

Cuando volví al camarote ya la Luz brillaba y un ambiente de paz y de amor había reemplazado a las oscuras miasmas que una hora antes nos habían invadido enajenándonos de nuestra realidad espiritual.

Es hermoso cuando se gana una batalla. Aún cuando sabemos que la guerra continúa, la conciencia del poder del Amor y de la Luz y el saber que somos parte de ese poder nos hacen sentir integrados y firmes, nos hacen sentir que llegaremos a puerto y que lo haremos más sabios y más fuertes que cuando partimos.

Alejandro

domingo, 19 de octubre de 2008

ESCAPE A LA HEREDAD DE SHU (final)

Cuando se comparte la vida con personas amadas y los valores y las necesidades espirituales son similares, hasta las situaciones más difíciles son tomadas con calma y uno agradece no estar sólo. Por otro lado, se había recibido una sugerencia de Dangma, que estaba acompañado nada menos que por el primer Melchizedek, y una sugerencia de ese nivel debe ser tomada como un mandato, ya que si bien tenemos libre albedrío, ya hacía mucho tiempo que todos nosotros, la tripulación de la nave, habíamos ofrendado ese libre albedrío a las potencias superiores en bien de nuestra propia evolución y de la misión que vinimos a cumplir. Por otro lado, no se nos pedía ese sacrificio para agradar a ningún dios ni para que diéramos muestras de valor. Aquí había una situación realmente grave y la sugerencia de que nos fuéramos era para nuestra propia protección. Y era urgente.

No había tiempo para buscar otro lugar y tampoco disponíamos de medios económicos para ello, por lo que nos decidimos a aceptar la oferta de Shu y acatamos la orden, sabiendo que lo que se venía después iba a ser duro. Pero las cosas son como son y no como uno quiere que sean, y aunque sentimos un gran duelo y algo de ansiedad por el cambio tan bruscamente impuesto, dos días después y bajo una gran lluvia, estábamos en la heredad de Shu, sin más equipaje que un par de bolsas de mano y la ropa que llevábamos puesta (que por cierto llegó mojada)

Realmente el lugar era tal como lo había descrito Shu: algo abandonado de los debidos cuidados y con dos cabañas bastante sólidas y cómodas y un hermoso bosque de pinos que le daba un encanto especial y un aroma estimulante. No había luz eléctrica ni agua potable cuando llegamos en medio de la tormenta, así que nos arreglamos con una simple lámpara alimentada a petróleo y debimos pedir agua a los vecinos (tampoco sabíamos si era potable, pero si ellos la bebían...)

Una semana después, Shu envió a un hombre a reparar las bombas y limpiar los pozos de agua. Era evidente que el ultimo huésped de las cabañas se había marchado con disgusto, ya que se encontraron varias señales de sabotaje en las instalaciones, lo que hizo que tuviéramos que invertir varios días en reparaciones.

Los terrenos de la heredad de Shu eran muy amplios y la finca poseía numerosos árboles frutales, de los que algunos estaban en tiempo de recolección: naranjos, mandarinos, limoneros, papayos y otros, de manera que tuvimos suficiente fruta para alimentarnos; también había algunas hortalizas que fueron bien recibidas. Sin embargo la noche en la que llegamos no pudimos ver nada, ya que la oscuridad era la reina del lugar y la lluvia torrencial nos instaba a quedarnos bajo techo.

