sábado, 9 de febrero de 2008

LA POBRE VIEJECITA

Erase una viejecita
sin nadita que comer
sino carnes, frutas, dulces,
tortas, huevos, pan y pez

Bebía caldo, chocolate,
leche, vino, té y café
y la pobre no encontraba
qué comer ni qué beber.

Y esta vieja no tenía,
ni un ranchito en que vivir
fuera de una casa grande
con su huerta y su jardín.

Nadie, nadie la cuidaba
sino Andrés y Juan y Gil
y ocho criados y dos pajes
de librea y corbatín.

Nunca tuvo en qué sentarse
sino sillas y sofás
con banquitos y cojines
y resorte al espaldar.

Ni otra cama que una grande
más dorada que un altar
con colchón de blanda pluma,
mucha seda y mucho holán.

Y al mirarse en el espejo
la espantaba siempre allí
otra vieja de antiparras
papalina y peluquín.

Y esta pobre viejecita
no tenía qué vestir
sino trajes de mil cortes
y de telas mil y mil.

Y a no ser por sus zapatos
chanclos, botas y escarpín
descalcita por el suelo
anduviera la infeliz.

Y esta pobre viejecita
cada año hasta su fin
tuvo un año más de vieja
y uno menos que vivir.

Apetito nunca tuvo
acabando de comer
ni gozó salud completa
cuando no se hallaba bien.

Se murió de mal de arrugas,
ya encorvada como un 3
y jamás volvió a quejarse
ni de hambre ni de sed.

Y esta pobre viejecita
al morir no dejó más
que onzas, joyas, tierras, casas,
ocho gatos y un turpial.

Duerma en paz y Dios permita
que logremos disfrutar
las pobrezas de esa pobre
y morir del mismo mal.

Rafael Pombo

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