Cenamos lo que habíamos llevado en nuestras bolsas, nos refrescamos un poco del cansancio del viaje, y salimos a la galería a meditar. Ésta iba a ser una meditación muy especial, ya que se estaba señalando para nosotros un cambio trascendental en nuestras vidas. Era un tiempo lleno de interrogantes, lleno de confianza en quién nos había enviado a ese sitio, pero también de dudas acerca de nuestra propia capacidad de enfrentar una situación que nos dejaba al desnudo frente a nuestras más elementales necesidades. ¿Qué íbamos a hacer en un medio totalmente desconocido, donde no teníamos a nadie que nos de una mano y donde nuestras artes y ciencias no tenían mayor aplicación?. Nos sentíamos tan descolocados en esa nueva vida que ninguno de nosotros se atrevía a mencionar sus dudas y ansiedades al otro, pensando que si no lo hablábamos, no incrementaríamos en el compañero sus propios temores. No fue así. Los dos sentíamos lo mismo y el estado de confusión no hacía más que incrementarse a cada momento, aunque teníamos la seguridad de estar haciendo lo correcto, lo que nos fue indicado, y de encontrarnos a salvo de un suceso amenazante del que no conocíamos su origen, su posible desarrollo ni sus consecuencias.

Al fin salimos a la galería, nos sentamos en los sillones de mimbre y nos pusimos, en silencio, a observar cómo caía la lluvia y a escuchar el sonido que hacía al golpear sobre el techo de chapas y en los pequeños charcos que se formaban un poco más allá de la seguridad de la galería. Dejamos la lámpara dentro de la cabaña para apreciar mejor la oscuridad de la noche, llena de asechanzas, pero también de promesas de una nueva etapa en nuestras vidas, etapa que aún desconocíamos por completo y se presentaba azarosa y envuelta en misterio en nuestros pensamientos.

– Ankh, ¿vamos a meditar?- Pregunto. –Sí, ya es tiempo- responde Ankh. Así que enderezamos la espalda, cerramos los ojos y respiramos profundamente varias veces hasta aquietar el pensamiento. Relajamos la nuca, los hombros y la espalda, buscando una posición cómoda pero firme, que nos permitiera relajar todo el cuerpo. Los pies bien apoyados y la espalda recta.

Había algo en el ambiente (más allá de lo que nuestra precaria situación provocaba como respuesta en nuestro psiquismo) que tenía algo de solemne. Podíamos percibir la importancia de lo que estábamos haciendo, pero de una forma nebulosa, incierta, y aún así poderosa. Solicitamos la debida protección (la Luz siempre protege a la Luz) y trazamos mentalmente tres círculos concéntricos de luz azul en nuestro derredor e invocamos al Arcángel Miguel, pidiéndole que vitalice los círculos de protección con su poder. Abrimos los chakras, y entonando OM, el mantram de la creación, comenzamos a elevarnos.

Fue la experiencia de meditación más maravillosa que jamás hayamos tenido. Ni bien logramos aquietar la mente y comenzar a elevarnos, Ankh vio (tiene la capacidad de ver las dimensiones sutiles y de canalizar mensajes de nuestros guías y protectores) lo que nunca en nuestras vidas pudimos haber imaginado ni en nuestras más delirantes fantasías: Comenzaron a acercarse el Maestro de Ankh, Kûthûmi, y el mío, Paramhansa Yoganandaji, y multitud incontable de otros seres de Luz. Un coro inmenso de hermosas voces comenzó a cantar OM y la voz del Cristo nos decía: - Esta vez, por haber demostrado obediencia y una fe inquebrantable, somos nosotros los que les reverenciamos cantando el OM. Estamos complacidos de ustedes dos. – No recordamos qué más se nos dijo; la vivencia fue tan fuerte que solo hemos podido retener esas palabras del Cristo y aunque hubo más, ya lo mencionado era algo excesivo para nosotros, no porque dudásemos de nuestra propia identidad espiritual, sino porque ante tanta grandeza el alma se sobrecoge de humildad, tanto como se disuelve en amor.

Al terminar la meditación quedamos en silencio, mirando la noche, sin atrevernos a hablar por temor a romper la inefable magia que aún nos envolvía. No podría decir cuanto tiempo estuvimos así, sentados en silencio, con los ojos empañados y un sentimiento de exaltación y agradecimiento nunca antes vivido, hasta que decidí comenzar a escribir en el archivo el informe de la experiencia con que fuimos regalados.

Alejandro